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Una ventana al pasado

Por Alfonso Lastras Martínez

Octubre 04, 2026 03:00 a.m.

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      Hace unos 40,000 años, en la cueva de El Castillo, en Cantabria, España, un artista prehistórico dejó impresa en negativo la imagen de su mano sobre una de las paredes de la cueva. Para ello, colocó una de sus manos sobre la superficie y dispersó a su alrededor pigmento rojo, dejando así delineada su silueta. Es posible que, para proyectar el pigmento, empleara un tubo de hueso u otro material, aunque también pudo haberlo hecho directamente con la boca. En cualquier caso, la imagen de la mano impresa sobre la piedra podría contener información genética del artista que la pintó. Es decir, el pigmento utilizado para crear la imagen, además de los componentes químicos propios de la pintura, pudo haber incorporado, por ejemplo, restos de saliva del artista y, con ellos, su material genético. En principio, por tanto, el análisis del ADN conservado en esos restos podría proporcionar información acerca del grupo humano al que perteneció el artista que realizó la pintura.

      Por supuesto, la posibilidad de detectar, después de decenas de miles de años, ADN en una pintura rupestre es una hipótesis que aún debe ser demostrada. Precisamente en esta dirección apunta un artículo publicado el pasado mes de junio en la revista "Nature Communications", por un grupo de investigadores encabezado por Alba Bossoms Mesa, del Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, en Leipzig, Alemania.

      Los autores analizaron ADN preservado en pinturas rupestres prehistóricas de cuevas de España y Portugal. Las pinturas correspondían tanto a representaciones figurativas como a imágenes negativas de manos. Con respecto a la motivación de su estudio, los investigadores escriben: "Un desafío importante en el estudio de la prehistoria humana es vincular los artefactos culturales del registro arqueológico con los grupos humanos que los crearon. La investigación del ADN antiguo ha ayudado a superar esta brecha mediante el análisis del ADN humano procedente de restos óseos, sedimentos y, más recientemente, de los propios artefactos. Sin embargo, el arte rupestre, una importante expresión de la cultura humana, permanece fuera del alcance del estudio genético de poblaciones del pasado a partir de ADN antiguo, ya que generalmente carece de una asociación directa con los suelos de las cuevas excavadas". Dadas estas circunstancias, se propusieron determinar si el ADN que pudiera estar contenido en el arte rupestre podía ser recuperado y utilizado como fuente de información para el estudio de los grupos humanos prehistóricos.

      Para su estudio, Bossoms Mesa y sus colaboradores analizaron muestras de pintura obtenidas de 24 paneles de arte rupestre paleolítico en 11 cuevas distribuidas por la península ibérica. También estudiaron muestras de paredes que no habían sido pintadas, así como sedimentos procedentes de áreas específicas del suelo de las cuevas que presentaban coloraciones sugestivas de actividades relacionadas con el procesamiento de pigmentos. Asimismo, analizaron un hueso de ave encontrado en la cueva de Altamira, que conservaba restos de pintura en su interior y que posiblemente fue utilizado para aplicar pigmento sobre las paredes mediante el soplado a través de uno de sus extremos.

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      Los investigadores encontraron rastros de ADN humano antiguo, sin presencia de ADN animal asociado, tanto en una costra de calcita pigmentada de la cueva de Escoural, en Portugal, como en una muestra de pared sin pigmentar del mismo yacimiento. De acuerdo con los autores del artículo: "La presencia exclusiva de ADN humano entre el ADN de mamíferos identificado en las dos muestras de la pared de la cueva de Escoural apunta, por lo tanto, al contacto humano directo –como tocar, frotar o depositar fluidos corporales– como la fuente más probable de deposición de ADN en la pared de la cueva".

      De los 24 paneles de arte paleolítico estudiados, Bossoms Mesa y sus colaboradores encontraron ADN humano antiguo en solo uno de ellos. Esto sugiere, de acuerdo con los autores del artículo, que, a pesar de las condiciones favorables para la preservación del ADN en muchos de estos sitios, las superficies pigmentadas solo excepcionalmente conservan cantidades detectables de ADN humano. En este sentido, los investigadores señalan que el hueso de ave descubierto en Altamira –que, con toda probabilidad, fue utilizado para dispersar pintura– respalda esta interpretación, ya que tampoco se detectaron rastros de ADN humano en su interior.

      Bossoms Mesa y sus colaboradores concluyen que su descubrimiento en Escoural amplía las fuentes conocidas de ADN humano antiguo en cuevas, que anteriormente estaban limitadas a restos de esqueletos, artefactos óseos y sedimentos.  Y en este sentido escriben: "La idea de que es posible recuperar ADN humano antiguo de las paredes de las cuevas abre nuevas posibilidades de investigación más allá del estudio del arte rupestre, incluso en cuevas que carecen de él. El análisis de muestras tomadas de las paredes podría revelar qué poblaciones ocuparon las cuevas y cuáles eran sus actividades".

      Una ventana al pasado remoto, cortesía de los primeros artistas de la historia.