Proveedores de la democracia
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Hay algo conmovedor en la capacidad de las instituciones mexicanas para convertir sus principios en artículos de lujo. La independencia, la imparcialidad y la austeridad, por ejemplo, son virtudes que se exhiben con extraordinaria solemnidad en los discursos oficiales, aunque ocasionalmente desaparezcan cuando llega el momento de revisar las facturas. El Instituto Nacional Electoral, encargado de custodiar la limpieza de nuestra democracia, acaba de ofrecer una demostración particularmente refinada de esta curiosa tradición nacional.
La renuncia de Guadalupe Taddei a la presidencia del INE tiene ingredientes suficientes para una comedia de enredos, salvo por el inconveniente de que los personajes administran dinero público y la trama transcurre en una institución constitucional. Hay contratos millonarios, proveedores de trato íntimo, fiestas, viajes, fotografías y hasta personajes asociados con las nóminas del organismo cuya función laboral merece explicaciones y no cortinas de humo.
Entre las revelaciones aparecen las relaciones de un empresario proveedor con el entorno de la consejera presidenta, incluido un viaje a París en compañía de su hijo, un chamaquito a quien pone París a sus pies. Y eso es solo por ahora, ya veremos que sale después.
La Auditoría Superior de la Federación ha abierto investigaciones por posibles conflictos de interés, colusión y triangulación de recursos en tanto que en el INE el órgano interno de control también examina contrataciones y responsabilidades. Nada de esto equivale todavía a una sentencia, distinción indispensable en un país donde la indignación suele dictar resoluciones antes de conocer los expedientes, pero tampoco permite despachar las sospechas mediante comunicados cuidadosamente redactados, como si la transparencia fuera una variedad especialmente elegante de relaciones públicas.
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Taddei invocó la necesidad de verificar filtraciones, montajes y versiones periodísticas, algo jurídicamente irreprochable; sin embargo, resulta fascinante que las instituciones descubran las virtudes del rigor probatorio precisamente cuando las preguntas dejan de dirigirse a sus adversarios y comienzan a formularse sobre sus propios despachos.
Durante años, el INE ha sido escenario de una disputa que confunde deliberadamente autonomía con afinidad política. Para unos, defenderlo significaba proteger cualquier decisión de sus autoridades. Para otros, reformarlo consistía en domesticarlo. Ambas concepciones comparten una desventaja bastante incómoda, púes ninguna exige que la institución sea verdaderamente independiente, sino solamente que resulte conveniente para quien la defiende.
La salida de Taddei no resuelve ese problema. Una renuncia puede desocupar una oficina, pero tiene escasa eficacia para esclarecer contratos, reconstruir decisiones o establecer responsabilidades. Tampoco devuelve automáticamente la confianza ciudadana, que posee la desagradable costumbre de exigir hechos donde los políticos prefieren ofrecer ceremonias o discursos.
Ahora corresponde elegir una nueva presidencia mientras se aproxima la elección de 2027. Sería deseable que la Cámara de Diputados buscara una persona cuya principal virtud fuera la independencia y no la habilidad para resultar aceptable a determinada facción, aunque semejante extravagancia podría alterar profundamente nuestras costumbres parlamentarias.
Lo verdaderamente inquietante no es que un organismo electoral pueda padecer corrupción, pues ninguna institución está inmunizada contra las debilidades humanas, más bien lo grave es que la autoridad encargada de garantizar la confianza pública termine necesitando que alguien garantice la suya.
La democracia mexicana ha dedicado décadas a perfeccionar urnas, boletas, sistemas de cómputo y procedimientos de fiscalización. Quizá ha llegado el momento de examinar con idéntico cuidado a quienes compran las urnas, contratan las boletas y administran los presupuestos.
X: @jchessal



