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Cuando dirigir mal afecta al negocio

Por Luis Manuel Gil Ojeda

Marzo 21, 2026 03:00 a.m.

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La semana pasada escribí sobre una reflexión que surgió durante mi visita a la Universidad Autónoma de Manizales en Colombia: la enorme calidez humana que se percibe en la vida cotidiana dentro de Colombia, no siempre se refleja dentro de las organizaciones.

Después de ese artículo, recibí varios comentarios de empresarios y directivos que coincidían en algo interesante: muchos saben que existen problemas de liderazgo dentro de sus empresas, pero rara vez se analiza ese tema desde una perspectiva económica y prefieren hacer valer la siguiente frase “Más vale malo por conocido que bueno por conocer”. Como se traduce esto… Pues que prefiero seguir trabajando con el equipo que tengo a arriesgar a perder lo que he alcanzado por cambiar o probar nuevas formas de trabajo.

Y ese es precisamente el punto que hoy vale la pena poner sobre la mesa.

Muchas empresas (especialmente las PYMES) analizan con gran detalle sus costos operativos, la eficiencia de sus procesos, el desempeño de sus ventas o el comportamiento del mercado. Sin embargo, pocas se detienen a medir algo que puede resultar mucho más caro: el impacto del liderazgo en el negocio. A lo largo de mis años de experiencia como consultor me he topado que la mayor parte de los líderes que nos son propietarios de empresas pero que trabajan en negocios familiares tienden a hacer caso a lo que los directores o dueños quieren y no precisamente a implementar lo que es mejor para cada empresa, así que hacen como que liderean cuando realmente están obedeciendo órdenes de los jefes y éstos se quedan tranquilos porque tienen a alguien que hace caso a sus instrucciones o bien se sienten empoderados porque sus líderes llevan a cabo estrategias con las que coinciden.

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Cuando un jefe dirige mal, el problema no se queda en el clima laboral. Empieza a filtrarse silenciosamente en muchas otras áreas de la organización.

Por ejemplo, uno de los primeros efectos es la rotación de talento. Cuando las personas se sienten constantemente desmotivadas, ignoradas o maltratadas, tarde o temprano comienzan a buscar otras oportunidades. Reemplazar talento no es barato. Diversos estudios estiman que sustituir a un colaborador puede costar entre seis y nueve meses de su salario, considerando procesos de reclutamiento, capacitación, curva de aprendizaje y pérdida de productividad.

Otro efecto menos visible es la pérdida de creatividad e iniciativa. En ambientes dominados por el miedo o por la descalificación constante, las personas dejan de proponer ideas. Prefieren cumplir lo mínimo necesario para evitar conflictos. La innovación desaparece poco a poco, no porque la gente no tenga ideas, sino porque el entorno no invita a compartirlas.

Lo interesante es que muchos líderes siguen creyendo que la dureza extrema es una forma efectiva de dirigir. Todavía sobreviven frases como “si no aprietas, no te respetan” o “aquí venimos a trabajar, no a hacer amigos”. El problema es que esas ideas pertenecen a modelos de gestión del siglo pasado.

Las nuevas generaciones de profesionales tienen expectativas diferentes. Buscan entornos donde exista respeto, aprendizaje y sentido en el trabajo. Cuando no encuentran esas condiciones, simplemente se van. Hoy el talento tiene más opciones y menos tolerancia a culturas organizacionales tóxicas.

Esto conecta directamente con algo que he observado a lo largo de muchos años de trabajo con empresas: cuando las personas pierden sentido en su trabajo, rara vez es solo por exceso de tareas. Por eso cada vez más empresas en el mundo están comenzando a medir algo que antes parecía intangible: la calidad del liderazgo.

Dirigir bien no significa ser complaciente ni reducir la exigencia. Significa entender que el respeto y la dignidad no son concesiones emocionales, sino condiciones estratégicas para construir organizaciones más productivas.

Las empresas suelen preocuparse mucho por los errores financieros o por las fallas operativas. Sin embargo, uno de los errores más costosos suele pasar desapercibido: el impacto de un mal liderazgo.

Porque cuando dirigir se convierte en imponer, descalificar o intimidar, el daño no solo lo resienten las personas. También lo termina pagando el negocio.