La honda de David

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En estos días  me enseñaron a ponerle nombre a un fenómeno al que le andaba buscando bautizo. Sé ahora que se llama Síndrome de Betsabé, aunque no me convence mucho el nombre. Para mí, el síndrome debería de llamarse Síndrome de David. Permítanme explicarles: 

Seguramente han ustedes escuchado la historia bíblica del rey David, que se hizo famoso ante el pueblo por ser el humilde pastor que con una honda y piedra en mano, mató al gigante Goliat, azote del pueblo judío. Después, como elegido de Dios, fue ungido  rey y, en general, al menos por los recuentos del Antiguo Testamento, se le tuvo por un líder con grandes capacidades para gobernar, justo, valeroso, carismático y querido por el pueblo. David lo tuvo todo: poder, influencia, salud, sirvientes leales, un ejército fuerte y un país próspero. Sin embargo, humano al fin, resbaló. 

Mientras su ejército se encontraba en batalla, David creyó merecido tomarse un descanso, así que fue a su palacio a reposar y mientras estaba admirando el paisaje desde un balcón, alcanzó a ver a una hermosa mujer que se bañaba en el jardín de una casa vecina. El rey se quedó extasiado ante la belleza de la chica y mandó preguntar por ella. Su nombre era Betsabé, y estaba casada y no con cualquiera, sino con un alto mando de su ejército. Un hombre fiel al rey y valeroso. David tuvo dos segundos de reparo, pero al tercero, mandó traer a Betsabé. Total, ¿quién le iba a decir que no a un rey como él? Así, hizo a Betsabé su amante. Al poco tiempo, ésta quedó embarazada y a David le entró pánico. Una cosa era tener un amante, y otra justificar la maternidad de una mujer casada cuyo marido llevaba meses en tierras lejanas. 

Así, lo mejor que se le ocurrió al rey, fue hacer traer al capitán y, bajo pretexto de darle un respiro de la guerra, hacer que se acostara con Betsabé y justificar el embarazo. Sin embargo, el capitán en cuestión era un hombre comprometido con sus tareas y se resistió en primera instancia a ir. Después, al ver que no había más opción que la obediencia, acudió a su cita con el rey. Éste le endulzó el oído y le dijo que en prueba a su valentía, le otorgaba unos días para que estuviera con su mujer. El capitán le argumentó que no le parecía justo que mientras sus hombres perdían la vida en batalla, él estuviese gozando de un privilegio que no le era concedido a los demás y se negó a ir a casa con Betsabé. Así, David trató de emborracharlo, pero tampoco funcionó. El rey no tuvo más remedio que enviarlo de nuevo al campo de batalla y viéndose acorralado, ordenó apostar al hombre en el lugar más peligroso para que lo mataran. Así ocurrió. 

Aunque en un principio no hubo consecuencias para David, después, tal y como lo predijo el profeta Natán, los errores  del rey y su abuso de poder, hicieron que cayera la casa real que durante años había forjado. Esa es otra historia.

Ahora bien, los estudiosos de la ética del liderazgo, han llamado Síndrome de Betsabé  al fenómeno  que se presenta en líderes con antecedentes sólidos morales y profesionales, pero que en el ejercicio de su poder, acaban corrompidos cometiendo violaciones éticas, sociales y hasta jurídicas. Yo creo que el nombre está mal y debería de ser Síndrome de David, porque a fin de cuentas, Betsabé no lo obligó a nada y David fue el que perdió piso sin ayuda de nadie. Él fue el único y último responsable de sus decisiones. Betsabé no tuvo que ver en nada, sino en tener la mala suerte de que el rey se fijara en ella. El rey bien pudo voltear para otro lado y no lo hizo. 

