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México bajo presión

Por Marco Iván Vargas Cuéllar

Junio 11, 2026 03:00 a.m.

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      Son momentos de suma tensión para nuestro país. México llega a la revisión del TMEC en una circunstancia incómoda: con una desigual relación frente a Estados Unidos, con un año electoral encima y con varias de las banderas discursivas de Morena sometidas al desgaste propio de quien ya no puede hablar del cambio como recién llegado. No es una combinación menor. Lo que está pasando se asemeja mucho a la plomería, las fugas rara vez aparecen donde uno quiere verlas; suelen brotar justo donde el sistema ya estaba más presionado.

      La revisión del tratado comercial entre México, Estados Unidos y Canadá está muy lejos de ser solo un trámite administrativo. En los hechos, será una negociación de poder. Estados Unidos buscará ampliar márgenes ventaja en sus en sectores estratégicos; México intentará preservar espacios en temas sensibles como energía, agricultura, reglas de origen, acero, aluminio. Canadá, mientras tanto, hará lo suyo: mantener sus intereses sin hacer demasiado ruido.

      El problema para México no está solamente en la mesa de negociación. Está también en el ambiente político desde el cual se sienta a negociar. Hay elecciones en Estados Unidos e inmediatamente después las habrá también en nuestro país. En la plaza pública se puede decir lo que sea, pero en la negociación con Estados Unidos el margen entre defender la soberanía y administrar responsablemente la interdependencia económica es muy estrecho.

      En este contexto aparece el desgaste de algunas banderas de legitimación de Morena. El partido llegó al poder con un discurso potente: moralización de la vida pública, soberanía nacional, combate a la corrupción, prioridad a los pobres y ruptura con las élites tradicionales. Ese relato conectó con hartazgos reales. Pero gobernar durante años tiene una consecuencia inevitable: las promesas dejan de evaluarse por contraste con el pasado y comienzan a medirse contra sus propios resultados.

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      La soberanía energética, por ejemplo, fue presentada como una recuperación del control nacional sobre áreas estratégicas. Sin embargo, en el marco del TMEC también se ha convertido en un punto de fricción con socios comerciales que observan posibles tratos poco atractivos, restricciones regulatorias o incertidumbre para empresas privadas y extranjeras. Lo que internamente se formula como defensa de la nación puede ser leído externamente como incumplimiento, proteccionismo o discrecionalidad. 

      Algo similar ocurre con la bandera anticorrupción. La proclamada superioridad moral es útil mientras no se convierte en obligación de prueba. Una vez en el poder, no basta con denunciar la corrupción anterior ni con invocar la honestidad como identidad. Cuando aparecen señalamientos de opacidad, concentración de poder o decisiones discrecionales, el discurso moralizador pierde eficacia. Ningún gobierno se desgasta tanto como aquel que prometió ser inmune al desgaste.

      La negociación del TMEC ocurrirá, entonces, con un gobierno que necesita proyectar fortaleza hacia fuera en un contexto donde está siendo duramente cuestionado por las agendas de seguridad y combate a la corrupción dentro de la estructura del mismo gobierno. México corre el riesgo de negociar a la defensiva si en su urgencia de legitimación confunde firmeza con teatralidad. También corre el riesgo opuesto: aceptar ajustes bajo presión y luego envolverlos en retórica soberanista para vender mensajes políticos efímeros. 

      Nada de esto implica asumir que México deba negociar desde la lona. Al contrario: una defensa seria del interés nacional exige oficio, profesionalismo y prioridades claras. La soberanía no se fortalece con discursos trillados, sino con instituciones capaces de resistir presiones, cumplir compromisos y escoger bien sus batallas. En política exterior y comercial, el juego se gana con gritos y arengas.

      A pesar de los amagos, lo más probable es que no desaparezca el Tratado. La integración regional es demasiado importante para los tres países. Aquí la verdadera pregunta es qué tipo de revisión saldrá de este proceso y con qué costo para México. ¿Será una actualización técnica que preserve certidumbre? ¿O se convertirá en un forcejeo político donde cada actor busque votos, titulares o ventajas inmediatas?

      México necesita llegar a esa mesa con una agenda nacional clara y sabiendo qué defender, qué modernizar y qué conceder. La revisión del TMEC será una prueba de madurez institucional. Y quizá también una prueba más difícil: distinguir entre gobernar un país y construir un relato.

      Los tratados son una cosa y las campañas otra. El reto para México será evitar que una negociación de alta precisión termine convertida en otro mitin.

      La caminera. 

      Cualquier persona que sea honesta consigo misma debería reconocer que la improvisación  caracterizó a los gobiernos en todo esto que rodeó a la organización de la justa mundialista. Lo que está pasando en Guadalajara, Monterrey y en la Ciudad de México es triste y vergonzoso, por decir lo menos. De las disputas locales por la plaza para ver quién proyecta los partidos representa una nadería muy muy cortita como para dedicarle letras aquí.