Nueva metafísica

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El episodio de la inaceptable descalificación del ex-presidente boliviano Jorge Quiroga al presidente AMLO, recuerda lo que don Pablo González Casanova denominara, hace ya buen rato, como “la nueva metafísica”. En una obra titulada “La nueva metafísica y el socialismo” (Ed. Siglo XXI, México, 1982), el destacado intelectual mexicano se dolía del simplismo con el que se acometía la lucha ideológica, sobre todo por la opción contrarrevolucionaria, en términos de una postura que ni siquiera era de credo o de filosofía crítica, sino más bien embozada, presuntamente portadora de un ideal de cambio social y democrático, pero en realidad servil a los designios de una derecha reaccionaria. Así pues, en el caso de Bolivia, ahora resulta que el gobierno golpista se asume como adalid de la democracia y hasta cuestiona el intervencionismo gringo en México, cuando es sabido que el golpe a Evo Morales tiene un fuerte tufo de imperialismo yanqui.

     Frente a esa metafísica que desestima la relación esencial del capitalismo dominante -la relación de explotación del trabajo por el capital-, don Pablo planteaba la necesaria emergencia y fortaleza de una “nueva dialéctica” que si bien no descansara exclusivamente en esa relación esencial, tampoco la perdiera de vista en el conjunto de otras relaciones sociales e incluso políticas que permiten entender las circunstancias específicas y concretas de las luchas por la liberación de los pueblos en distintas partes del mundo. Sin embargo, la previsión sugerida por don Pablo no se materializó en un manejo adecuado de la crisis que llevó al colapso, años después, del llamado “socialismo real”, precisamente por desconocer o ignorar un cúmulo de relaciones super-estructurales que se fueron imponiendo a la lógica de un economicismo y burocratismo asfixiantes. La “dialéctica del triunfo” (capitalista) se entronizó, con fuerza, como tendencia en las relaciones internacionales.

     Bajo esa tendencia, cualquier advenimiento de un régimen distinto al delineado por el imperialismo dominante fue tenido como algo “anómalo” -y hasta peligroso- para el nuevo sistema de acumulación reinante, identificado desde entonces como neoliberalismo triunfante. Sin embargo, como la nueva dialéctica enseña, no se puede sostener siempre un modelo que hace abstracción de la realidad concreta de la mayoría y que, junto con la explotación, agudiza la crisis con la exclusión productiva de amplias masas de la población, además de pretender descansar la solución en la mera dominación política que, ya se sabe, se agota en recursos de alto costo social como el de la represión. Así, es explicable la ferocidad con la que se acometió el derrocamiento de Evo en Bolivia, como curiosa la justificación golpista en términos de una cuestión meramente electoral, cuando el fondo del problema está en la explotación de los preciados recursos minerales de esa nación.

     En el reacomodo de fuerzas estatales en América Latina, es de destacar que México ha mantenido una postura equilibrada al buscar separar la economía de la política, evitando, por lo menos, mayor depauperación del trabajador, así como fortaleciendo las políticas de bienestar de grupos vulnerables; en tanto que en el ámbito de la política, es de destacar que la represión no sea tenida como un componente de la dominación que, en primera y última instancia, sirva para la contención de los legítimos reclamos de la población. No es, por supuesto, una orientación al socialismo sino un mayor compromiso con los diversos sectores de la sociedad, sobre todo con los más pobres, y eso, a estas alturas, es un avance alentador. Una dialéctica que, desde hace tiempo, se ha planteado como un esfuerzo necesario para evitar que un polo (el capital) de la relación esencial se imponga (de una vez y para siempre) en esa y en todas las demás formas de mediación con las que, inevitablemente, se ha de lidiar.