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Intervinalidad

Por Alfredo Oria

Septiembre 19, 2025 03:00 a.m.

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Los grandes vinos, como las grandes obras literarias y también como las faenas históricas, tienen siempre una intertextualidad. Esto quiere decir que hay elementos en su composición que refieren a –conversan o discuten con– otros vinos, otros libros inmortales, otras maneras de ejecutar las suertes. Son las hojas de las ramas del mismo árbol cultural. Los textos, los vinos y las faenas se enlazan en la memoria de la tradición, comparten gestos que ya han sido pronunciados antes, pero que cada vez se reinventan en un nuevo estilo. En sentido amplio, las imágenes, las notas, los trazos o los pases se interconectan a través de la historia, a veces entre tradiciones distintas; por lo tanto, existen también intertextualidades pictóricas, interdiscursividades, intervinalidades y hasta intertorerías.

Hay muchos tipos de intertextualidad: intratextualidad (relación entre obras del mismo autor), extra– (relación entre distintos autores o intérpretes), meta–, archi–, para–, hipo–, hiper–, etc. Son categorías que puedes revisar, caro lector, en Palimpsestos, de Gérard Genette, o en Bajtín, Todorov o Kristeva, todos ellos espantos recurrentes en la vida del estudiante de literatura.

En una serie de tardes compartidas entre catas, lecturas y corridas, la condición de esta intervinalidad se hizo evidente: un vino maduro dialogaba con la frescura de otro más joven, como un poema clásico que se reconoce en un verso contemporáneo, o como un remate de Belmonte que reaparece en uno de Morante. Cada copa revelaba ecos y correspondencias, como si en el silencio entre un sorbo y otro se escuchara también el eco de la plaza o la cadencia de un párrafo rotundo. El syrah de San Luis Potosí conversaba con el de las laderas del Ródano, el Pozo con la Luna y la Luna con la colina de Hermitage.

Algunos vinos se mostraron como ejemplos de plenitud, momentos en que la excelencia –por no decir perfección– parecía alcanzada. Otros hablaban en cambio de futuro, de poder y de esperanza: eran como novelas inacabadas que prometen desenlaces aún por venir, o como toreros jóvenes cuya promesa aún no se confirma pero ya deja entrever grandeza. El tiempo dirá cuánto les falta para alcanzar su plenitud, pero la trayectoria está trazada. Algunos vinos antiguos evocaban estilos casi olvidados, frescos y etéreos, que hoy resulta raro encontrar. Esa diversidad/cercanía nos recuerda tanto a la lectura de un soneto de otro siglo como a la contemplación de una suerte taurina que ya no se ejecuta en las plazas; y, sin embargo, persiste su huella: tradición que se transmuta, pero no desaparece.

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Lo mismo ocurrió con ciertos vinos blancos y espumosos que rimaban con otros vinos de cepas distintas, como versos que se responden en la distancia o como muletazos que encuentran correspondencia en manos de otro maestro, de un tiempo que aparentemente ya se fue. Allí estaba la vibración compartida de la acidez, el fulgor de la mineralidad, la rima inesperada entre las burbujas y un trazo cremoso.

Todos esos vinos narraron historias sobre sus lugares de origen, las vicisitudes de su año y delinearon los rasgos de las variedades que los componen. Pero también conversaron entre sí, confirmando la idea de que “todos los grandes vinos se parecen en algo”, del mismo modo en que todos los grandes textos laten en una tradición común, o en que cada faena memorable entabla un diálogo con las que la precedieron. Beber estas copas reunidas fue como leer una antología o contemplar una serie de naturales eternos, cuando la experiencia final es más que la suma de sus partes.

@tusimposiarca

@anticuariodevinos

aloria23@yahoo.com