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In-D: La pared de siempre

Por Daniel Tristán

Septiembre 02, 2026 02:24 p.m.

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In-D: La pared de siempre
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Resumen

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      En 1961, un joven compositor llamado Willie Nelson escribió una canción sobre un hombre que había perdido al amor de su vida. No gritaba, no rompía cosas, no salía a beber para olvidar. Simplemente deambulaba por las habitaciones de su casa hablándole a las paredes, al techo y a las ventanas. "Hello Walls" era una escena de una tristeza casi absurda: un hombre tan solo que terminaba conversando con los ladrillos de su propia casa.

      Hello walls...

      How'd things go for you today?

      Don't you miss her

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      Since she up and walked away?

      Sesenta y cinco años después, Willie Nelson sigue aquí. Es un anciano de noventa y tantos años que fuma marihuana con la misma naturalidad con la que toca la guitarra y canta country. Para muchos jóvenes es apenas un nombre que alguna vez escucharon mencionar; pocos conocen la dimensión de su legado como compositor. Sin embargo, aquel viejo de trenzas alguna vez fue ese joven con el corazón roto que entendió que la soledad podía representarse mejor hablando con una pared.

      La música, como la historia, es un péndulo. Va y viene. Cambian los instrumentos, los peinados, la tecnología y los formatos, pero hay emociones que regresan una y otra vez con distintos disfraces.

      Entonces podemos hacer uso de la imaginación. Recurso que, afortunadamente, sigue siendo gratuito. Nos subimos a una máquina del tiempo, dejamos atrás el polvoriento suelo texano de Willie Nelson y abrimos los ojos treinta y ocho años después de "Hello Walls". Es 1999, estamos en el aún Distrito Federal. El concreto y el acero nos rodean. El smog irrita nuestros ojos. Moenia está en la cima del éxito y recién publicó el álbum "Adición". El disco abre con un temazo titulado "Quisiera adivinar".

      Entre el sonido pastoso de Nelson y el pop oscuro de Moenia parece haber una brecha generacional, cultural y sonora enorme. El country estadounidense de los sesenta y el synth pop mexicano de finales del siglo XX parecían pertenecer a universos incompatibles. Distintos países, distintos idiomas, distintas generaciones y distintas formas de entender la música. Sin embargo, ambas canciones terminaban contando exactamente la misma historia.

      El protagonista de "Quisiera Adivinar" también deambula, al igual que Willie, por las habitaciones de su casa. El amor se ha ido, pero dejó su presencia impregnada en cada rincón. La ausencia ocupa espacio. La casa deja de ser un hogar para convertirse en un museo de recuerdos donde cada habitación parece conservar un pedazo de quien ya no está.

      En cada cuarto aún tu risa está escondida.

      Las cosas a mi alrededor me hablan de aquellos días.

      En cada cuarto aún tu risa está escondida

      Pero quiero adivinar que no me has olvidado...

      Willie Nelson le hablaba a las paredes; Moenia caminaba entre ellas intentando adivinar si del otro lado aún existía rastro del amor perdido. Dos composiciones separadas por casi cuatro décadas, miles de kilómetros y géneros musicales completamente distintos llegaron al mismo destino: la soledad.

      Entonces el péndulo volvió a moverse.

      Viajamos a 2026. Un mundo globalizado, hiperconectado, acelerado y caótico por naturaleza. Hoy los jóvenes siguen escribiendo sobre ansiedad, depresión, incertidumbre, agotamiento emocional y salud mental. Billie Eilish convirtió la vulnerabilidad en el centro de canciones como "Everything I wanted"; Twenty One Pilots ha retratado el conflicto interno en temas como "Next Semester"; Ren hizo de "Hi Ren" un diálogo con su propia mente; Olivia Rodrigo explora el desgaste emocional en "Making The Bed"; Gracie Abrams ha construido buena parte de su obra alrededor de la soledad y la inseguridad. Ya no resulta extraño escuchar a un artista hablar abiertamente de terapia, ataques de ansiedad o autoestima.

      No es casualidad. UNICEF ha señalado que la salud mental figura entre las principales preocupaciones de la Generación Z. Esa inquietud también encontró refugio en la música. Cada generación termina escribiendo sobre aquello que más le duele. Casualmente, a pesar del paso de las décadas, los dolores de la juventud siguen siendo muy parecidos.

      Por eso sería un error pensar que los jóvenes de hoy cantan cosas completamente distintas a las que cantaban Willie Nelson o Moenia. Lo que cambió no fue la herida. Cambió el lenguaje para describirla. La música sigue siendo ese péndulo que viaja de una época a otra recordándonos que hay sentimientos incapaces de envejecer. En 1961 un joven le hablaba a las paredes de su casa. En 1999 otro recorría rincones de un hogar donde todavía habitaba el fantasma de la memoria. En 2026 millones de jóvenes siguen teniendo esa misma conversación silenciosa hablándole a una pared.

      Solo que la pared ya no está hecha de concreto. La pared en la que los jóvenes están vaciando su sentimiento de angustia y soledad está hecha de vidrio, silicio y millones de píxeles. Hoy, ya no importa si se está en casa, en la escuela, en un café o en un parque. Cuando la soledad aprieta, muchos ya no le hablan a la ventana, ni al techo, ni a las paredes de su habitación. Le hablan a una pantalla. Esperan que del otro lado aparezca un mensaje, una notificación, una respuesta que rompa el silencio.

      La industria musical mutó. La escenografía cambió. La conversación sigue siendo la misma. La pared de siempre sigue ahí.

      dnltrstn@gmail.com