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In-D: French Touch

Por Daniel Tristán

Febrero 04, 2026 10:14 a.m.

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In-D: French Touch

Durante décadas, la música electrónica fue vista con sospecha. Para muchas generaciones formadas entre guitarras, baterías y amplificadores, aquello que nacía de cables, perillas y computadoras parecía una herejía: música "sin músicos", sonidos "artificiales", ritmos fríos destinados al baile fácil y al olvido rápido. El prejuicio fue tan persistente que, durante años, la electrónica tuvo que justificar su existencia como si no fuera música, sino un truco tecnológico.

Por eso el reciente reconocimiento de la música electrónica como patrimonio cultural inmaterial en Francia no es un gesto menor. Es, en realidad, un acto simbólico poderoso: el Estado francés admite que su movimiento musical y cultural conocido como "French Touch" no solo forma parte de su identidad cultural, sino que ha sido una fuerza creativa central en la música contemporánea. No se trata de nostalgia ni de moda; se trata de la realidad de la industria musical actual. Bandas como Daft Punk, Air y Justice son el nuevo rostro de la cultura francesa.

El valor de este paso radica en lo que implica: aceptar que la música evoluciona, que los lenguajes sonoros cambian y que la tecnología no es enemiga del arte, sino una de sus herramientas más antiguas y constantes. Porque, aunque a algunos les cueste aceptarlo, la música electrónica no apareció ayer ni es un capricho del siglo XXI. Lleva más de medio siglo infiltrándose, transformando y expandiendo el sonido popular.

Ya en los años setenta y ochenta, los sintetizadores, secuenciadores y cajas de ritmos comenzaron a ocupar un lugar central en el pop, el rock, el funk y la música experimental. Desde los teclados analógicos que definieron la estética sonora de una época hasta las primeras programaciones rítmicas que convivían con baterías acústicas, la electrónica dejó de ser una rareza para convertirse en parte del lenguaje musical cotidiano. Negar eso hoy no es una postura crítica: es simple desmemoria.

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La música electrónica, además, no solo ha influido en sonidos, sino en formas de creación. Introdujo nuevas maneras de componer, de producir y de pensar la música como experiencia colectiva. Los clubes, los festivales y la cultura DJ no son solo espacios de entretenimiento nocturno: son laboratorios sociales donde se cruzan identidad, tecnología y comunidad. Francia lo entendió así al reconocer también el papel de estos espacios como lugares de expresión cultural.

Este reconocimiento llega en un momento clave. La industria musical vive una transformación profunda, acelerada y, para muchos, incómoda. Hoy no solo hablamos de electrónica como género, sino de inteligencia artificial como herramienta creativa. Algoritmos que componen, asistentes que producen, sistemas que analizan y replican estilos. Hacer oídos sordos ante esta realidad sería ingenuo, por no decir irresponsable.

El futuro de la música no está en elegir entre lo humano y lo tecnológico, sino en entender cómo dialogan. Así como en su momento el sintetizador fue visto como una amenaza al músico "real", hoy la inteligencia artificial provoca miedos similares. Y, sin embargo, la historia demuestra que cada avance tecnológico ha ampliado el campo creativo, no lo ha destruido. La pregunta nunca ha sido si la tecnología reemplazará al arte, sino quién la usará con criterio, sensibilidad y visión.

Seguir resistiendo la presencia electrónica en la música actual es una postura anticuada que confunde tradición con inmovilidad. La tradición musical no es una vitrina de museo; es un organismo vivo que se adapta, muta y se redefine. La electrónica no vino a borrar la música del pasado, sino a dialogar con ella, reinterpretarla y proyectarla hacia el futuro.

Francia ha dado un primer paso importante al reconocer institucionalmente lo que millones de oyentes, creadores y músicos ya sabían: que la música electrónica es cultura, es historia y es identidad. Ojalá este gesto sirva para replantear prejuicios todavía vigentes y para abrir conversaciones más honestas sobre hacia dónde va la música. Porque el futuro ya llegó hace rato. Negarlo no lo detiene; aceptarlo, en cambio, nos permite escucharlo y entenderlo mejor.