Un grito peculiar

La noche del 15 de septiembre de 2010, Felipe Calderón esperaba a cinco ex-presidentes de México a la fastuosa cena que se acostumbraba obsequiar en Palacio Nacional, con el pretexto de las "fiestas patrias". Felipe los había invitado para mostrar una presunta "unidad nacional"... de élites, luego de que nunca pudo convencer de su legitimidad en las urnas y tampoco de su fallida guerra contra el crimen organizado. Sin embargo, únicamente acudieron Vicente Fox y Carlos Salinas, faltando Ernesto Zedillo, Miguel de la Madrid y Luis Echeverría, según cuenta Miguel Ángel Granados Chapa en su columna "Interés Público" del 19 de septiembre de 2010 en la revista "Proceso" (Número 1768).

Granados Chapa recuerda que esa estrategia de reunir a ex-mandatarios fue efectiva cuando gobernaba el PRI, porque se les delegaban responsabilidades honoríficas en el gobierno en turno (patronatos, consejerías, etcétera) y aunque algunas encomiendas eran más bien simbólicas, otras tuvieron relevancia "porque la tenían de suyo o porque los ex-presidentes le dieron sustancia, como en el caso del general Lázaro Cárdenas como director de la Comisión del Balsas y de Miguel Alemán al frente del Consejo Nacional de Turismo" (ibid.). A fin de cuentas, se trataba de reconciliar visiones distintas y. no pocas veces, hasta encontradas, sobre el derrotero del país, pero siempre dentro de la "familia revolucionaria".

Sin embargo, se trataba de una unidad nacional fincada en acuerdos de élite, que poco tenían que ver con los intereses de la mayoría de la población. En la cena de Calderón, quedó clara esa "política ficción" porque al pueblo no se le podía olvidar que, antes, Fox se refería con desprecio a Salinas y, luego, éste terminaría por hacer migas con aquél en el propósito de parar, a cualquier costo, a López Obrador en 2006. En dicha celebración, Salinas se lució robando cámara a Calderón, tratando de aparecer como el verdadero "factótum" de la vida política en el país, llamando a construir una "unidad nacional" en torno a un Felipe que, para entonces, era cada vez más la expresión anticipada de una palaciega desolación.  

Pero Calderón ya no podría legitimarse "ni yendo a bailar a Chalma". El fin del sexenio se le vino encima y Salinas preparaba el relevo con Peña Nieto. La "unidad de élites" rendía frutos para pavimentar el regreso del PRI a "Los Pinos". Luego, Calderón amenazaría con ir a la Universidad de Texas para oficiar como docente, pero fue rechazado ampliamente porque se le seguía teniendo como un ex-presidente pelele y espurio de origen. Ahora, Calderón pelea con uñas y arrebatos propios de su conflictiva condición emocional el registro de su partido "México liebre", al tiempo que se auto-nombra como la dizque verdadera oposición en el país, mandando al diablo a las instituciones y esperando se construya, otra vez, una unidad de... élites.

Pero ya no hay ex-presidentes para seguir su juego. Unos porque ya fallecieron (de la Madrid) y otros porque ni sus nietos le hacen caso (Echeverría), en tanto que Zedillo y Fox mejor ni le atoran para no salir raspados. Salinas, por su parte, ya se sabe que se cuece por su cuenta y riesgo. En contrapartida, a todos esos, cortados por la misma tijera, se les ha metido en el mismo costal de agravios que tanto jodió al país y, por eso, se plantea enjuiciarlos. Ya se ha comentado sobre la consulta que se promueve para tal efecto y vale destacar que se trata de una forma de unir al país pero desde abajo, asumiendo que, por lo menos, el memorial de corrupción y fregaderas en que se regodearon sirva para que no regresen... salvo lo que se llevaron.