Taquitos para potosinos

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Hace ya un montón de años, gracias a las artes de una querida amiga que en aquél entonces trabajaba conmigo, conocí al que ahora es mi taquero de cabecera. El chavo me cayó bien desde el principio: era muy joven cuando se dio cuenta que los suyo eran los guisos  y decidió hacer de su gracia un negocio. Se levantaba a las 4:30 am para que los rellenos estuviesen frescos y que le alcanzara a preparar  las cinco salsas con que acompañaba los taquitos. Yo, que soy una garnachera consumada, apreciaba que cada guiso tuviese las proporciones correctas: los chicharrones picaban justo lo necesario, el huevito rojo tenía manteca suficiente, y las rajas con queso eran una mezcla deliciosa con elotitos y queso. 

Con el transcurso de los años el negocio prosperó y de hacer los suficientes tacos para llenar una hielera, aumentó la producción al triple. Las tres hieleras se vendían entre ocho de la mañana y diez y media.  Parecía que aquello eran pocas hora y buena paga, pero lo cierto es que habría que tomar en cuenta el tiempo para comprar los insumos y las horas frente a la estufa… total, entre taco y taco, los años pasaron. Mi taquero estuvo en edad de merecer, y se casó con una chica igual de trabajadora que sin miramiento le entró al negocio. Ahora ya tienen dos hijos pequeños. 

Me hice amiga de mi taquero en Facebook y comencé a notar su preocupación a principios de marzo. La gente dejó de ir y él optó por cerrar, dado que temía ser contagiado y después convertirse en un foco de infección para su familia y  para sus clientes. Cerró lo más que pudo, pero como es de suponer, la vida con cuatro bocas por alimentar no permite muchos descansos. Ahora, lo he visto batallar: la gente sigue sin ir y lo peor de todo, es que van varias veces que le hacen pedidos grandes y lo dejan colgado. Ahí, entramos todos al quite. 

El caso de mi taquero es también el caso de muchos otros proveedores de servicios que han enfrentado un panorama negro y del cual aún no ven luz al final del túnel. Tengo amigos con negocios de banquetes que han disminuido a mucho menos de la mitad sus ingresos porque se han cancelado los eventos sociales. Conozco a quien para sostener a flote su restaurante, ha implementado la venta para llevar de aquellos productos que sí admiten el viaje y a duras penas han podido conservar a su plantilla laboral.  De ganancias, mejor ni hablar. También conozco a  músicos dedicados a amenizar fiestas que han tenido que cambiar de giro y están ofreciendo enseñar música. Están también los que se han quedado sin trabajo formal y han comenzado a vender comida, productos de limpieza, ropa o joyería.  La ola económica del Covid está llegando a nosotros y lentamente comienza a inundarnos. Me gustaría decirle que hablo de manera figurada, pero no, a cada caso puedo perfectamente ponerle rostro y nombre. Seguramente usted también. 

Si algo bueno tenemos los potosinos, es que somos una comunidad orgullosa de sus productos. Ahora es momento de demostrar que  podemos llevar ese orgullo a nuestras casas. Si tiene amigos que con dedicación viven de la cocina en cualquiera de sus formas, cómpreles. Lo que usted pueda y lo que a su medida sirva, pero hágase su cliente. Si ve que algún conocido está vendiendo un producto que puede servir en su casa, cómpreselo a él en lugar de a un supermercado. Si está pensando en aprender una nueva habilidad en estos días, quizá su amigo pintor, o su amigo músico pueda ser la respuesta. 

En este momento, todos nos necesitamos. A nadie le sobra nada, pero bien podemos compartir y darle nuevos giros a nuestro presupuesto, de manera que los destinatarios sean otros  de los que usualmente contratamos. 

No tengo duda de que mi taquero saldrá adelante. El trabajo combinado con la calidad, necesariamente hará que supere esta etapa. Lo mismo pasará con todos, estoy segura. Pero nadie puede solito: la tortilla necesita al guiso para que se llame taco y nosotros nos necesitamos mutuamente para llamarnos comunidad.