La risa del loco

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Lo más perturbador de Joker, no es la excelsa actuación de Joaquín Phoenix, sino ver a un loco pidiendo cortesía a una sociedad igual de enloquecida que él, pero que carece de la claridad que otorga la demencia. 

Hace  alguno años, quizá ya le he contado lectora, lector querido, iba manejando sobre la avenida Salvador Nava, a la altura del parque Tangamanga. Frente a mí, un vehículo  trató de rebasar a otro, en afán de alcanzar la desviación para   salirse de la vía de rápida y entrar al parque. El segundo vehículo, al ver que  otro conductor pretendía inmiscuirse a su carril, aceleró para impedir el paso y evitar que bajara a la calle de Tatanacho. Ambos vehículos no tuvieron más remedio que mantenerse  sobre la Diagonal, hasta que el primero se metió al carril del segundo y se le cerró de golpe. Yo, que venía atrás viendo todo, tuve la precaución de desacelerar desde que vi que ambos conductores realizaban maniobras peligrosas y aunque no pude cambiar de carril debido al flujo vehicular, sí pude mantener distancia, prender  las intermitentes y frenar a tiempo. Afortunadamente detrás de mí no había nadie. Pude ver claramente cómo el conductor del carro que deseaba rebasar, bajaba de su vehículo, se inclinaba y tomaba un bastón para asegurar a los carros estacionados y con una furia desatada, caminó hacia el segundo carro y golpeó con el artefacto  repetidamente el cofre. Temí que el conductor del vehículo agredido se bajara con un arma y aquello acabara en tragedia. Tuve miedo. Manejé en reversa y pude salir del lugar. Yo no me iba a quedar para ser un daño colateral. Salí en la primera desviación que encontré y me estacioné para llamar a los números de emergencia. 

Hace cosa de tres meses, también manejando, me tocó el semáforo en rojo en el cruce de Arista con Tomas Estévez. Como saben, la zona está llena de escuelas de todos los niveles, con lo cual la vialidad se complica, más si uno circula por ahí entre la una y las cuatro de la tarde. Vi cómo delante de mí, una chica con pinta de universitaria, audífonos puestos y caminando totalmente abstraída del mundo, cruzaba la calle a paso tranquilo, sin darse cuenta que el semáforo estaba a punto de cambiar de color. Le tocó el verde a mitad de calle. La mujer que manejaba delante de mi carro se bajó furiosa a gritonearle a la chica, que, espantadísima, pedía disculpas repetidamente. La señora le dijo a la chica hasta de lo que se iba a morir (y no era precisamente atropellada) y siguió hasta  que otros vehículos comenzaron a tocar el claxon para que se moviera, que regresó a su vehículo. Y para entonces, el rojo estaba de nuevo y no pudimos avanzar. 

A fines de la semana pasada fui a un Oxxo. Un joven delante de mí pagaba varios productos con muchas monedas. El cajero volteó los ojos con desesperación mientras el chico contaba su dinero. Le entregó el total y el cajero volvió a contar. El joven se había equivocado por unos veinte pesos de menos. Entonces el cajero empezó a decir que ya estaba harto de que la gente no tomara en cuenta que si había un faltante en la caja se lo cobraban a ellos, que ya había estado bueno de que le quisieran tomar el pelo, que no era el imbécil de nadie. El cliente, enojado, le dijo que había sido un error honesto, que ahí estaba su dinero y al momento sacó varias monedas del bolsillo del pantalón y las aventó al mostrador. El cajero cerró el puño. Yo intervine: “- ¡Se calman los dos! Recojan las monedas, se me aplacan y se piden disculpas.-“ Ni lo pensé. Hice voz de matriarca ancestral. Sorprendentemente, ambos me obedecieron. “-Disculpe señora-“ Recogieron las monedas, acabaron de hacer la transacción y se despidieron diciendo “Buen día.”  Llegué a mi carro con risa adrenalínica. Aquello pudo haberme salido mal. 

El domingo comencé a leer publicaciones en Facebook de varios amigos futboleros. Estaban en el estadio Alfonso Lastras viendo el partido del Atlético contra Querétaro. Comenzaron a subir quejas de lo que en ese momento parecía una bronca entre las porras de ambos equipos. Algunos de mis amigos iban con sus hijos. Sobraban las agresiones verbales. Luego, las publicaciones mostraban vídeos de una riña que fue en escalada hasta convertirse en un zafarrancho mayúsculo que acabó con decenas de personas heridas, otras con crisis nerviosas, menores de edad llorando, y una vergüenza mayúscula porque lo que debió de ser una fiesta deportiva, terminó como tierra sin ley. 

¡Quién sabe en qué clase de sociedad nos estamos convirtiendo! ¡Quién sabe qué tipo de salud mental estemos anidando! Todo parece volverse  el punto detonante de explosiones de ira acumulada. Un hecho de tránsito, una equivocación, un despiste, reciben reacciones desproporcionadas, violentas. Parece que estuviéramos buscando pretexto para sacar al Joker que traemos dentro, amarrado y con bozal. Sin pequeñas fugas para aliviar la tensión, el encierro alimenta al monstruo que luego, ante una frenada inesperada, sale como tigre hambriento, queriendo dañar. Nos volvemos depredadores sin soga ni celda. 

Sin echar a perder la trama para quien no ha visto Joker, diré únicamente que hay ciertos momentos donde el personaje, de manera incontrolable y sin intención, ríe a carcajadas de manera nerviosa, mientras en sus ojos se refleja únicamente angustia, dolor e impotencia. A últimas fechas, el Joker ríe entre nosotros y se regodea en el caos, pidiendo un poco de cortesía que no sabemos entregar, preguntándonos quien es el verdadero loco.