Olor a pandemia

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Si hace medio año alguien nos hubiera preguntado a qué huele una pandemia, quizá hubiéramos respondido que huele a podredumbre. Hoy sabemos mejor: huele a alcohol y gel antibacterial. Huele a tela de cubrebocas y a aromatizantes en spry que pretenden cazar bichos minúsculos en el aire. Huele raro. 

Lo extraño del olor a pandemia, es que hay algo inherentemente torcido: por un lado, el aroma invariablemente lleva a imágenes impolutas: hospitales, dormitorios recién trapeados, ropa recién salida de la lavadora. Detrás siempre está el cochinero: bichos que atacan, mugre impregnada, manchas que persisten sin importar cuánto las tallemos, deshechos biológicos que enferman. Si todo estuviera limpio, no habría necesidad de tanto alcohol y cloro. Por eso esta pandemia huele a falsas primeras impresiones. 

La pandemia huele a hábitos de antaño. Estar en casa ha abierto las puertas cerradas a los pasatiempos que las prisas nos habían cerrado. No es de extrañar que al pasear por la colonia, huela a pan recién horneado o a guiso por terminar de cocerse. Michael Kocet, jefe del Departamento de Educación de la Escuela de Psicología de la Universidad de Chicago, afirma que cocinar proporciona una sensación de logro, especialmente en épocas de angustia e incógnitas. Hornear, dice el académico, nos asigna un área concreta que crear, controlar y hasta disfrutar. Enseña sobre paciencia, tiempos a respetar (nada mejor que dejar pasar media hora para que la masa esponje) y enfoque. Cocinar pone en juego habilidades físicas, de concentración y de planeación. Es lógico que estemos horneando, así como también hemos vuelto a cocer, tejer, reparar cosas o construir muebles para la casa. La sensación es la misma: aliviar la angustia, crear algo nuevo. 

Mi abuela olía a agua de rosas y hamamelis. Cada noche se limpiaba el maquillaje y mojaba un algodón con el agua que le preparaban en  La Perla. Se humectaba la cara y luego se daba una serie de golpecitos  que pretendían ser masaje facial. Murió con un cutis envidiable.  Hace unos días fui a una pequeña tienda de productos naturales de belleza  para comprar un regalo. Escogí el producto y al estar por pagar, la encargada del establecimiento me ofreció probar un desmaquillante. No esperó mi respuesta y roció en mi muñeca un líquido en aerosol. Inmediatamente mi abuela se hizo presente, sentada frente a su tocador de madera, usando una bata azul y preparándose a dormir mientras se limpiaba con agua de rosas y hamamelis. Me llevé el frasquito a casa. Claramente no compré un limpiador facial: compré traer el recuerdo de mi abuela cada noche, mientras me preparo para dormir. Por eso creo que la pandemia también huele a nostalgia.

Matija Sterlic, químico y profesor en el University College of London, define el olor de los libros como “una combinación de notas herbáceas, con puntas ácidas y un toque de vainilla sobre un olor a moho subyacente.” Pareciera la descripción de un tinto cuidadosamente seleccionado para celebrar unas bodas de plata.  Si le añadimos un toque de alcohol del 96, el olor a libros de pandemia en algo pueden alejar el olor a enfermedad y muerte, y acercarnos un poco a los escenarios donde la imaginación es semillero de mejores realidades. Leer salva. Salva el olor a pan horneado y salva el olor a mi abuela. Salva incluso ese toque a moho, que recuerda que donde quiera, nace nueva vida.