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Dialogar con el otro

Por Marco Iván Vargas Cuéllar

Octubre 09, 2025 03:00 a.m.

A

Algo está mal en nuestro país. Tenemos elecciones regulares, alternancia posible y universo mediático vasto, pero la esfera pública cada vez más pobre en su capacidad de dialogar y deliberar ¿se ha dado cuenta?.

La política, para respirar, necesita diálogo: interlocutores que se escuchan, contrastan diagnósticos y negocian soluciones. Cuando el intercambio se sustituye por monólogos polarizantes de alta estridencia, la conversación cívica se encoge y con ella la calidad de las decisiones que nos afectan. El resultado es un espacio secuestrado por pocos, más atento a reafirmar banderas políticas que a resolver problemas. Recuperar la dialéctica -el arte de argumentar con el otro, no contra el otro- es hoy una cuestión de salud institucional.

No es sólo la frecuencia ni la duración de las conferencias presidenciales; es el mecanismo. Desde hace un buen tiempo he sostenido que las conferencias matutinas inauguraron y consolidaron un modelo de comunicación directa que fija temas, tiempos y marcos. En la disciplina de las Políticas Públicas nos encanta hablar de la teoría del “agenda setting” que explica bien el fenómeno: quien decide de qué se habla, condiciona cómo se piensa lo público. 

Piense en el ejemplo que le resulte más familiar. Si a un asunto se le concede más espacio y repetición, gana centralidad; si se excluye, se invisibiliza. En esa simple traslación de relevancia -de lo que quiere el emisor a lo que le importa el público- reside un poder formidable. En la práctica, las mañaneras han funcionado como plataforma de protagonismo presidencial, etiquetado de adversarios y creación de segmentos hechos a la medida que ordenan el consumo político del día. Y los medios de comunicación -incluso aquellos que se caracterizan por ser críticos del régimen en el poder- terminan cayendo en el juego. Como en el tenis, el volleyball o el dominó -para los más avezados-, el jugador que lleva el saque obliga al contrincante a responder el juego que ha propuesto, y no otro.

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El mensaje es claro: el gobierno habla primero, más y sobre lo que quiere; los demás, si acaso, reaccionan.

Frente a esa máquina, la oposición ha sido, sobre todo, reactiva. Sin un relato propio ha quedado atrapada en el marco del adversario: discute en su idioma, en su cancha y a su ritmo. El resultado es un discurso espejo: tardío, moralizante, poco anclado en diagnósticos contundentes y sin traducciones prácticas para la vida cotidiana. Para salir de este pantano se necesita más que denuncia: diagnóstico propio, gramática propia y oferta creíble.

Las consecuencias están a la vista y las pagamos todos. Cuando el intercambio se reduce a consignas y respuestas estridentes, la deliberación se degrada. Lo observamos en campañas que privilegian la ocurrencia sobre la propuesta, en debates televisivos convertidos en espectáculo y en tribunas parlamentarias donde el argumento se convierte en una rara excepción. 

A la par, la polarización se consolida: identidades políticas más rígidas, incentivos para humillar al rival y ciudadanía expuesta a marcos morales simplificadores -nosotros los buenos contra ustedes los malos- que clausuran la conversación posible. Esa dinámica enfermiza y -perdón- deliberada, ha erosionado la calidad de las decisiones públicas.

Este clima es perfecto para que florezcan los campos de la manipulación retórica: si falta información plural, si el formato no premia el contraste y si los actores rehúyen a debatir con seriedad, el populismo -de cualquier color- encuentra terreno fértil. La democracia se vuelve, entonces, un sistema de votaciones frecuentes, de mayorías que se imponen y de conversaciones pobres.

La caminera

Los informes de gobierno dicen más por aquello que callan.

x. @marcoivanvargas