Placer culposo

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Ocurre frecuentemente. Todos conocemos a alguien que bien pareciera personaje directamente extraído de  alguna novela de Dickens, o, de perdido, de Downton Abby. Modales perfectos, vestimenta planchada con almidón, lenguaje del cual la Real Academia de la Lengua Española estaría orgullosa.  Pero de pronto, estando en alguna reunión, se escucha un cumbión loco y aquella persona de flema británica se desata cantando a pulmón batiente una rasposa rola de Kumbia Kings  acompañada de pasos dignos de TinTan. Presenciar aquello equivale a ver al Dr. Jekyll transformarse en Mr.Hyde, a ritmo arrabalero. El protagonista del bailongo, al ver el impacto causado en los testigos de la mutación, se disculpa diciendo: “- Las cumbias son mi placer culposo-“. Con eso, todo queda explicado. 

Y es que, admitámoslo: todos tenemos un placer que permanece escondido en lo más íntimo porque, francamente, da penita sacarlo a la luz. Conozco, por ejemplo, a un lector de excelencia que coleccionaba las mini novelas de Corín Tellado que por muchos años se publicaron en la revista Vanidades. Él, que bien entendía la complejidad de James Joyce, encontraba en las historias cursis de Tellado, un placer desconocido que lo llevó por muchos años a comprar Vanidades, hasta que la autora se murió. Yo lo caché cuando un día, saliendo de clases, noté entre una pila de libros y cuadernos, una Vanidades. Le dio pena. Digo, había una reputación por conservar: “-¿Qué le vamos a hacer?-“, decía “-Aquí todos caemos-“

El fin de semana estuvimos en una cena en donde se sirvieron tameles traídos directamente para la ocasión desde la hermana república de Torreón. Mientras moqueaba gracias a un delicioso tamilito de chicharrón enchilado, alguien comenzó a poner rolas que francamente, están como para pegarle a Dios por haber permitido la existencia de esas aberraciones musicales. Entonces, cada quien eligió una canción proveniente del clóset más obscuro de la mente, para compartirla con el público asistente. Hace mucho que no me reía tanto. Hasta pena me da decir la calidad musical ahí reseñada, porque difícilmente se puede caer más bajo. Huelga decir, que corroboré aquello que dicen con respecto a que uno nunca acaba de conocer a las personas. Creí conocer a mis amigos. Lo del sábado, todavía no se cómo procesarlo. 

La cosa es que me divertí como si hubiera piñata y francamente, no sentí ni tantita culpa cantando a grito pelado el “Cómo te va, mi amor” de Pandora, ni  Farolero  de José José, ni una canción que ni idea como se llama, pero tiene ciertos toques reprobablemente reguetoneros.  

No se ustedes, pero casi todos los que fuimos cridados bajo la tradición judeo-cristiana, conocemos bien de culpas. Hay una larga lista de cosas que se supone deben de dar culpa y para colmo, se glorifican. Mientras más se reprimen, mejor persona es uno. O al menos, eso dice la teoría. Los placeres, en cambio, se convierten en símbolo de pecado. Si te gusta, seguro es malo. Entiendo que haya en todo grupo una serie de lineamientos que regulen el comportamiento de los miembros, de manera que se resguarde el respeto que debe de tenerse hacia otros integrante de la sociedad. Vaya, nadie puede ir por la vida dando rienda suelta a sus más bajos deseos nomás porque sí, alegando que no se siente culpa alguna. Sin embargo,  creo que exageramos y de no poner atención, podemos convertirnos en una bola de reprimidos.   

Ahora bien, entrar en los dilemas del buen gusto es cosa distinta a las culpas. Tengo un amigo que sostiene que el buen gusto se encuentra en un punto a partir del cual debemos de trazar un círculo. El punto final de ese círculo es el mal gusto, con el que cerramos los 360 grados y queda justamente a ladito del punto de inicio, donde está el buen gusto. Entonces, el buen y el mal gusto, son vecinos de la misma privada de casas igualitas. La cosa es que lo que para unos es el punto de inicio del círculo, para otros es el punto final. Nada de qué avergonzarse, es cosa de percepción.  Mis amigos tienen un dudoso buen gusto musical, pero viera que así como que muy culpables, no los vi, al contrario. Hace rato que no veía a gente más gozosa que ese grupo de desafinados.

Por mi parte, lectora, lector querido, he declarado que a partir del sábado pasado, si algo causa placer, no hay por qué sentir culpa; consecuentemente, he derogado los mal llamados placeres culposos. Extiendo el decreto a cualquiera que quiera adherirse. Es más, lo invito a que forme parte de la magnanimidad del decreto y disfrute sin culpa lo que sea que le cause placer: si le da penita aceptar que le gusta comer cueritos con pelo, lléguele, aviénteselo, total. Si lo suyo es el rap ochentero y cantar a la velocidad de la luz, con gorrita y lentes de Kaló, adelante, hágalo mientras tenga voz. Si le da pena decir que su verdadera vocación es la jardinería porque alguien le dijo que los hombres serios no se dedican a eso, tire esa culpa y compártanos sus secretos para tener las mejores suculentas del mundo.  . Sálgase del closet de los placeres culposos, y entre al club de los placeres sin culpa. Libérese, que vida sólo hay una.

Envío: Para los miembros fundadores Club de los Placeres sin Culpa, Julián, Elva, Mireya, Benjamín, Karina, Marcelo, Lennis, Jorge y Marcos.