In-D: Un cuarto de siglo cabe en un disco

Resumen
Destacados
Preguntas y respuestas
Hay una noticia que, dependiendo de la edad del lector, puede provocar una sonrisa o un pequeño infarto existencial: muchos de los discos que marcaron el 2001 están cumpliendo veinticinco años. Sí, un cuarto de siglo.
Is This It de The Strokes, Toxicity de System of a Down, Lateralus de Tool, Origin of Symmetry de Muse, Amnesiac de Radiohead, Take Off Your Pants and Jacket de Blink-182, Songs in A Minor de Alicia Keys... Basta leer la lista para que el cerebro responda automáticamente: "Pero si esos discos salieron hace poquito". No. Salieron hace veinticinco años. El tiempo pasa y no perdona.
Quizá lo más extraño no sea la edad de los discos, sino la nuestra. Porque quienes crecimos con esa música pertenecemos a una generación muy particular. Nos tocó vivir el último gran ritual físico de la industria musical. Antes de que un algoritmo decidiera qué escucharíamos, había que salir de casa. Había que caminar entre estantes repletos de portadas, leer los créditos, revisar el librillo, comparar precios y, sobre todo, enfrentarse a la incertidumbre.
Recuerdo aquellas estaciones con audífonos instaladas en las tiendas de discos. Elegías un álbum, te colocabas los audífonos y escuchabas algunos fragmentos. Eran apenas unos minutos para decidir si ese disco merecía una parte importante de tu presupuesto de estudiante. No existía Spotify. No había listas infinitas ni millones de canciones en el bolsillo. Comprar un álbum era casi un acto de fe.
¡Sigue nuestro canal de WhatsApp para más noticias! Únete aquí
Y precisamente por eso cada disco terminaba convirtiéndose en parte de la vida de uno. Nos aprendíamos el orden de las canciones. Sabíamos exactamente en qué momento comenzaba el solo de guitarra o cuándo entraba el coro. Abríamos el folleto una y otra vez para leer las letras mientras sonaba el CD. Incluso había discos que ya tenían rayones tan perfectamente memorizados que uno esperaba el pequeño salto de la canción como si fuera parte del arreglo original.
La música no era desechable porque acceder a ella tampoco lo era. Hoy la industria es irreconocible. La música dejó de venderse como objeto para convertirse en un servicio. Ya no acumulamos discos; acumulamos playlists. Ya no esperamos meses el lanzamiento de un álbum; muchas veces consumimos sencillos que desaparecen del radar en cuestión de semanas. Nunca había sido tan fácil escuchar música... y quizá nunca había sido tan difícil detenernos realmente a escucharla.
Hay otro momento que me hizo sentir el verdadero peso de estos veinticinco años. Hace unos días sonó Blink-182 en una estación de radio dedicada a los clásicos. Luego apareció System of a Down. Después Muse.
Clásicos.
Durante unos segundos pensé que el programador se había equivocado. Después entendí que el equivocado era yo. Para quienes hoy tienen veinte años, esas canciones pertenecen a un pasado tan lejano como para mí lo eran Queen, Creedence o Led Zeppelin cuando era adolescente. Nosotros no dejamos de sentirlas contemporáneas; simplemente el tiempo siguió avanzando sin pedirnos permiso. Y, sin embargo, lejos de producirme tristeza, la idea terminó provocándome una enorme gratitud. Nos tocó crecer justo en la frontera entre dos mundos. Alcanzamos a comprar discos, grabar compilaciones en CD, esperar videoclips en MTV y discutir cuál era la mejor canción de un álbum completo. Pero también vimos nacer la música digital, el iPod, las descargas, el streaming y la inteligencia artificial.
Somos, probablemente, la última generación que entiende con la misma naturalidad el placer de colocar un disco en un reproductor y la comodidad de tener toda la música del mundo en un teléfono. Tal vez por eso estos veinticinco años pesan tanto.
No porque nos hagan sentir viejos, sino porque nos recuerdan la enorme cantidad de historia que hemos tenido el privilegio de vivir. Los discos envejecieron. La industria cambió. Nosotros también.
Pero basta que suenen los primeros acordes de cualquiera de aquellos álbumes para descubrir que hay algo que sigue exactamente igual: la persona que fuimos durante esos cuatro minutos todavía vive en alguna parte de nosotros, esperando que alguien vuelva a presionar "play".










