Sauvignon Blanc
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Para Jimena, Jesús y Paula
Viví algo abrumador la semana pasada. Y no (sólo) fue a partir de una gran copa de vino blanco de uva sauvignon blanc, como el título de la canción de la señorita Vila Tobella. Fue una experiencia difícil de describir como un todo, pues se compuso de una serie de emociones antes, durante y después de presenciar una de las obras estéticas –visuales, escénicas, musicales, poéticas, conceptuales– más emocionantes de mi vida.
Todo comenzó con una sensasión de naufragio por la incertidumbre que te obsequian las hienas de las compañías boleteras. A unas horas del acontecimiento, no teníamos boletos para acceder, a pesar de haberlos pagado el año pasado. No entraré en más detalles, pero fueron horas de zozobra que culminaron con algo feliz, tan feliz que borró la indignación de que inversamente nos despeñaran a unos asientos opuestos en ubicación y precio a lo comprado. En fin. Pero eso contó, finalmente, en el vértigo emocional de la noche.
Aunque la artista española Rosalía llegó a mi vida hace ya 10 años, es una adquisición reciente: mi afición por la literatura tiene 50 años; por la música, más; por el flamenco tiene cuantro decenios y por el vino casi 30 vendimias. Curiosamente las referencias literarias, flamencas y vitivinícolas abundan en los 4 discos de la Reina de algo que trasciende al pop, y aquello quizás fue, personalmente, lo que más me rompió de su recital.
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El montaje es lo primero que impresiona cuando entras al espacio rosaliano: no es frecuente encontrar en el centro del Palacio de los Deportes (o el recinto en turno) una orquesta de la magnitud de la que afina ante la mirada perpleja de decenas de miles de adolescentes. Llega luego un diseño escénico con un estilo bien definido que acopla todos los elementos que lo componen: vestuario, coreografías, imágenes religiosas, dinámicas, iluminación y composiciones gráficas. Es un espectáculo, sí, pero se mantiene la sensación a través de las dos horas de que se presencia una obra dramática, un ballet, un performance y una ópera dentro de un concierto de música pop. Todo es calidad, todo es intención, todo es arte.
Para mí, el momento climático, cuando no pude contener las emociones, fue cuando, luego de canciones inspiradas en tradiciones musicales diversas, un percusionista metía el preludio de "El Redentor" en un slap-top, como si se tratara de un cajón flamenco. En ese instante me empapé como si me hubiera estallado encima una nube de emociones algo que ya había considerado, el logro del que esta genio ha sido capaz: proyectar el arte que me heredó mi abuelo –la expresión musical que tanto he amado durante tanto tiempo– al escenario global, colocándolo en el lugar donde siempre creí que merecía estar, un sitio desde donde puede acercar a públicos insospechados, a gente que la descubre y la respeta como una de las grandes músicas cultas y populares del universo cultural. Desde su propia voz y su propio tiempo, como es natural.
Me acordé de tantos flamencos maltratados y de tanta soledad –fuera de las sesiones con el Güelu– que esta música me ha deparado, sobre todo en mi juventud, cuando alrededor escuchaban glam rock y yo a Camarón y a Agujetas. Fue un momento de llanto, de miles de recuerdos, de cicatrices y de sentirme profundamente orgulloso de Rosalía como si de otra hija mía se tratara. Por cierto, mi hija legítima, Lucía, que es la Lux de mi vida y la proyección de mi alma en un ser más perfecto, se encontraba junto a mí, igual de emocionada que yo, y compartió conmigo este momento de una manera absoluta, en uno de los instantes de verdadera conexión entre nosotros que me ha regalado la vida. Una artista que reúne a dos generaciones, a una joven con su padre de esta manera merece, al menos, la posteridad.
Al terminar el concierto, mi paladar estaba lleno de una extraordinaria acidez, de esa frescura crujiente de la sauvignon blanc, que corta con navaja calé a todo lo que es plano, empalagoso y ordinario, que se deshace con un tajo fulminate de lo banal y lo generado con pura intención comercial. Ese final tan largo y emotivo, igual de inagotable como fue el mareo después de la sacudida que significa presenciar algo que es todo gracia, buen gusto y sentido; ese posgusto que cargaba aún todo el perfume de cada canción, de cada concepto detrás, de cada creación, de cada detalle, de cada lágrima; esa persistencia que alarga hasta hoy todos los sabores de una obra de arte disfrazada de espectáculo ha dejado una huella en las almas de las miles de personas que presenciamos tal acontecimiento la semana pasada.
Hace poco pensaba que Rosalía era lo mejor que le había pasado al flamenco desde Camarón y Paco; ahora, después de haber asistido al más emocionante concierto masivo –y a la vez más íntimo– de mi vida, acompañado de las mejores personas, estoy convencido de que La Rosalía es lo mejor que le ha pasado a (la música de) su generación. "Sauvignon Blanc, a tu lado, mi futuro será dorado..."
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