¿Y dónde quedó la política?
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La reflexión que hoy pongo a su consideración está relacionada con el impacto que el uso de la Inteligencia Artificial ya está teniendo sobre la sociedad, la política, la economía y prácticamente cualquier dimensión de nuestra vida en sociedad. Suele pensarse que las grandes tensiones tecnológicas se discuten primero como si fueran asuntos reservados para las élites: en Silicon Valley, el algún comité del Capitolio, en el Foro Económico de Davos o alguna cumbre internacional. Y tengo la sospecha de que estas cosas no están ni a la vista de los actores en la política local.
El tema de la inteligencia artificial ya se encuentra exactamente en ese momento. No con máquinas conscientes o futuros de ciencia ficción, esta transformación está ocurriendo de manera mucho menos espectacular: un programa que redacta el informe que antes hacía un analista; un algoritmo que selecciona candidatos antes de que alguien revise sus currículums; una aplicación capaz de imitar la voz de un familiar; un estudiante que entrega en segundos un magnífico ensayo que jamás pensó.
Skynet no necesitaba lanzar misiles o iniciar la rebelión de las máquinas. Le bastaba con llegar a cada dispositivo al alcance de cualquiera, o quizás cobrar una suscripción mensual.
Las advertencias comienzan a provenir de lugares muy distintos. Bernie Sanders -usted lo recuerda como un político sempiterno de Estados Unidos- ha señalado que, la nueva revolución tecnológica está siendo financiada con los empleos de los trabajadores que quedarán privados de los beneficios económicos de la automatización. Bill Gates, en un muy interesante -y extenso- texto que acaba de publicar en su blog Gates Notes "The turbulent AI era is here. The choices we make now are critical" está advirtiendo que muchos empleos desaparecerán y que gobiernos y sociedades no están preparados para administrar la transición a la siguiente revolución transformadora del mundo.
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No es alarmismo, pero tenemos que ser serios. Por todas partes leo que esto está ocurriendo, que ésta es la siguiente revolución de nuestra historia. Como la digital y la de la información, como la industrial, como la científica y la Ilustración. Todas ésas.
La coincidencia no significa que el apocalipsis laboral sea inevitable. Sí significa que existe un problema que ya no puede despacharse como una fantasía futurista.
La Organización Internacional del Trabajo estima que alrededor de uno de cada cuatro trabajadores del mundo se encuentra en una ocupación con algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. Para Bernie Sanders, el problema no es simplemente cuántos empleos desaparecerán -o se transformarán- sino quién capturará las ganancias de productividad y quién pagará los costos de la transición.
Si una empresa consigue producir lo mismo con diez trabajadores donde antes necesitaba quince, la tecnología no decide qué sucede después, lo hacemos los humanos. Cuando Bill Gates advierte que la IA puede ser la mejor generadora de igualdad jamás inventada o una maquinaria de desigualdad nunca antes vista es porque concibe -o así lo interpreto yo- que puede haber mejores salarios, jornadas más cortas, mayores utilidades, pero también puede haber una depuración masiva del talento humano, brechas de acceso, efectos en la forma en que se accede al mercado de trabajo y a la riqueza. Esto no lo decide la tecnología, esa distribución depende de instituciones, mercados, leyes y decisiones políticas.
Es particularmente delicado el futuro de los empleos de entrada. Durante décadas, los puestos junior permitieron a los jóvenes adquirir experiencia mediante tareas administrativas, de análisis, programación, diseño o atención al público. Precisamente muchas de esas funciones son ahora las más fáciles de automatizar.
Para nuestro país, el desafío es mayor porque la transición ocurre sobre una estructura marcada por la informalidad, la desigualdad educativa y las notorias brechas territoriales. La inteligencia artificial puede multiplicar la productividad de quienes cuentan con conocimientos, conectividad y herramientas digitales, pero también ampliar la distancia respecto de quienes carecen de ellos. La nueva brecha ya no consiste solamente en tener acceso a internet, sino en saber utilizar tecnologías capaces de potenciar el trabajo.
La respuesta pública está ausente. Hay que tener cuidado de evitar legislar por reflejo, sin idea ni proyecto. La Federación -tan preocupada por la preservación de su superioridad moral, el monopolio de la agenda pública, la simbología de la cercanía popular y la aritmética electoral- debería establecer buena parte de las reglas sobre protección de datos, relaciones laborales, servicios financieros y responsabilidades de las empresas. Las entidades federativas -tan ocupadas en sus ferias, su imagen y lo que dice la prensa- sí tienen un amplio margen político en materia de capacitación laboral, educación, desarrollo económico, uso de algoritmos por sus propias instituciones y regulación ambiental dentro de sus competencias.
Hay que poner atención al momento en que nos encontramos. La pregunta no es si debemos utilizar la IA. Eso ya está decidido. La pregunta es para qué, bajo qué reglas y en beneficio de quién.
La caminera
Hablando de abdicaciones políticas y tecnología. El siglo pasado inventamos industrias con proteccionismo y luego las rematamos al libre comercio, pero al menos había un plan deliberado; hoy nuestra gran "política de estado" es rezarle a la geografía y esperar que las fábricas caigan del cielo por pura vecindad. Pretendemos subirnos al tren del futuro sin competitividad, ni infraestructura, sin red eléctrica, sin agua y sin chips, convencidos de que el nearshoring resolverá por milagro lo que la pereza institucional se niega a planear.
X. @marcoivanvargas
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