In-D: Mijares hoy estaría funado

Llegué a esas canciones por accidente, que suele ser la forma más honesta de llegar a casi todo. Desde hace unas semanas me impuse una disciplina personal: escuchar un álbum completo al día. No playlists, no sencillos, no "lo más escuchado". Un disco entero, de principio a fin. La única regla es que sea nuevo para mí. No importa si fue grabado en 1940, en 1989 o ayer por la noche. Si nunca lo había escuchado completo, para mí es territorio virgen. Así, saltando entre épocas y géneros como quien cambia de estación de radio en un viaje largo, caí en Un Hombre Discreto, de Mijares.
Y ahí empezó el cortocircuito.
Porque escuchar ese disco en 2026 no es un ejercicio de nostalgia, es casi un experimento sociológico. Dos canciones, en particular, encendieron todas las alarmas contemporáneas: Baño de Mujeres y No es normal. No por malas, no por mal hechas, no por provocadoras a propósito. Justamente por lo contrario: porque fueron canciones normales, exitosas, aceptadas, cantadas a todo pulmón... en su tiempo.
Hoy no pasarían el primer filtro.
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En Baño de Mujeres, el protagonista cruza literalmente una frontera que hoy es sagrada. Entra a un espacio que no le corresponde, y el relato lo presenta como un error torpe, casi simpático, que desemboca en chisme, escándalo y reputación dañada. En 1989 eso era drama pop. En 2026 sería video viral, hilo indignado, comunicado urgente y, dependiendo del contexto, una visita al Ministerio Público. Porque hoy no importa tanto la intención como el símbolo: cruzar esa puerta es invadir un espacio seguro. Punto.
No es normal va todavía más lejos. Ahí Mijares insiste, observa, se obsesiona, se declara incapaz de detener lo que siente. La canción lo vende como amor intenso, casi sufrimiento romántico. Escuchada hoy, sin el barniz de la época, suena peligrosamente cercana al acoso. Persistencia sin reciprocidad, idealización unilateral, incapacidad de aceptar el límite ajeno. Antes era balada. Hoy sería red flag.
Y no, no se trata de "cancelar a Mijares" ni de juzgar con retrovisor moral. Se trata de constatar algo evidente: la realidad y el concepto de buen comportamiento cambiaron radicalmente en muy poco tiempo. Lo que antes se leía como torpeza humana o picardía hoy se interpreta como amenaza. Lo que antes era error narrativo hoy puede ser falta administrativa, carpeta de investigación o, mínimo, un par de horas detenido "para aclarar los hechos".
¿Eso significa que antes vivíamos mejor? ¿Con más libertad? ¿Que la gente no se tomaba todo tan personal? ¿O significa que simplemente no escuchábamos a quienes se sentían incómodas, invadidas o vulneradas? ¿Las generaciones actuales son de cristal o, por fin, dejaron de normalizar conductas que nunca fueron tan inocentes como creíamos? ¿Dónde está la línea entre sensibilidad y exageración, entre conciencia y linchamiento?
Escuchar ese álbum completo no me dio respuestas definitivas, pero sí una certeza incómoda: el pasado no es un lugar al que podamos volver sin preguntas, y el presente no es un tribunal que siempre juzgue con justicia. Entre una cosa y otra se mueve el péndulo cultural.
Al final, como siempre, la última palabra no la tiene Mijares, ni los ochenta, ni 2026.
La tiene quien escucha... y decide desde dónde mirar.
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