Si Dios quiere…

«Nos vemos, si Dios quiere», es una fórmula familiar de despedida que expresa bien el azar, la duda existencial y las ganas de que le vaya bien para volver a ver a esa persona. Dicen que es tan fácil morir que basta con dejar de respirar, y como mucho ayudan a esta incertidumbre la inseguridad, el estrés, los achaques, el agüite y los años, no es necesario ser (muy) religioso para recurrir a esta frase.  

Dado que ya el siguiente domingo, 3 noviembre, habrá pasado el día de muertos, van algunas ideas sobre la muerte, motivo de risa y llanto, omnipresente y cierta. Dejemos para otra semana lo terriblemente risible (y viceversa) de los fanatismos y juegos sucios que recién se han dado en lo local y en lo nacional.

A pesar de que presumimos de lidiar con la muerte, de que la desafiamos y le hacemos altares, no sabemos guardar luto. Quizá ni vivir sabemos. Juntos, quiero decir. Como si nos fuéramos a llevar algo, como si sirviera de algo hacerle la vida difícil a los demás, como si sirviera de algo sentirnos algo más que un esqueleto forrado de carne. 

La muerte es vista como castigo o redención. Cuando llega hay quienes encuentran consuelo en compañía, en el pensamiento de un más allá, y hay quienes maldicen a la divinidad o buscan venganza de otros seres humanos. 

Hablar de finales se nos dificulta. El luto es inevitable, pero muchos no sabemos dejar ir ni a vivos ni a muertos. A cualquier edad es difícil, y la causa es terrible siempre: lo mismo da una bala que ya no despertar en la tranquilidad de la cama, una espina de pescado que un mal paso. No importa si alguien tiene 100 años, si hay cariño o admiración siempre nos parecerá poco tiempo el compartido.

Pero como dice el chiste-refrán: hasta la ciruela pasa. Tan no sabemos llegar bien a los finales que ahí andamos echando culpas, recriminando y recriminándonos. Es fácil dejarse llevar por la ira y maldecir. Nos enojamos por el final de una serie de televisión o por el fin de una relación, cuando la última realidad es que nos vamos a morir solos, quizá acompañados pero cada quien en su consciencia.

Hay quien dice y dice bien que solo hay dos temas literarios: el amor y la muerte, y es que hay mucho qué pensar sobre ella en sus múltiples formas. Allí están el suicidio, el hacer «chistes» de que maten a alguien, el accidental o imprudencial, el crimen de odio, la enfermedad y sus metáforas (Susan Sontag dixit), el crimen de estado, el ajuste de cuentas, la eutanasia o el feminicidio. Cuando muere alguien que a su vez tiene esqueletos en el armario, ¿hasta cuándo se vale hablar de lo que realmente hizo mal un muerto fresco? Y es terrible el número de secuestros o desapariciones forzadas, porque no hay certeza de vida o muerte, esa dicotomía. 

Dos ejemplos más, desde España: la vergonzosa exhumación de un dictador, y el descubrimiento —quince años después, en el baño de su departamento— del cadaver momificado de una anciana, a quien al parecer nadie extrañó. Y así en todas partes. El asesinato de Lesvy Berlín en la UNAM hubiera quedado como suicidio si no fuera por la movilización y presión feministas. ¿Cuántos casos hay a nivel local? 

Es terrible pensar en cuántas fosas comunes habrá con restos de personas a cuyas familias se les ha negado tenerlas en su altar, en un espacio propio. Disfrazar un homicidio como suicidio, o un suicidio como muerte natural es inhumano. Hoy se habla de objeción de conciencia. ¿Se vale? ¿Hasta dónde?

A lo largo de este año en mi blog anoté alguna entrada a propósito de las muertes de Daniel Leyva, Gilberto Aceves Navarro, Harold Bloom, Adolfo Mexiac, Enrique Servín, Miguel León Portilla, José José, José Luis Bobadilla, Daniel Johnston, Camilo Sesto, Francisco Toledo, Immanuel Wallerstein, Celso Piña, Thelma Nava, Toni Morrison, Rutger Hauer, Armando Ramírez, Joao Gilberto, H Pascal, Mordillo, Gualberto Castro, Michel Serres, Nanni Balestrini, Doris Day, Rafael Coronel, Roberto Fernández Iglesias, Alberto Cortez, Armando Vega Gil, Scott Walker, El Llanero Solitito, Bruno Ganz, Humberto Ak’Abal y Saúl Ibargoyen. 

Les comparto las palabras de otro Roque, salvadoreño:

«Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre

porque se detendrá la muerte y el reposo.

Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos,

sería el tenue faro buscado por mi niebla.

Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas.

Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta.

No dejes que tus labios hallen mis once letras.

Tengo sueño, he amado, he ganado el silencio.

No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto

desde la oscura tierra vendría por tu voz.

No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre,

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre.»

Ah, por cierto. Como cada año, invito a quienes me leen a que participen —o corran la voz a quienes gusten de esto— en el altar de muertos virtual titulado «Muerte y arte en San Luis Potosí (y, obvio, más allá)», disponible en https://muerteenlaliteraturapotosina.blogspot.com/. Se recibirán ofrendas textuales y gráficas de todo tipo en el correo debajodelagua@gmail.com hasta el 31 de octubre, y serán publicadas en el transcurso de ese día y los días 1 y 2 de noviembre. Dibujo, fotografía, calaveras tradicionales o experimentaciones (no es coincidencia que uno de los juguetes surrealistas por excelencia sea el llamado «Cadáver exquisito»), creación propia de preferencia, acerca de artistas y familiares, de reflexiones, reflejos y ficciones sobre ese paso que todos hemos de dar un día.

El muerto al hoyo y el vivo a la lágrima y a la melancolía, al brindis, a la esquela, al epitafio, a la elegía o a la novela negra, a tratar de seguir aunque, como escribió W. H. Auden, se paren todos los relojes. 

Nos leemos el siguiente domingo, si Dios quiere. Si no quiere pues no.

Web: http://alexandroroque.blogspot.mx

Twitter: @corazontodito