Confesemos (2)
Resumen
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Preguntas y respuestas
Mis dos columnas anteriores dieron entrada a esta serie sobre conocencias y vivencias en décadas anteriores, que busca derivar cierta información de posible interés para ustedes, amables lectores y lectoras. También intento extraer algunas dosis de reflexión y entretenimiento.
Sigamos pues, con estos recuentos que quedan para los historiadores.
* VOY, DE NUEVO, CON LAS personas que estaré recordando en la serie.
Hoy les contaré un poco sobre José Córdoba Montoya, que algunos podrán identificar como el asesor más cercano al Presidente Carlos Salinas: su "mano derecha" por 13 años —se dice— y "el segundo hombre más poderoso e influyente" en casi todo ese relevante gobierno, entre 1988 y parte de 1994. Pocos funcionarios han resultado tan misteriosos y controvertidos en la esfera pública o política, y yo ofrezco aquí esta viñeta a partir de mi relación personal.
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No pocos lo han considerado un personaje siniestro y muchos de los funcionarios que yo veía lo criticaban o tenían con él una mala relación, incluido mi jefe. Traté al famoso Pepe en un período y es el funcionario más inteligente que conocí en mi vida, aparte de que conmigo fue muy cordial y amistoso.
Me invitaba a comer a excelentes restaurantes cuando él estaba en la Secretaría de Programación, ya muy cerca del secretario Salinas como su asesor y director general, y un servidor en la Secretaría del Trabajo como coordinador general. Disfrutaba yo cada reunión, además de que resultaban lecciones de economía, sobre todo laboral (mi chamba en ese entonces).
Luego no lo seguí viendo, en parte para evitar algún recelo. Sólo me enteraba yo de sus notables éxitos con CSG en materia comercial (TLC) o social (programa Solidaridad). Fue un gran Jefe de Oficina de la Presidencia y generó envidias a pesar de su discreción.
Temido y odiado por algunos, para mí era un tipazo brillante, sencillo y afectuoso. Hacia el final del sexenio se vio asediado por rumores e insinuaciones, cuando el gobierno afrontó graves problemas (asesinato de Colosio...) y una sucesión difícil, que llevó a su amigo Ernesto Zedillo a la Presidencia.
Dejó el gobierno y fue nombrado representante de México ante el BID en Washington, DC, para más adelante dedicarse acá a actividades privadas.
Miren, eligió ser mexicano por naturalización. Y considero que se distinguió en el servicio a nuestro país.
* OTRA ANÉCDOTA: MI FEA vivencia con el terremoto del 19 de septiembre de 1985 en la ciudad de México, que duró dos minutos desde las 7:19 a.m. con una magnitud de 8.1 grados Richter; el epicentro fue frente a las costas de Michoacán.
A este escribano la sacudida lo tumbó de la cama, o no sé si alcancé a levantarme y al segundo paso preferí el suelo. Lo que más me sobresaltó fue el ruidazo de los cables de la luz y el teléfono en mi calle de Coyoacán. Sin más que objetos caídos en la habitación, pensé en mis hijos que se habían ido poco antes a la escuela, y empezamos a buscarlos.
A Gaby no la habían dejado todavía y ya no la admitían porque estaba inundada su escuela, y por Carlos Emiliano hubo que regresar a recogerlo. Ese día y el 20 fueron de asimilar algunos datos y destrozos, aunque en la misma ciudad no nos dimos cuenta de todo hasta semanas después.
La mayor réplica (7.1 grados), al anochecer del día siguiente, fue aún más aterradora que el sismo del 19, pues en las últimas 36 horas habíamos estado viendo en la televisión edificios que se colapsaron con sus ocupantes, incluido el de la Secretaría donde empezamos ese sexenio, antes de cambiarnos al que estábamos.
En este caso estaba yo en una reunión en el piso más alto de la STPS en las faldas del Ajusco, con el secretario Arsenio Farell, el subsecretario Lozoya y otros funcionarios. Se sintió fuerte allí y los cuadritos en las paredes se mecían con estruendo. Una directora gritaba "Señoor, señoor..." (no sabía yo si el que está en los cielos, o el señor secretario que presidía en la mesa de juntas).
Éste se mantuvo muy sereno y nadie se movió hasta que, al terminar el sismo, dijo: "Ahora sí, podemos bajar con calma las escaleras"; ese eterno minuto yo había pensado "Tengo unos treinta años menos que él y no soy tan fuerte ni maduro... sólo quiero vivir un poco más".
Entonces bajé tan rápido como pude, rebasando en las curvas a algunos pensionados que venían de otra sala en ese piso. De mi grupo fui el primero en llegar al nivel de la calle, todavía alterado y casi sin respiración.
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