Certamen caduco
Lo ocurrido en el concurso internacional Miss Universo el pasado fin de semana, que culminó con la coronación de la representante mexicana Fátima Bosch, provoca la necesidad de efectuar un breve análisis respecto de lo que representa este tipo de cértamenes en pleno siglo XXI y también desde luego las aristas políticas y económicas que mueven los hilos de tan trascendente evento.
De inicio no se puede dejar de cuestionar, ¿cuál es el propósito esencial de un concurso de belleza organizado por empresarios -varones en su mayoría- y en el que concursan sólo mujeres?, la respuesta inercial, sería que su finalidad es mostrar al mundo un prototipo estético (occidentalizado) del género femenino, al menos eso es lo que encontramos al investigar un poco en la historia del certamen Miss Universo, encontrando que data del año 1926, interrumpido por la segunda guerra mundial y retomado hasta 1952, este concurso era patrocinado en aquel entonces principalmente por una marca de trajes de baño, y sí, adivinó Usted, hacía posar a las concursantes envueltas en su marca de bañadores, convirtiéndo esa pasarela en una etapa més del certamen. Casi cuatro décadas después el concurso fue adquirirdo por el mismísimo Donald Trump y su empresa lo controló de 1996 y hasta 2015, luego de algunos años de copropiedad entre consorcios televisivos, en 2022, el grupo tailandés JKN Global Group adquirió los derechos del certamen y convirtió a Anne Jakkaphon, una mujer transgénero, en su propietaria, llevando el concurso por primera vez fuera de los Estados Unidos.
Sin embargo, luego del triunfo de la concursante mexicana Fatima Bosch, vinieron una serie de investigaciones periodísticas que revelaron fuentes como Latinus, que ahora hay algún prominente empresario mexicano inserto en la compañía que organiza Miss Universo, lo cual no tendría ningún problema si no es porque de acuerdo a las citadas investigaciones, en este último certamen hubo conflicto de interés -por decir lo menos-, y este escándalo alcanzó al padre y familiares de la ganadora.
De modo que, con independencia del ahora cuestionado triunfo de la tabasqueña y todo lo que se está ventilando en torno a lo acontecido en y durante todo el certamen, es válido comenzar a preguntarnos: En el contexto de una lucha inacabada por la reivindicación de los derechos de las mujeres, ¿es necesario para el mundo, tener un certamen con las características que hemos visto tiene Miss Universo?.
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Hay datos duros que señalan por ejemplo que más de 500 millones de personas en todo el planeta ven el certamen en vivo y en directo, lo que denota que el negocio es altamente rentable, la pregunta es ¿para quién? ¿quién o quienes se benefician de un concurso que, vedadamente cosifica a las participantes? Y tan lo hace que la ganadora se convierte en algo así como: “Reina universal de belleza”, título que la convierte en la imagen principal de la compañía y muda su residencia a la ciudad de Nueva York, el tiempo que dure su reinado.
Luego entonces, se trata de un concurso donde ganar significa mucho más que llevar un año corona de diseñador y un cetro, a la usanza de los viejos reinos europeos.
Si a todo lo anterior le añadimos el ingrediente político, tanto para quien organiza como para el gobierno del país de la ganadora, tenemos -por si algo faltaba-, un tópico más para la suspicacia, para ese peculiar olor a corrupción que se ha vuelto tan común en México, y no sólo en el México del ahora.
Es probable entonces amable lector, que en los próximos días sigamos escuchando más sobre el tema, lo más lamentable es que en el México de la nueva Miss Universo (“haiga sido como haiga sido” dixt Felipe Calderón), eso no cambia un ápice la tragedia que día tras día vivimos como país.
Excelente inicio de semana.
Los leo en la red social pública de Facebook: Jorge Andrés.










