Eclipse
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La noticia de la muerte de Bonnie Tyler me llevó a mis años de adolescencia. Hay artistas que no acompañan una época, sino que se confunden con ella. Uno no los recuerda como datos de una discografía, sino como parte de aquellas épocas en que el mundo se extendía frente a nosotros y la incierta travesía al futuro adulto apenas daba señales de acercarse en el calendario.
Para muchos de nosotros, los ochenta no fueron únicamente una década, fueron una educación de vida hecha de radio, videocaseteras, moda desenfadada, portadas brillantes, canciones en inglés que entendíamos a medias y, sin embargo, comprendíamos por completo. Entonces la música no era archivo ni catálogo disponible, era una irrupción en todos los momentos de nuestros días. Sonaba en todas partes, en la radio, en una fiesta, en una película, y por eso dejaba marcas más hondas, tan hondas que hoy escuchamos aquella canción de entonces y la piel se eriza con cierta melancolía.
En aquella década, Bonnie Tyler tuvo una voz irrepetible. No cantaba desde la perfección pulida, sino desde una grieta. Su voz parecía venir de una garganta que ya había perdido algo y, por eso mismo, podía cantar la pérdida sin adornarla demasiado.
Total Eclipse of the Heart pertenece a esa categoría extraña de canciones que no se limitan a gustarnos. Nos adoptan. Uno puede escucharla como una balada monumental, como una pieza teatral, como un exceso típico de los ochenta; pero, si la deja entrar, descubre algo más hondo, un tanto inexplicable.
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La canción tiene una arquitectura emocional admirable. Empieza con una súplica mínima, volverse. No pide una explicación, no exige una sentencia, no reclama justicia. Pide una mirada. Y acaso eso sea lo más humano del amor; antes que respuestas, buscamos que alguien gire hacia nosotros y confirme que seguimos ahí. En esa petición se mezclan soledad, cansancio, miedo, deseo y memoria
El video, por su parte, convirtió esa emoción en un sueño gótico. Bonnie Tyler aparece en un internado sombrío, rodeada de jóvenes, pasillos, coros, luces imposibles, ojos que brillan como si la mirada tuviera un origen sobrenatural. No es un relato que pueda contarse con lógica. Es una pesadilla elegante sobre el deseo, la juventud, la pérdida y el encierro. La canción habla de oscuridad y el video construye un edificio para habitarla.
Siempre me impresionó esa combinación de una voz áspera cantando una vulnerabilidad enorme, dentro de una ambientación casi victoriana, excesiva y estética. Allí está buena parte de su misterio. El amor no aparece como postal luminosa de San Valentín, sino como una fuerza que alumbra y oscurece al mismo tiempo. Un eclipse no destruye el sol, solo lo cubre.
Esa es la dolorosa metáfora. Hay luz, pero algo se interpone, hay amor, pero ya no alcanza para ver con claridad. Tal vez por eso esta canción sobrevive, no porque sea perfecta, sino porque es verdadera en su desmedida dureza. Quien ha vivido lo suficiente sabe que hay afectos que no se recuerdan con serenidad, más bien se recuerdan como habitaciones cerradas, como llamadas que no llegaron, como noches en que la música dijo mejor que nosotros lo que no sabíamos decir.
Bonnie Tyler se va, pero deja esa voz suspendida en una zona íntima de nuestra memoria. Para quienes crecimos con aquella canción como parte de la banda sonora de nuestra vida, su muerte no cancela nada. Al contrario, vuelve a encender los recuerdos de una cada vez más lejana edad que se nos planta de frente cuando uno escucha de nuevo esos acordes y regresa, aunque sea por unos minutos, a la juventud que fue, a la ciudad que caminamos, a la primera idea del amor, al primer presentimiento de la pérdida.
Hay canciones que envejecen, otras nos envejecen a nosotros. Unas pocas, muy pocas, permanecen como una lámpara en la oscuridad. Total Eclipse of the Heart es una de ellas. Hoy, no despedimos a Bonnie Tyler, despedimos una parte de los ochenta que todavía nos mira desde nuestros recuerdos.
X: @jchessal




