In-D: 2026 seguirá siendo el año del Conejo

El 2026 no será el año del conejo por capricho simbólico ni por nostalgia zodiacal. Será el año del conejo porque todo apunta a que seguirá siendo el año de Bad Bunny, nos guste, nos irrite o nos dé igual. Y no por inercia, sino por algo mucho más incómodo: porque el tipo no solo domina la cima, la redefine. No se limita a habitar el éxito, lo administra con inteligencia social, con lectura social, con un radar finísimo para entender de qué está hecha su generación.
Bad Bunny ya no compite. Flota. Cada movimiento suyo genera expectativa, conversación, análisis, debate, reacción. El universo de cultura pop que ha trabajado con constancia y astucia hoy lo ha consolidado como el rostro de una generación entera. Y eso, en una industria saturada de ruido y balazos musicales al aire, es poder real. No el poder del algoritmo, sino el poder simbólico. El que instala temas, el que marca agenda, el que convierte una decisión estética en conversación pública.
Mientras muchos artistas se embriagan con la fama hasta diluirse en su propio reflejo, Benito ha hecho algo raro: usar la plataforma para incomodar. Para hablar de identidad, de clase, de género, de política, de orgullo, de contradicción. A veces de forma torpe, a veces de forma brillante, pero siempre con intención. No juega al rebelde de utilería. Juega al latinoamericano consciente en un sistema que preferiría verlo callado y rentable.
Y en medio de eso, la jugada maestra: mudar de piel. Urbano, sí. Pero también salsa. También bossa nova. También regional. También nostalgia caribeña. También guiños setenteros. Bad Bunny no está "experimentando": está educando sin pedir permiso (eso puede ser bueno o malo, y es tema de otro debate). Miles de jóvenes que jamás habrían buscado una salsa vieja, un bolero, un ritmo afrocaribeño, hoy llegan a ellos porque el conejo los llevó de la mano. Y eso, culturalmente, es gigantesco.
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Podrá gustarnos o no su música, lo cual es válido, pero negar el fenómeno es ingenuo. Bad Bunny mueve masas porque encarna algo: la mezcla de barrio y discurso, de fiesta y conciencia, de irreverencia y pertenencia. Representa a una generación que no quiere pedir permiso, que no quiere encajar, que no quiere disculparse por existir. Por eso conecta. Por eso se vuelve estandarte. Por eso, incluso cuando el reggaetón empieza a mostrar signos de fatiga, él sigue subiendo como espuma. No porque el género esté vivo, sino porque él lo muta.
Y ahí está la clave del pronóstico: 2026 no será el año de la repetición, será el año de la consolidación mutante. Bad Bunny no va a desaparecer, va a transformarse. No va a bajar, va a desviarse. No va a agotarse, va a cambiar de forma. Tal vez más actor, más productor, más símbolo, menos fórmula. Tal vez más político, tal vez más experimental. Pero no irrelevante. No invisible. No pequeño.
Bad Bunny va a llegar hasta donde su generación se lo permita. Y su generación, hoy por hoy, no parece tener techo.
Así que podemos discutir gustos, podemos criticar excesos, podemos cuestionar decisiones. Debemos hacerlo. Pero lo que no podemos hacer es cerrar los ojos. Porque nos guste o no, 2026 seguirá siendo el año del conejo. Y el conejo, hoy, tiene nombre y apellido: Benito Antonio Martínez Ocasio.
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