Notre Dame arde. Veo la repetición de las imágenes. La torre, que parece una larga aguja de madera, ejemplo del estilo gótico europeo, ha caído. La estaban remodelando. Ahora, las autoridades creen que la remodelación pudo, potencialmente, causar el incendio. Dicen que la estructura, hecha de piedra, se encuentra intacta. Sin embargo, los parisinos lloran. Le han arrancado el corazón a la ciudad, uno que llevaba latiendo novecientos años y que tardó dos siglos en ser construido. Veo a una mujer, miembro del coro de la catedral, gimiendo desconsolada. Ella forma parte del coro de la iglesia, y no puede articular palabra. Finalmente, tras mucho esfuerzo, dice: “He venido a decir adiós.” La gente se aglutina a uno metros del perímetro de seguridad. Unos rezan, otros no dan crédito a lo que ven. El presidente francés, Emmanuel Macron promete reconstruir el edificio, ofrece una luz de esperanza.
El fuego me lleva hasta el año 2007 y a la iglesia de Santa María Acapulco, en Santa Catarina. Ahí, un rayo, o la ira de Dios, dicen, acabó con prácticamente todo el templo. Eran casi las tres de la mañana del 3 de julio, cuando los habitantes de Santa Catarina se despertaron a causa de una tormenta eléctrica. Un rayo certero dio con el techo de la iglesia pame, construida en el siglo XVIII. El techo, construido de madera y palma, se consumió en cosa de minutos. Adentro había unas sesenta imágenes talladas a través de los siglos por habitantes del lugar con materiales de la región. Se rescataron únicamente una decena. De aquél entonces tengo presente la cara de un hombre de facciones indígenas, llorando profusamente frente a la iglesia en ruinas repitiendo una y otra vez, “No había pararrayos. Nomás excavaron el hoyo hace veinte años, pero nunca pusieron nada.”
Al salir del funeral de mi abuelo pedí que fuéramos frente a la que había sido su casa. Sabía que el lugar pronto sería únicamente un recuerdo. No pude entrar, no tuve fuerzas. Lo único que quería, era tomar un trozo de la corteza de las jacarandas que estaban frente a la casa. Esos árboles fueron sembrados por mi bisabuela cuando estaban apenas cambiándose. Mi abuela y mi abuelo las defendieron a morir cuando trataron de cortarlas porque estaban levantando la banqueta. Mis tíos estuvieron a su sombra cuando eran jóvenes. En sus ramas me trepé a jugar con mis primos. Sus troncos fueron casas, barcos, fuertes. Necesitaba ese pedazo de madera.
Hace poco, mis hijos descubrieron las cortezas. Las conservo en una caja pequeña de repujado, hecha por una amiga. No entendieron por qué tenía yo guardado esos trozos sin sentido, que bien pudieran ser basura, ni mucho menos por qué les pedí que las trataran con cuidado. Les expliqué que aquella corteza no era sólo un pedazo de árbol, sino que era el recordatoria de una historia, mi historia, su historia. Son el testigo de que soy el eslabón más de una cadena. Tras de mí hubo muchos, delante de mí habrá más. Todos bajo la sombra de una jacaranda.
Por eso, entiendo perfectamente a un parisino que llora por Notre Dame, o a un indígena que sollozó por Santa María Acapulco. Porque hay lugares y cosas que tienen mucho más contenido que simple madera o pesadas piedras. Hay espacios que guardan pedazos de alma, y que se llevan una parte de nosotros. Habrá reconstrucciones, habrá nuevos rostros, nuevas almas. Pero siempre queda al fondo un sentimiento de pérdida. Nada será como antes. Queda el vacío.

