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Esto es lucha

Por Yolanda Camacho Zapata

Septiembre 08, 2026 03:00 a.m.

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      La Arena estaba de bote en bote, la gente loca de la emoción. Pensé que la frase nomás era canción, pero no, resultó más bien una descripción precisa del pasado sábado, que con mis amigas nos lanzamos a la Arena Coliseo de la Ciudad de México nada más porque nunca habíamos visto la lucha libre en ese lugar. Yo había ido acá en San Luis y me divertí muchísimo, así que supuse que allá estaría aun mejor y no me decepcioné.  

      Nadie como los mexicanos para mezclar dolor con diversión, ira con arrepentimiento, risa con llanto. Las luchas son el reflejo de ese amor que tenemos por las impurezas y el caos, y muestran claramente el desprecio por los sabores insípidos y las personalidades simplonas. ¿Para qué ser un luchador en calzones, si se puede ser uno envuelto en capa de peluche? Si uno quiere conocer la identidad de un mexicano, lo mejor es fijarse en su máscara. No en balde Carlos Monsiváis escribió todo un tratado sobre ello y refirió cómo la máscara da un lugar en la sociedad a aquellos que en el día a día son invisibilizados. Pero va más allá.

      Los espectadores de las luchas acudimos no tanto para ver a rudos contra técnicos, sino para apropiarnos de una narrativa donde sí sabemos bien quienes son los buenos y quienes son los malos, quienes van a seguir las reglas y quienes van a romperlas. Ese espectáculo previsible lo echamos en falta en el día a día, donde sería mucho más sencillo saber quién está contra quién y no sabemos por dónde nos va a llegar el guamazo. 

      Al entrar al espectáculo sabemos que, de todas formas, no siempre van a ganar los buenos y por eso ese edificio circular comienza a llenarse de mentadas de madre, maldiciones de las buenas, gritos desaforados de "¡rómpele su madre!". Ahí está permitido verbalizar todo lo que afuera no podemos, sacar la frustración vociferando a lo bestia y pensar que nuestra voz sí va a ser escuchada. Entonces, se produce el milagro, el luchador se sube a las cuerdas, voltea hacia quien le mentó la madre y le suelta un "¡chinga tu madre!" que lejos de ofender reconoce, hace visible al que día a día nadie escucha y entonces aquello se convierte en un momento místico de reconocimiento de identidad hasta que ambos se cansan y la vida toma sentido. ¿De que sirve mentar madres si nadie te la menta de regreso?

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       Vamos a las luchas para ser reconocidos, para entender que todavía hay límites entre el bien y el mal y para asumir que la vida en México es todo un show donde para sobrevivir hay que mantenerse en buena forma, pegar de brincos, darse de clavados sin que haya agua donde caer y defender a toda costa la máscara y la cabellera. Vamos a las luchas porque es una terapia colectiva, un desfogue barato y porque aceptamos que somos parte de ese hermoso caos donde no estamos solos. 

      Poco antes de la lucha estelar, entre chetos piratas, palomitas rancias y cervezas a sobrecosto, la gente empezó a corear "¡Esto es lucha, esto es lucha!" y entonces, al salir los luchadores al cuadrilátero quedó claro: esto somos los mexicanos.