Ahora bien, ¿por qué buenos líderes se corrompen? Hay por lo menos tres situaciones que propician la corrupción de un líder según Dean C. Ludwing y Clinton O. Lenecker, de la  Universidad de Toledo, Ohio: el primero tiene que ver con que el éxito personal y profesional hace que los líderes se vuelvan complacientes y pierdan el enfoque estratégico, volteando hacia distracciones con las que antes no lidiaban. En segundo lugar, el éxito les da acceso a información, contactos y objetos privilegiados y únicamente  visibles en círculos pequeños, a los cuales la mayoría de la gente no tiene paso. Finalmente, el liderazgo puede inflar la personalidad de los líderes, quienes saben que tienen la capacidad de manipular o controlar el resultado de varios procesos que pasen por sus manos, sean legales o no. Así, incluso individuos con alto sentido moral, pueden ser tentados con “oportunidades” que son resultado no de otra cosa, sino de la posición privilegiada que ocupan.

En el caso de David, éste perdió el enfoque desde el momento que decidió tomarse vacaciones cuando su ejército estaba en guerra. No quiere decir que los líderes no puedan delegar ni descansar, de hecho, deben hacerlo; sin embargo, David más bien ignoró su entorno y se dejó guiar por otras metas que nada tenían que ver con su responsabilidad. Quizá pensó en un sentido de auto indulgencia, que se merecía descansar y tener una mujer bella a su lado.  Actuó negligentemente.

En segundo lugar, David abusó del privilegiado acceso que tenía hacia los asuntos de su pueblo. Invadió la privacidad de Betsabé, manipuló las cosas de su familia, abusó de ella porque podía y luego ya no supo cómo deshacer el entuerto sino complicarlo con más mentiras que llevaron a la muerte de un tercero, inocente de toda la trama creada por David.

Finalmente, el rey mal usó también los recursos con los que contaba: desde sus fieles súbditos, hasta su influencia y mando en el ejército. David eligió conscientemente hacer algo que él claramente sabía que no era lo correcto, con la firme convicción de que su con su poder y contando con el control que tenía sobre recursos prácticamente ilimitados, iba a poder cubrir sus malas acciones. 

Ahora bien, dudo que los buenos líderes se corrompan porque carezcan desde un inicio de principios morales y controles sociales que guíen sus pasos. Me parece más posible la corriente que presenta el Journal of Business Ethics en su doceava edición, en la cual se afirma que el éxito también puede ser un antecedente de una falla ética;  dado que el acceso privilegiado a recursos, estatus no conocido antes, el ego inflado, el control sobre medios y la pérdida de metas estratégicas, pueden ser caldo de cultivo de un lado obscuro del éxito.  

Así, nos encontramos con que la mayoría de las personas pueden estar preparadas para los fracasos e incluso ser resilentes; sin embargo, pocas veces están preparadas para lidiar con el éxito y una vez que lo tienen en sus manos, no saben qué hacer con él y se pierden en ellos mismos. 

Encuestas (Kelly, 1988) afirman que los líderes exitosos experimentan una vez obtenidas sus mentas, un vacío. El éxito llega, pero no es lo que esperaban. Hay un sinsentido que los inunda y no saben qué hacer con él. Muchos incluso se sienten decepcionados y ven que todos los pasos previos y las luchas que tuvieron, así como los sacrificios que hicieron en el camino, no tuvieron mucho sentido. Otros (LaBier, 1986), no le encuentran significado al éxito, y buscan maneras alternativas de compensar su desilusión. Pero por otro lado, hay quienes potencializan el egocentrismo que en mayor o menor medida todos tenemos, pero que restringimos al no contar con campos fértiles para que engorde más. Así, los de ego débil, al tener más dinero, más quieren obtener, o si antes nadie los pelaba y ahora les llueven Betsabés o Davides, se dejan llevar por el canto de las sirenas en un trágico camino hacia la melomanía. 

Lo peligroso de este asunto, es  que todos podemos caer en la tentación de David y convertirnos en el líder que antes repudiábamos, casi sin darnos cuenta. 

En la famosa escultura de Miguel Ángel, David está a punto de tirar la honda. Sus músculos y las venas de brazos y piernas están perfectamente delineadas. El tiro está listo. Listo, por lo menos, para el primer golpe de éxito. Lo complicado será cuando la honda regale a los  Davides y a las Davinias,  una vida de aciertos.