En este año, cualquier canon previo puede invalidarse de un plumazo. Véame a mí, lectora, lector querido, que, como bien es sabido, me tienen sin cuidado los días establecidos para celebrar tal o cual cosa. Me es completamente inclusive si es Día de la Madre, o Día del Amor y la Amistad. Sin embargo, el 2020 es el año que nunca imaginamos que sería como está siendo y bueno, amanecí con la noticia de que ayer, 5 de octubre, es Día Internacional del Docente, conforme lo establecido desde 1994 por la UNESCO. Entonces decidí tomarme una licencia de mi aversión por las conmemoraciones y detenerme en un día como ayer para reflexionar lo difícil que resulta ser maestro en estas épocas. No importa si hablamos de educadoras de preescolar o docentes universitarios: todos, parejo, estamos pariendo chayotes.
Sin dejar de lado la evidente brecha digital en que navegamos, está también las complejidades emocionales de estar frente a las cámaras de una computadora, tratando de dar clase. Como leí por algún lugar, aquello parece sesión espiritista: “¿Carlitos? ¿Me escuchas? Carlitos ¿estás ahí? Si estás, manifiéstate”. Uno pretende tomarlo con humor y reír, para no ponerse a llorar.
El otro día me encontré con un profe de la Uni frente a la panadería. Cuando le pregunté cómo le estaba yendo dando clases en línea, con un suspiro parecido a la risa, me respondió que, si no hubiera sido por su nieto, ya hubiera apagado la computadora para siempre: “-Y es que la cosa no está fácil, Yolita. Yo me sigo trabando al contestar mi celular, entonces imagínate… no le entiendo a los botones, no sé si la cámara y el micro están apagados o prendidos, me hago bolas compartiendo pantalla. De verdad que las primeras dos semanas pensé en hablar con el Director y decirle que hasta aquí llegaba, que alguien más joven tomara mi lugar. Pero entonces llegó mi nieto, y estuvimos practicando juntos. No es lo ideal, pero ya me siento más seguro. Y no soy de los que se raja.”
Y no, la cosa es que, aunque haya prietitos en el arroz, muchos no se han rajado. Conozco maestros que transformaron su sala para convertirla en el escenario de las efemérides del mes, con vistosos adornos de papel kraft. También he visto a quien se aventó un día completo dando clase desde su recámara, vestido como Miguel Hidalgo, peluca y sotana ad hoc, con tal de que los chavitos no se aburrieran repasando la Independencia. Sé también de quienes actualizaron, previa alza de costo, sus servicios de internet y telefonía celular, para que las clases no se les cortaran a medio camino. Una joven maestra me platicaba también como para ella el mayor reto ha sido la comunicación con los padres de familia, quienes tienen que salir a trabajar y que cargan un estrés acentuado por no poder estar con sus hijas e hijos en horario escolar. Ella, que tiene la paciencia de una santa, se ha enfrentado a reclamos y hasta groserías que simplemente deja pasar, porque “esto no es fácil para nadie.”
Enseñar a lo lejos no es sencillo. No es lo mismo percibir en la cara de los alumnos si están entendiendo el tema o no, a adivinar gestos a través de la pantalla. Quizá ahora todos fuimos obligados a dar un salto tecnológico que antes ni siquiera pensábamos necesitar y que seguramente en el futuro será tremendamente útil, pero francamente espero que en los meses siguientes, pueda volver a mi salón de clases de la uni y escuchar el bullicio de los alumnos en los pasillos, mientras veo de cuerpo completo a mis chicos y chicas, y saber si la clase del día está siendo un hitazo o un tremendo fracaso.
Así que hoy, permítanme hacer una excepción y únicamente por esta vez, abrazar con solidaridad a todos aquellos maestras y maestras que siguen al pie del cañón y que buscan cumplir con su labor como si fuera la cosa más normal del mundo y si no hubiera pandemia alrededor. Les aseguro que así como los niños y niñas extrañan comer la torta de jamón con sus cuates, o jugar quemados en el recreo; los maestros extrañamos el café de la sala de maestros y la plática con nuestros colegas casi tanto como extrañamos estar con nuestros alumnos en el mismo salón. Sólo espero que después de esto, lo ganado sea mucho mayor que lo perdido.

