In-D: Un mundial musicalmente desabrido

Durante décadas, las canciones de los mundiales han tenido una misión mucho más compleja que sonar bien: debían convertirse en memoria, debían clavarse en el inconsciente colectivo. No en simple fondo musical, sino en una llave emocional capaz de abrir, años después, una puerta exacta hacia un gol, una derrota, una tarde de calor frente al televisor o un festejo improvisado en la calle. La Copa de la Vida no es solo una canción: es Francia 98 comprimido en tres minutos. Waka Waka no es pop africano: es Sudáfrica, vuvuzelas, color, infancia colectiva. Incluso las canciones más discutibles lograron algo esencial: darle identidad al torneo.
Desire, el himno oficial de la FIFA para el Mundial 2026, parte desde otro lugar. No es una mala canción. Conviene decirlo desde el inicio, con claridad quirúrgica: está bien producida, bien cantada, bien orquestada. Robbie Williams y Laura Pausini dejan claro que traen un largo camino musical recorrido. La melodía es limpia, la estructura sólida, la intención épica evidente. El problema no es musical. El problema es de naturaleza, de especie, de ecosistema.
Porque el fútbol no es solemne. El fútbol es ruido. Es roce. Es carrera. Es error. Es sudor. Es choque. Es celebración torpe. Es rabia. Es velocidad. Y Desire pertenece a otro universo: el de la ceremonia, el protocolo, el acto oficial con alfombra roja y cámaras lentas. Si esto fuera un campeonato mundial de patinaje artístico o una gala olímpica de nado sincronizado, el himno sería perfecto. Pero el fútbol no patina: se barre. No flota: se cae. No coreografía: improvisa.
Ahí aparece el primer desajuste serio: adecuación. Una canción puede ser buena y, aun así, no ser la canción correcta. En el fútbol, esa diferencia es fatal. El Mundial 2026 no es un torneo cualquiera. Es el más grande de la historia: tres países, 48 selecciones, cientos de ciudades involucradas directa o indirectamente, un fenómeno cultural sin precedentes en Norteamérica. México, Estados Unidos y Canadá conforman uno de los territorios musicales más diversos del planeta. Rock, hip-hop, jazz, country, electrónica, regional mexicano, afrobeat, pop latino, folk canadiense, corridos, R&B, rap, música indígena, gospel, funk, blues. Un mapa sonoro inagotable. Un patrimonio cultural listo para ser convertido en identidad futbolera.
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Pero la FIFA opta por un himno europeo, solemne, contenido, pulcro. Un himno que podría acompañar indistintamente una inauguración de museo, una ceremonia de premios o una campaña institucional. Un himno que no huele a estadio.
Es verdad: los himnos anteriores habían caído en un cierto cliché carnavalesco. Silbatos, colores, ritmos tribales genéricos, alegría prefabricada. Waka Waka funcionó porque lo hizo primero. Después vinieron imitaciones. La fórmula se agotó. Pero entre el carnaval automático y la solemnidad institucional había un territorio vastísimo por explorar: la diversidad real de Norteamérica. No hacía falta regresar a los cascabeles y coreografías. Bastaba entender el contexto. Bastaba escuchar el continente.
Comparar Desire con La Copa de la Vida es cruel pero inevitable. Ricky Martin cantaba con urgencia, con cuerpo, con respiración agitada. Era una canción escrita para correr, no para desfilar. Compararla con Waka Waka revela otra diferencia clave: aquella canción, más allá de su colorido, tenía una virtud esencial: era coreable. Podía ser cantada por un niño, por un borracho, por un estadio entero sin pensar. Desire no se canta: se escucha.
Hay otro elemento que agrava la sensación de desconexión: el video oficial. "Desafortunado" es un adjetivo amable para describirlo. Totalmente generado por inteligencia artificial, el clip renuncia a cualquier contacto con la realidad física del fútbol. No hay estadio, no hay sudor, no hay gesto humano reconocible. Todo es limpio, simétrico, perfecto. Y, por lo mismo, vacío y frío.
Durante años, los videos mundialistas fueron pequeñas cápsulas documentales: jugadores reales, canchas reales, multitudes reales, imperfecciones reales. Hoy tenemos un desfile digital de figuras irreales moviéndose en escenarios que no existen. El resultado no es futurista: es estéril. No emociona ni deja huella.
No es casual. La elección estética de Desire responde a una FIFA cada vez más corporativa, más institucional, más obsesionada con el control de su imagen que con la construcción de cultura popular. El fútbol como espectáculo premium. El Mundial como evento de marca. El himno como logotipo sonoro.
Hoy, Desire cumple su función institucional sin fallar. Sonará en ceremonias, videos oficiales, actos protocolares. Hará exactamente lo que la FIFA necesita que haga. Lo que probablemente no hará es acompañarnos dentro de veinte años cuando alguien mencione "el Mundial de 2026". No será la llave de ningún recuerdo. No abrirá ninguna escena. Y ese, tratándose de un himno mundialista, es un fracaso silencioso.
Porque el problema no es que la canción sea mala. El problema es que el fútbol no la necesita así. El fútbol necesita canciones que corran, que choquen, que se equivoquen, que suden. No himnos que caminen despacio por la alfombra roja. En el torneo más grande de la historia, con el territorio musical más rico del planeta, la FIFA eligió una canción totalmente fuera de sintonía.
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