Transacción

Compartir:

Fui al cajero automático para hacer, entre suspiro y suspiro, los movimientos que me hacen recordar que soy adulta. Era temprano, tan temprano que aún no estaba ninguno de los empleados bancarios que apoyan a los clientes para el correcto uso de los cajeros automáticos. Desde que la tecnología bancaria se impuso para hacer pagos y transferir dineros sin que medie persona alguna, todos nos encontramos perdidos entre botones y sonidos de “beep, beep” hasta que la incertidumbre termina con un letrero en la pantalla que informa que nuestros movimientos han sido exitosos.  

Debo confesar que la tecnología bancaria y yo tenemos serios problemas. Ella no me ayuda, yo no la entiendo. Hemos encontrado la manera de sobrellevar nuestra relación con una razonable dosis que media mi presencia en las cajas de bancos, donde sí hay personas que con paciencia infinita atienden mis dudas, y el uso automático de las tecnologías monetarias. Con todo y eso, los bancos y yo tenemos una relación tirante que se complicó después de que BBVA tardó más de tres meses en devolverme un cheque que, por un error del cajero, se había depositado incorrectamente. 

Estaba entonces yo entonces muy de mañana, en solitario, cuando escuché tras de mí el inconfundible rechinido de la gran puerta de acceso. Con aquello de la inseguridad, volteé a ver quién estaba ingresando y me encontré con una señora ya entrada en los setenta años, vestida casualmente, como quien acaba de levantarse y piensa hacer ejercicio luego luego. La señora llevaba en mano un bonchecito de billetes, lista para hacer su movimiento. Me dio preocupación tanta confianza. Nos saludamos y ella comenzó a picar botones del cajero automático. Estaba perdida. Volteó conmigo y dijo: “-No, no puedo-“ Me acerqué con ella, y le ofrecí ayuda. Ella, asistió con la cabeza. Yo me encomendé al cielo, rogando no regarla. Logramos hacer su movimiento, y salimos juntas del área. 

Ella me platicó que varias de sus amigas vivían por el rumbo. A dos de ellas ya las habían estafado en el mismo banco en el que acabábamos de estar. El modus era más o menos el mismo: aprovechando la confusión de los botones del cajero, alguien se acercaba y se ofrecía ayudar. Entre movimiento y movimiento, sin que se dieran cuenta, resultaba que en los depósitos o en los retiros, faltaba dinero. En algunos casos, varios miles de pesos. En otros, aprovechando la buena fe de las mujeres, todas ya adultas mayores, los individuos, un hombre y una mujer, alegaban historias de necesidades extremas y hacían que las mujeres le dieran dinero voluntariamente. En un caso, la mujer estafada incluso los llevó a su casa, donde además de bajarle una buena lana, robaron algunas piezas de joyería que ella echó en falta hasta unos días después.

Lo peor, me decía ella, era que familiares y amigos, tacharon a todas ellas de tarugas. “-Algo está mal, porque pareciera que ahora la culpa la tiene, quien cree todavía en la bondad de las personas, en la generosidad de los extraños, en que alguien puede ayudarte en la calle nada más por ayudar-“. La mujer tenía toda la razón. No, no está mal quien confía en el prójimo. Está mal quien abusa de la buena fe de las personas. Platicamos un rato más. Le recomendé de todas formas, cuidarse: “-Mijita, voy a seguir confiando, así como confié en ti. Porque si no lo hago, ellos siguen ganando todos los días.-“ Nos despedimos. La dejé en Tequis paseando con el fresco de la mañana. Se fue cantando “Yo, para querer no necesito una razón, me sobra mucho, pero mucho corazón.” Y yo sentí que ese día, el cajero automático  me dio más de lo que pedí. En la transacción, gané yo.