Del Estado-Nación a los reinos de fans

Hay días en que se me figura que cada quién vive en su isla, que a pesar de tantas redes poco nos esforzamos por comunicarnos en serio. Cada loco con su tema, como dice el refrán. Todos pegados a su teléfono o a cierto tema, sin tomar en cuenta lo que sucede alrededor.

Hace siglos, la sociedad empezó a agruparse. Primero cuevas, alrededor del fuego. Más tarde, aldeas, comunidades y pueblos, que al ser dominadas por la fuerza, se convirtieron en provincias de un imperios. Luego se habló de ciudades Estado que al unirse se transformaron en Estados nación. Y hoy, por diferencias reales o imaginadas, con las necesidades de autonomía de territorios y comunidades, hemos vuelto quizá al imperio, mejor dicho a los imperios.

Disgregada y cambiante, la sociedad contemporánea se ha convertido en buena medida en fandoms, anglicismo que proviene de la contracción de fanatic kingdom, el imperio de los fans.

Entre la marea de información siempre hay algo que nos atrae, algo que capta nuestro gusto. Y quisiéramos compartirlo con la persona de al lado o con el mundo entero. El talento, la inteligencia o la belleza que nos emocionaron deberían ser admirados por más personas, pensamos. Hasta ahí todo bien. El quid viene cuando la otra persona no se emociona igual, cuando critica lo que nos ha gustado o incluso le desagrada. La pasión desmedida se transforma en fanatismo y nos volvemos irracionales. Lo admirado se torna ídolo. Nos cegamos y nos enojamos de que el otro sea tan ciego. Ira lo que veo.

“Millones de fanáticos agitados en los depósitos con insectos por la chillona soprano de la industria”, como escribió Allen Ginsberg. “Al medirte con la vara de tu fanatismo / te conviertes en una víctima, no en un penitente”, agrega Cintio Vitier. 

Hay grados y la palabra fanatismo, esa “pasión desmedida”, se materializa en fandoms (grupos de personas alrededor de programas, artistas o personajes); cosplay (disfraces e imitaciones que van de lo simple a lo maravilloso); fanarts (pinturas, dibujos e historietas basados en esos personajes admirados y admirables) y fanfics (obras-homenaje, con finales alternativos o tomando como referencia un personaje u otras líneas argumentales; son famosos los casos de fanfics como 50 sombras de Gray, Abraham Lincoln cazador de vampiros u Orgullo, prejuicio y zombies).

Hay fandoms para casi todos los personajes, grupos y duos del espectáculo. Algunos diariamente colocan al menos una etiqueta como tendencia, durante los finales de sus series o en los conciertos de su artista. A veces son grupos “oficiales” y otras se van uniendo en las redes sociales mediante el uso de etiquetas. Algunos hacen labores de apoyo social y otros se dedican a votar y promover lo que sucede con su gusto. Destacan allí recientemente los fans de Aristemo, Super Junior, BTS, Dragon Ball o Steven Universe.

Hay que apoyar lo que nos llena el ojo, lo que creemos que está bien, y criticar, con razones, objetivamente, lo que no. De eso a no dormir por estar votando por su artista favorito para que gane un premio, y llorar porque no lo obtuvo, hay mucha distancia. Hubo unos que pedían disculpas públicas a un comentarista que se atrevió a negar la calidad y trayectoria de sus ídolos.

Toda inclinación debe ser medida, ni tanto que queme al santo ni tanto que no lo alumbre. Si me llaman fan de Batman, de Black mirror o de Russian doll, por ejemplo, no me enojo, tampoco de la obra de muchos escritores o directores de cine, pero tampoco voy a agarrar a golpes o a pedir que se disculpe quien critique los objetos de mi deseo, como pasa cotidianamente en las redes sociales.

Este comportamiento no se queda en la sociedad del espectáculo, de la que ya hemos hablado en este espacio. Gracias a la espectacularización de la política, pareciera que más que análisis hay grupos de adolescentes de uno y otro lado. Tirios y troyanos, pintos y colorados, aplaudiendo lo propio y criticando a los enemigos, sin argumentos, con fake news y falacias variopintas, a sabiendas. Y en política es peor, porque al menos en los fandoms de artistas se toman sus treguas para ciertas causas, como cuando muere un ídolo o alguien de ellos se enferma. En política la mayoría de los fanáticos se manchan de lodo y hasta acusan al otro de lanzarlo, cuando se nota a leguas que se metieron solitos en lo más hondo del pantano.

Cuando un gusto o comportamiento llega a ser vicio, hay que pensarlo. La dosis hace al veneno, dicen los que saben. Y, palabras más, palabras menos, es como lo describe Emil M. Cioran:

«En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas...»

Para hablar de comportamientos grupales no se vale menospreciar o basarse en algoritmos. Ya lo decía Winston Churchill: “Los imperios del futuro serán los imperios de la mente”.

Posdata: Las acusaciones contra Enrique Krauze son serias. Creo, como dijo Eco, que el intelectual “no debe hablar contra los enemigos de su grupo, sino contra su grupo. Debe ser la conciencia crítica de su grupo”. La clase intelectual (artistas, periodistas y académicos por igual) suele ser cómplice o al menos dar “imagen” a quienes detentan el poder, de ahí que se requiera analizar sus procederes con lupa. Machismo, nepotismo, intereses y complicidades no son ajenos a estos grupos, pero también hay quienes crean, proponen, imaginan. Las instituciones y sus mecanismos necesitan cambiar, pero mediante diagnósticos honestos y a fondo, no por caprichos ni prejuicios. Si yo les contara… A propósito, recomiendo dos libros de mi admirado Enrique Serna: El miedo a los animales (1995) y Genealogía de la soberbia intelectual (2014).

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