COP 30
Hay ciudades que entran al mapa como un punto remoto, casi anecdótico, y hay otras que lo hacen como un recordatorio histórico. Belém, allá en la boca amazónica, pertenece a la segunda categoría. Este lunes recibió la COP30 y, con ello, el peso simbólico de una humanidad que parece debatirse entre la lucidez científica y la necedad política, entre el anhelo de futuro y el retorno al pasado fósil. Es una ironía casi literaria que la sede de la mayor cumbre climática del planeta se coloque justo encima de una selva que lleva décadas resistiendo incendios, invasiones y discursos negacionistas.
La reunión llega en el peor momento del multilateralismo ambiental desde aquel lejano Acuerdo de París que prometía un nuevo amanecer. Diez años después, más que amanecer, nos encontramos frente a un crepúsculo inquietante: nunca habíamos tenido tanta capacidad técnica para desplazar a los combustibles fósiles, y nunca había habido tanta resistencia política para hacerlo. Los números, los informes, los estudios están allí —claros, precisos, rotundos—, pero la voluntad gubernamental parece condenada a la ambigüedad, esa zona cómoda donde todo se promete y poco se transforma.
Brasil simboliza bien esa contradicción. A días del inicio de la COP, su gobierno autorizó la exploración petrolera en el delta amazónico. La misma administración que presume la restauración ambiental de la Amazonia abre la puerta a más hidrocarburos en pleno siglo de la emergencia climática. Y, sin embargo, Lula da Silva pronunció en la inauguración un mensaje firme: hay que derrotar a los negacionistas, a la desinformación y a los algoritmos que han convertido la ignorancia en una plataforma política rentable. Su exhorto resonó fuerte, pero su contexto lo debilitó. Es difícil pedirle al mundo que abandone el fósil mientras uno mismo coquetea con él.
Para completar el cuadro surrealista, Estados Unidos —segundo mayor emisor del planeta— decidió no enviar delegación alguna, atrapado en la lógica de un presidente que ha construido una trinchera ideológica contra toda agenda climática. Trump no sólo desmontó regulaciones, sino que convirtió el “perfora, nena, perfora” en una consigna electoral. Un eslogan que sintetiza la profundidad de la crisis: la ciencia no compite contra argumentos, sino contra marketing político.
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El resultado es una carrera hacia el fondo: promesas debilitadas, narrativas falsas convertidas en política pública y un avance global que se frena justo cuando más se necesita acelerar. Se dice que la transición energética es demasiado costosa, pero los datos muestran lo contrario. La energía limpia es hoy la más barata de la historia moderna; las renovables estabilizan los precios, blindan a los hogares frente a los vaivenes del petróleo y fortalecen las redes eléctricas ante los extremos climáticos. Retrasar la transición no protege la economía: la encarece. No reduce la inflación: la agrava. No devuelve empleo: lo desplaza hacia tecnologías que ya no tienen futuro.
Pero no todo está perdido. Estudios recientes revelan que la ciudadanía —en América, Europa y buena parte de Latinoamérica— sigue creyendo en la democracia, en la rendición de cuentas y en la posibilidad de que un liderazgo valiente transforme sus vidas. La gente quiere facturas eléctricas más bajas, empleos dignos, comunidades seguras y aire respirable. Quiere soluciones, no discursos. Las democracias pueden dárselas, y la acción climática es uno de los vehículos más poderosos para hacerlo.
Por eso la COP30, más allá de su diplomacia enredada, tiene un mensaje más profundo: es la primera cumbre climática en años que regresa a una democracia después de haber pasado por regímenes autoritarios. Y ese simple hecho, que podría parecer anecdótico, no lo es. Cuando el despotismo gobierna, la selva arde. Cuando la democracia respira, la selva se recupera.
Si Belém consigue articular ese mensaje —uno que combine ciencia, justicia y prosperidad— esta COP podrá marcar un antes y un después. No por sus discursos, sino por su capacidad de demostrar que la democracia climática funciona. Porque al final, la pregunta no es si el mundo puede salvarse, sino si somos capaces de evitar que quienes lucran con el miedo nos arrebaten el futuro que todavía podemos construir.
Delirium Tremens.- Regular el mal uso de la inteligencia artificial es necesario, urgente y responsable, pero hacerlo desde la sospecha, el castigo y la vaguedad conceptual es exactamente lo que no debe hacerse, porque cualquier regulación seria debe proteger la libertad de expresión, evitar definiciones penales imprecisas, aplicar la última ratio y enfocarse solo en IA de alto riesgo con daño real. Lo demás no es legislar con visión de futuro: es legislar con miedo… y eso sí debería preocuparnos más que la IA misma.
@luisglozano









