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Creen que gobernar es narrar

Por Marco Iván Vargas Cuéllar

Septiembre 03, 2026 03:00 a.m.

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      Desde que hay memoria histórica de ello, podemos advertir algo que casi es ley: un informe de gobierno nunca es solamente un conjunto de datos. Es, ante todo, una narración.

      Quien informa decide qué contar, en qué orden hacerlo, desde dónde comienza la comparación y, quizá más importante, qué cosas deja fuera. Construye protagonistas, antagonistas, identifica logros y procura demostrar que las decisiones adoptadas conducen hacia algún lugar mejor. Esto no es necesariamente perverso. Es política.

      El Segundo Informe de Gobierno de la Presidenta Sheinbaum respondió puntualmente a esa lógica. El es claro: México tiene estabilidad económica, amplía derechos sociales, recupera capacidad estatal y dice ofrecer resultados en uno de sus problemas más dolorosos, la violencia. Todo ello bajo la idea de la "prosperidad compartida" y como consecuencia del proyecto iniciado en 2018.

      Sería intelectualmente deshonesto negar que existen datos que respaldan partes importantes de esa historia. La inversión extranjera directa alcanzó cifras positivas durante el primer semestre de 2026; el salario mínimo sigue en aumento respecto de 2018 -aunque a los acreditados de FOVISSSTE no les gusta eso-; la pobreza laboral se encuentra entre los niveles más bajos en años y se habla de un menor promedio diario de homicidios dolosos. Hay resultados positivos que existen independientemente de nuestra simpatía o antipatía por el gobierno. Negarlos sólo porque incomodan a determinada posición política es exactamente el mismo vicio que se pretende denunciar.

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      El problema aparece cuando pasamos de los datos a la presentación. Tomo el ejemplo más evidente. La Presidenta afirmó que los homicidios dolosos disminuyeron 51 por ciento desde el inicio de su gobierno. La tendencia descendente existe y constituye una buena noticia. Pero el porcentaje se obtiene escogiendo como punto de partida septiembre de 2024 y comparándolo con un mes, julio de 2026. Lo que se hizo es que se seleccionó el dato más favorable -un mes- para presentarlo como contraste aunque una medición medianamente seria refleje avances menos espectaculares. 

      ¿Significa eso que no disminuyeron los homicidios? Evidentemente no. Significa algo más interesante: que una realidad favorable puede hacerse todavía más favorable seleccionando cuidadosamente el ángulo desde el cual se fotografía.

      Algo semejante ocurre con otros pasajes. El Informe habla de los avances laborales -que son reales- mientras el país mantiene a más de la mitad de su población ocupada en la informalidad -pero eso no se dice-. Presume disminuciones del costo en una canasta seleccionada de productos, aunque verificaciones independientes muestran una realidad bastante menos plausible del costo de la canasta básica. Recordé un fragmento de un monólogo de Enrique Pinti, por ahí de 1985 en donde criticaba con ácida ironía a las medidas económicas de la Argentina: "bajaron los rubíes, subió la leche, sacamos un promedio y salimos tablas". 

      Aquí comparto otra idea: tan importante como aquello que se dice es aquello sobre lo que se guarda silencio.

      No hubo una referencia específica a la crisis general de desapariciones, pese a que el registro nacional acumula más de 130 mil personas desaparecidas. Tampoco ocupó un lugar proporcional a su gravedad la violencia contra periodistas. La ausencia no significa que el gobierno carezca de políticas sobre esos problemas pero revela algo sobre las prioridades de la narración pronunciada ante el país.

      Es aquí donde se encuentra la diferencia entre informar y rendir cuentas.

      Durante años se ha consolidado la idea que los informes, como ejercicios de comunicación política -o propaganda, la mayoría de las veces- son ejercicios de rendición de cuentas. Lamentablemente se equivocan, por mucho.

      El problema de quien vive con una constante necesidad de vaticinar eficacia gubernamental pierde de vista que hay una razón estrictamente política para evitar la tentación de fabricar realidades demasiado perfectas: las narrativas funcionan mientras conservan alguna correspondencia con la experiencia de quienes las escuchan. De quienes vivimos la realidad. 

      Convencer a una persona de que la economía creció resulta bastante más difícil cuando cada visita al supermercado o a la gasolinera le sugiere lo contrario. Exhibir estadísticas descendentes de homicidios no va a ser tan efectivo frente a una familia que busca a un desaparecido.

      Hasta donde sé, la realidad posee la desagradable costumbre de no leer boletines de prensa.

      Por eso las narrativas demasiado artificiosas suelen regresar, tarde o temprano, contra quienes las construyen. Cuando la distancia entre el relato oficial y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande se pierde credibilidad. Y ese es uno de los capitales más difíciles de reconstruir en política. 

      Ése es el problema de creer que gobernar es narrar. La comunicación política puede escoger las luces, acomodar el escenario y encontrar el mejor ángulo. Lo único que no puede hacer es ocultar a la realidad que siempre pide salir en la foto.

      La caminera

      El Tren Maya no descarrila: hace "paradas técnicas sorpresa" mientras quema 5,013 millones de pesos en el primer semestre de 2026 y acumula 14,104 millones en pérdidas desde su arranque. En el segundo trimestre ingresó 117 millones contra 985 de costos -un déficit de 867 millones que ni el Mundial 2026 logró disimular-, y encima, el 31 de agosto, el último vagón decidió "bajarse antes" en Campeche, evacuando a 123 pasajeros en lo que ya parece rutina. Y nadie hace nada, dirían los clásicos.

      X. @marcoivanvargas