Una biblioteca es una vida

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Si la memoria no me falla, hace cosa de un lustro, un amante de los libros al que según recuerdo se le habían pasado las cucharadas de medicina de Baco, pretendió entrar  en la noche a la Biblioteca Central de la Universidad, oficialmente llamada Centro de Documentación Histórica Rafael Montejano y Aguiñaga,   por una ventana sobre la calle de Arista para robarse un libro. Al pobre cuate lo pescaron los vigilantes del lugar en un dos por tres, y alguien que estuvo ahí, me cuenta que el chico lloraba y lloraba porque no había podido llevarse el libro.

El fin de semana nos pusimos a arreglar los libros de la casa. Sacamos de guamazo todos los metros lineales de estantes  y de uno por uno, nos pusimos a sacudirlos. Todavía no terminamos. Los cuatro lectores que vivimos entre esas paredes nos empanizamos en polvito fino y acabamos tosientos y mormados.  Me encontré en el camino, con libros que quién sabe cómo demonios llegaron a la casa y con otros que dios sabe que ni me acordaba que tenía. Encontré también un libro que nunca devolví a una compañera de la universidad a la cual le perdí la pista hace como 18 años. La busqué en redes sociales y no está. Pregunté a otra ex compañera, que en esos años era su amiga, y me dijo que hacía cosa de 10 años se había ido a vivir a algún lugar del sur, y que desde ese entonces no sabía nada de ella. La lucha se le hizo. El Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano cumplió su mayoría de edad conmigo y aparentemente conmigo se quedará.

Nunca he robado un libro y no creo que el olvidado cuente como tal. Mi amor por ellos no llega a esos extremos. Leo no tanto por querer saber mucho, sino únicamente porque me causa un inmenso placer. Disfruto como nadie sentarme en cualquier lugar y abrir las páginas de un libro. Si hay café, mucho mejor. Si el asiento es cómodo, qué bueno. Si al final aprendo algo, también. La vida mejora automáticamente cuando comienzo a leer. Lo demás es accesorio.

No he llegado, sin embargo, a los extremos de  Eloise Pichler, quien fue bibliotecario en la Bibioteca Pública Imperial Rusa, en San Petersburgo, por ahí de 1867. Pichler era hombre casi calvo y de semblante serio al cual frecuentemente se le veía caminando por las calles de su hermosa ciudad portando su característico abrigo. A nadie le extrañaba que no se quitara esa pieza de vestir, dado que en aquellos rumbos el invierno se alarga durante meses. Sin embargo, lo que nadie notaba, es que el abrigo de Pichler había sido modificado por su dueño, para coser en el forro una bolsa escondida con el tamaño ideal para que cupiera un libro. Porque muy serio, muy serio, pero el bibliotecario llevó durante años un meticuloso y paciente robo hormiga de los tomos que le interesaban, aprovechando las distracciones de sus compañeros y la soledad de los estantes. Así, de uno por uno, Pichler robó unas cuatro mil piezas. No necesariamente hurtaba libros raros o caros. Era un ladrón demócrata: se robaba de todo. La única característica, es que le gustara el contenido. Cuando lo detuvieron, en 1871, lo enviaron a Siberia a compurgar su pena. Quién sabe si le dejaron llevarse su abrigo.

Desde lo más profundo del pasado, aparecieron dos libros que creí perdidos. Formaban parte de una colección de cinco tomos de Julio Verne, que vendían en una casi recién estrenada tienda Samborns, y a los cuales les había echado el ojo. Con mis ahorros de niña, junté monedas y monedas por muchos meses y los guardé en una bolsa de mano color azul cielo que tenía la imagen de la caricatura Candy-Candy enfrente. En mi improvisada alcancía logré juntar los cien pesos que costaba la colección y recuerdo perfectamente el día que mi mamá y mi tía Irma me llevaron por mis cinco libros a la tienda. Era un 27 de noviembre de 1987 y yo tenía once años. Escribí la fecha y mi nombre en la primera página de cada tomo al llegar a casa. Fueron los primeros libros que compré con mi dinero. Hoy sobreviven dos, La Vuelta al Mundo en Ochenta Días y Viaje en Globo. Verlos de nuevo fue como reencontrarme con viejos e íntimos amigos, custodios de mi pasado. 

Revisar libros propios bien puede dar una idea clara de las etapas de la vida del dueño. Ahí están la inocente infancia, la época de ideologías mezcladas, la búsqueda durante la juventud, la escalofriante llegada a la madurez.  Una biblioteca es una vida que de cuándo en cuándo hay que desempolvar para volver a acomodar. Y, como la vida, nunca hay libros suficientes para llenarla.