Sala de espera

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El gran ventanal da una vista perfecta hacia los aviones que están a punto de despegar. Mato el tiempo viendo el ir y venir de pasajeros. Vuelvo al libro que siempre me acompaña en estos trances y leo algunas páginas.  Una pareja se abraza y llora. Ella carga una maleta de mediano tamaño y una mochila en la espalda que parece el caparazón de una tortuga galápago. Se despiden con un inglés de acento fuerte, que refleja una lengua materna que quizá sea de algún lugar de Europa del Este. Él le dice que la verá en diciembre. Ella dice que lo va a esperar. Se toman una selfie, se besan y ella se va. Son jóvenes. Muy jóvenes. Tres meses equivalen a una eternidad. Él toma su propia mochila, la carga en la espalda y camina hacia su propia puerta de embarque, todavía con el celular en la mano. Espero que todavía no hayan comprado el boleto para diciembre. Comienzo a cantar “Dicen que la distancia es el olvido…”

Faltan aún cuatro horas para que mi vuelo salga. Dejo mi puesto para buscar algo de comer. Veo a una mujer entrada en la década de los sesenta acompañada de su hija, un poco más joven que yo. Ambas sufren. No encuentran nada de comer que les gusten. Me preguntan si he visto algún lugar de comida mexicana. Justamente pasé por uno, pero es una franquicia que vende una cosa que dicen que son tacos, pero que más bien parece una tostada doblada rellena con un montón de cosas que sabrá dios de qué estén hechas, pero que les aseguro que no sabe al picadillo que seguramente ellas preparan en casa. Yo les sugiero que prueben algo nuevo para evitar disgustos. Hay infinidad de opciones alrededor. Quizá se sorprendan gratamente. La mujer mayor me ve con cara de horror: “-Mijita, a estas alturas, yo ya no estoy para sorpresas-“, sonrío y la dejo ir a buscar los chilaquiles que no encontrará. Las veo alejarse con algo de pesar. Ha de ser triste ya no querer que la vida nos de sorpresas. 

Elijo un punto del área de comidas con vista hacia las pistas. Voy a un lugar que sirve comida mediterránea: tzatiziqui y hummus, sobre cuscus y una brocheta de pollo. Como despacito, como hace mucho tiempo que no comía. Frente a mí, una niña que no rebasa los cuatro años juega dando vueltas sobre sí misma. Se ve linda. Viste una playerita con un diseño de unicornio hecho con lentejuelas. La chiquita pasa su mano sobre el animal fantástico y automáticamente las lentejuelas se mueven en sentido contrario, cambiando por completo el estampado, y de tonos rosas y azules, se convierte en un unicornio gris con negro. El atuendo de la niña lo completa un short de mezclilla negro y unos zapatitos que rematan con un moño de piel. La veo jugar inocentemente, dejando ahí nada más aventada, una pequeña mochilita de colores. A unos metros veo a una pareja joven que supongo serán sus papás. Parece que a ambos se los tragó el celular. No platican entre sí, ni ven a la pequeña. La madre la llama: “-Melody, come here. Need a picture-“. Como si algún botón le hubiesen activado, la niñita que hace unos minutos daba vuelta como trompo, se para derecha, saca las pompas, pone un pie delante del otro, como si fuera a caminar, para los labios como queriendo dar un beso y se pone el índice derecho sobre los labios. Me estremezco. En unos momentos, la inocente niñita se convirtió en un modelo sexualizado de mujer adulta. Está entrenadísima. Los dos padres se ríen. La ponen a posar teniendo como fondo el ventanal con los aviones estacionados. La pequeña sabe qué hacer, como colocarse e incluso les pide un vaso del refresco que tomaban y saca la lengua coquetamente para tomar el popote. No. La niña no tiene la culpa de nada. Ella no quiere incitar a nadie. No está invitando a ningún adulto a que le haga nada. Ella sólo está haciendo felices a sus papás. La sesión de fotos termina. Ambos padres vuelven a sus celulares y la pequeña regresa a convertirse en un trompo. 

Decido acercarme hacia donde está anunciada la salida de mi vuelo.  Un grupo de hombres altos, fuertes, con cabello corto y las mismas mochilas en el suelo, esperan  el anuncio de su vuelo. Podrían parece un equipo de fútbol americano, pero son soldados. Por lo menos uno es de la marina. Tiene tatuado el ancla, globo terráqueo y el águila de alas extendida y abajo, en letras pequeñas, “Semper fidelis”. Llaman su vuelo, y, como todo vuelo en Estados Unidos, los miembros de las fuerzas armadas tienen preferencia para abordar. Sin embargo, en bloque deciden declinar el derecho. “Que pasen los otros pasajeros, nosotros podemos esperar.” Casi cien personas después, abordan los ocho hombres con sus mochilas verdes. 

No hay mejor lugar para sentir que el tiempo se congela adentro de una burbuja, que las salas de espera de los aeropuertos. Afuera, el mundo sigue girando; pero en el interior, cientos de vidas se ponen en pausa en espera de cambios. Creo que vivir adentro de un  paréntesis en el  tiempo, resulta igual de interesantes que la vida que decimos nos espera afuera.