Las cosas perdidas tienen memorias que no caben en uno. Por eso se van a otros lados fuera de nuestra vista, esperando el momento oportuno para aparecer. Abro la caja de cartón donde espero encontrar diurex para forrar los libros de mis hijos y salen dos libretas viejas que contienen notas escolares de cuando estaba en la preparatoria. De golpe vuelvo a la escuela y me sacuden los nervios de ser una perfecta desconocida en un lugar nuevo. Recuerdo la sensación de libertad que me dio estar parada ahí, siendo una en un montón, sin fama que me acompañara. Podía ser otra, la que yo quisiera. Acabé siendo la misma. Una página de libreta cuadriculada en blanco, con contenido desconocido. Y de pronto, vuelan los más de veinte años que hay entre esa página nueva, y la libreta vieja que guardé un día de recuerdo.
Las cosas perdidas nos persiguen. Los recolectores de historias tenemos oídos de tísico. Basta una palabra pescada a lo lejos, para saber que hay rondando una pequeña historia que tímidamente se asoma a la ventana para que le dé el aire. Esta vez, a lavarme las manos al salir de baño, escuché como una mujer, cuya voz me recordaba la de Ana Gabriel, vidriosita y roncosa, contaba a alguien detrás de un teléfono móvil, lo duro que había sido vender por una nada, la colección de platos conmemorativos de su mamá. Yo, que estaba ya por enjuagarme el jabón, vi cómo se abría la puerta del excusado y salía una mujer, quizá un par de años más grade que yo, a la cual reconocí por haber tenido cierto trato labora hace ya varios años. Nos saludamos y luego, a manera de explicación del pedazo de conversación que ella sabía que yo había escuchado, me dijo: “Estoy desarmando la casa de mis papás. Ya los dos se fueron, voy a vender mi casa y tengo que sacar todas las cosas. Mi mamá coleccionaba platos de cada lugar que visitaba. Desde Tanquián hasta Turquía. La gente le traía platos. Ella los fue colgado en antecomedor, luego se fue extendiendo. A mí, la verdad, no me encantaban, pero pues cada quien sus gustos. Ahora que murió, guardé dos o tres, pero yo no soy para quedármelos. No los iba a tirar tampoco. Así que una señora que pasó a comprar varios muebles se los ofrecí cuando ví que le llamaban la atención. Fue una nada, pero no puedo quitarme la sensación de haber traicionado a mi mamá.”
Las cosas perdidas, nos encuentran. Agosto es un buen mes para encontrarse. Caminábamos por las calles de Canadá unos días antes de entrar a la universidad y las banquetas albergaban sillas con tapices a medio gastar, escritorios buenos, pero a los que el triplay se les había despendido, sillones completos para armar una sala, colchones viejos. Teniendo cómo, uno podía llevárselos y reusarlos. Así nos hicimos de un sillón abullonado y cómodo que vivió con nosotros los tres años que estudiamos allá. Había infinidad de historias que bien pudieron suceder en ese sillón a las cuales se sumó la de un par de estudiantes extranjeros recién casados. Cuando nos fuimos, el sillón seguía en perfectas condiciones, como para ser usado por alguien más. Yo lo recuerdo como si hubiera sido ayer que me senté en él.
Las cosas perdidas están llenas de misterio. Al salir de sexto grado mi tía Irma me regaló mi primera “joya formal”: un anillo de plata, muy finito, con una pequeña esmeralda. Un día, el anillo salió volando de entre mis dedos infantiles estando en la recámara que compartía con mi hermana. Lo buscamos por todos lados, ahí tenía que estar. Fue inútil. Muchos años después, cuando cada una de nosotras tomó su propia habitación, desmontaron la alfombra del que era nuestro cuarto. Brincó el anillo de entra sabe Dios que esquina recóndita. Todavía lo uso.
Las cosas perdidas tienen vida propia y recuerdos prestados. Por eso a veces se aparecen de nuevo, para devolvernos los recuerdos y prestarnos un poco de vida.
Envío: Para Maru.

