Mis pendientes se convirtieron en una gripa desentonada que duró el fin de semana y un par de días más. Como cualquier malestar o enfermedad, el cuerpo enviaba una señal para detenerme. La mente le decía a su sistema: “no más por el momento”. Y así pasé hasta el día de hoy por lo que no llegué a tiempo para elaborar esta columna.
La gripa me dio la ocasión de pensar en cómo las ideas y los pensamientos van más allá del lugar en donde se producen para alojarse en otra parte de nuestro cuerpo provocando una alteración de su mecanismo natural. Y así, me explico yo, nos descomponemos en mayor o menor grado.
El malestar o la enfermedad nos permite ponernos en contacto con nuestro cuerpo, nos lleva a intentar identificar en dónde duele y buscar las causas (la lluvia, el aire, el cambio brusco de temperatura, etc) lo cual, aunque incierto es un ejercicio muy interesante que no hacemos a menos que nos dediquemos a alguna rama de la salud.
Así que del contacto con mis malestares y los pensamientos que podrían producirlas recordé que estamos en épocas de “todos santos y santos difuntos” y la forma cómo las efemérides diarias determinan de cierta forma nuestro foco de atención y de ahí nuestros pensamientos.
La idea de la muerte nos lleva a ese memorial que realizamos cada año para venerar a los que han pasado a otra dimensión, terminaron su vida o gozan de alguna presencia divina según creencias particulares. Nos llama a recordarlos casi siempre para bien, a dedicarles altares ahora que esta tradición y práctica se ha vuelto cultura general y producir verdaderas ofrendas en torno a lo que fueron sus vidas y la huella que dejaron en las nuestras.
La muerte es tan fácil y tan difícil como tan natural y a la vez rara: un día amanecemos con alguien menos en la familia o en la oficina y sentimos como si nunca se hubiera ido o que quizás algún día entrará por nuestra puerta y volverá a sentarse en nuestra mesa. Nos lleva a no creerlo sin lugar a dudas en una paradoja que nos arrebata un momento en nuestros días y nuestro quehacer rutinario.
Recordar a los que decimos “pasaron a mejor vida” es cobijar el alma, sentir que están ahí como parte del quehacer diario, como pasajero en el tren de vida, como acompañante, la idea nos conforta. Es hasta cierto punto una manera de no dejarnos vencer por la tristeza, la falta, la ausencia, o la supuesta o aprendida soledad que dicen caemos cuando quedamos huérfanos, viudos, sin hermano o sin amigos.
Lo cierto es que la mayoría seguimos viviendo después de su partida y aunque en ocasiones quisiéramos morir de tristeza, algo dentro de nosotros no fortalece para seguir respirando, viviendo y acompañando y apoyando a otros como lo hicieran nuestros difuntitos.
La muerte es parte del acertijo de la vida que vivimos y que ha querido ser descifrada y explicada por cuanta civilización ha pisado el planeta. No tenemos certeza de todas las explicaciones que dan religiones, creencias o tradiciones, pero en general siempre creemos en ese lugar en donde se está mejor, el Mictlán de nuestros antepasados, aunque no entendamos o no nos convenza del todo. Por eso es admirable la fe de grandes creyentes lo que me lleva pensar para terminar aquí, en que la fe determina o sesga nuestras ideas o creencias y éstas nuestros pensamientos y la forma cómo estos impactan en nuestro cuerpo y nuestra salud. Muchas vueltas pero así de complicados somos.
Quizá para que no digan anticipadamente en nuestro nombre “descanse en paz” o “ya colgó los tenis” podríamos explorar cada día el contenido de nuestros pensamientos y ver si es real o no que repercuten en nuestra salud.
Lectores vamos a descansar, pero en vida y en paz.


