Pandemia fifí

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Abundan quienes están convencidos que la pandemia del denominado Coronavirus, es un mal que sólo ataca a las personas de alto nivel socioeconómico. Para los coloquialismos del sexenio, es pertinente considerarlo como un mal fifí, traído por fifíes, y que sólo pegará a fifíes.

De entrada esto pudiera parecer una de las tonterías más fabulosas que hemos escuchado, ya que ataca a todos por igual, y –al igual que la muerte– no hace distingos de clase. Mucho ha contribuido a difundir esta versión, la cobertura especial que los medios de comunicación han dado, y siguen dando, a casos muy concretos, de destacados personajes de las élites mexicanas. 

Abonan también a incrementar este mito los dislates pronunciados por algunos políticos, y no nada más me refiero al presidente, sino a algunos gobernadores, presidentes municipales y miembros de las distintas agrupaciones curuleras. No todos son como nuestro “gober precioso”, quien fiel a su estilo de no echarse malas con nadie –más que con los potosinos por ineficiente– ha conducido la problemática en el estado de una manera muy ecuánime.

Esto no quiere decir que el asunto camine a la perfección, ya se ha señalado que una gran parte de la ciudadanía –por verdadera necesidad, por considerarlo irreal, o de plano en franca rebeldía– se niegan a acatar encierro y distanciamiento. Y no es que falle Carreras; creo que por una vez en su gestión está haciendo bien las cosas. Al parecer los canales de difusión son los que no marchan del todo bien, y no me refiero a los oficiales y tradicionales, sino a la percepción popular. 

El pueblo es sabio, y no se equivoca, dicen por ahí. La cuestionable frase mucho tiene de cierto en esta ocasión; bajo las perspectivas actuales, y desde los parámetros historiográficos, es válido señalar que este tipo de males comienzan atacando a los miembros de las clases altas, que además, fueron quienes los introdujeron a diversas demarcaciones geográficas. En algunos años sería interesante analizar la forma de dispersión de esta pandemia en México, y su distribución geográfica y social, según espacios contaminados. 

Recordemos el caso de la influenza española de 1918, que por cierto  no era española sino estadounidense de origen, y acabó siendo –según un periódico madrileño–“anglofrancobelgoamericanoportuguesa-germanoturcoaustrohúngara”,  llegó a México por la frontera norte, introducida por comerciantes estadounidenses, y dispersada en el resto del país, lo mismo por trabajadores del ferrocarril, que por soldados de diversas guarniciones distribuidas a lo largo de las vías. 

Gracias a un recuento periodístico, hecho por personal de la Biblioteca Nacional de México hace unos días, sabemos que el  8 de octubre de 1918, el periódico El Demócrata informaba del avance del mal: estimaba en seis mil los casos de contagio en Laredo, Texas y Nuevo Laredo, Tamaulipas; el día 9, registraban contagios en Monterrey y San Luis Potosí; el 11 ya mencionaba algunos casos en la Ciudad de México; el 12 señalaba 1,000 casos en ella, y 20,000 en Nuevo León. Se habían tomado las decisiones de regar con creolina las calles, y aislar a los enfermos, que eran tratados principalmente con quinina disuelta en alcohol.

El día 17 (al tiempo que las autoridades españolas, repudiaban que se le siguiera denominando española) llegaban a 5,000 los casos en la ciudad de México, y en Nueva York, pasó de 50 mil a 500 mil, en sólo cuatro días. El 18, se le refería como presente en Querétaro y Puebla. Entonces, se determinó cerrar escuelas, y espacios de espectáculos públicos. El día 24, era ya 60,000 los casos en la Ciudad de México. El 3 de diciembre se mencionaba que la influenza estaba controlada.

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No es pues difícil cumplir las medidas cuando se tiene un ingreso asegurado, y se disfruta de cierto bienestar dentro de los hogares. Así, quienes se recluyen acaban siendo los que tienen ingresos, computadora y servicio de internet para trabajar desde su casa. Aquellos que tienen miedo de ser contagiados, porque entre su círculo social se encuentra algún afectado.

El pobre, por el contrario y por percibirse como tal, tendrá que salir a la calle para asegurar su mínimo ingreso diario. Se sabe pobre, pero protegido; no sólo por la gracia divina, sino porque no hay enfermos en su entorno. 

Anotaba hace cuatro días en redes sociales, Jeniffer Isasi, doctora en Estudios Hispánicos: “Aquí siempre ha sido así, el pequeño está debajo y el grande se coge al pequeño. No hay más. El rico es más rico y el pobre es más pobre. No le deis más vueltas. El que está por encima está por encima. Siempre ha sido y lo será. El rico se come al pobre.”   También lo contagia.   

Gracias por la lectura; guárdese en su casa.