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Loa a la lectura

Por José Ramón Jiménez Martínez

Septiembre 16, 2026 03:00 a.m.

A

A mi amado “Melesio”

A fuerza de ser cursi, en el preámbulo de la temporada de huracanes-políticos oficializada por el INE en días previos, me alcanza la intención de retomar la noticia - ya vieja; apenas unos días después de haber sido del dominio público y hoy olvidada ante la vorágine de sucesos noticiosos que los medios de comunicación ponen a nuestra disposición – de los resultados que la evaluación de PISA ha expuesto sobre nuestro país.

El tema no es nuevo, sino reiterativo: en México se lee poco y se lee mal.

Algunos argumentos que pretenden justificar nuestro perfil social de lectores deficientes, utilizan el actual paradigma de la Era Digital para establecer una relación simple de causa-efecto, algo así como: “la proliferación de medios digitales inhibe la lectura”.

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Pareciera tan evidente que sea así, pero no lo es. Baste darle una revisada a la historia de la lectura en nuestro país para darnos cuenta que el fenómeno en cuestión no es nuevo.

Valga decir que, desde mi lugar de ciudadano de a pie, no pretendo sostener una teoría objetiva sobre nuestra limitación social por leer; lo que aquí pretendo es sumar una opinión más en favor de leer.

En este afán de opinar favorablemente sobre la lectura, considero la regla argumentativa de no pretender llevar lo particular a una generalización, sino de proponer la nada novedosa experiencia particular como referencia.

En este marco, comento: leí “Las aventuras de Tom Sawyer” a los seis años por puro gusto, fue la primera lectura que realicé de mutuo propio. Pero, hay que decirlo, la obra estaba en casa, no salí a buscarla. Me motivó las lecturas que mi padre ya me había regalado como: “Moby Dick, la ballena azul”, “La vuelta al mundo en 80 días”, “El árbol de los mil frutos” (de su autoría), entre otras obras.

Esto es, leí y leo por gusto (sin pretender que sea yo un buen lector, ni un gran lector) y, esa parte es la que deseo rescatar: si en la lectura no hay placer, inquietud personal; no me alcanza a creer que puede imponerse por una ley de gobierno a través de planes de estudio. ¿Puede influirse desde la Educación Pública?, sí, sí lo creo, pero los hábitos se sostienen en y desde lo profundo de cada ser, lejos de prácticas eventuales, contingentes.

Escribió F. Hölderlin: “quien piensa lo más hondo, ama lo más vivo” y, tal frase la asocio a  esa experiencia profunda de que alguien lea para nosotros temas atractivos y despierte ese deseo posterior de leer por uno mismo, para sí. Esa experiencia de la infancia se revitaliza en el transcurso de la vida como una experiencia tan grata que se busca repetir. 

Sin embargo, seamos sinceros, en nuestras casas no hay libros, ni tiempo, ni disposición para hacer de la lectura una experiencia de vida. La lectura es, en nuestra sociedad, una obligación de escuela y/o, a lo más, un medio para el éxito social. 

Aun así, nos sorprendemos cuando nos vemos en el espejo; como lo es el caso de los resultados de la reciente evaluación.  Nos enfadamos y echamos culpas.

Hoy, como ocurrió en 1975, cuando en el gobierno de Luis Echeverría Álvarez se desarrolló la reforma a los Libros de Texto Gratuitos, se genera una gran polémica social al respecto. Así, del mismo modo como lo señaló entonces Octavio Paz (Revista Plural No. 42): “A muy pocos de los que se han ocupado en la prensa de este asunto les interesa realmente la cultura de México; lo que quieren, unos y otros, es apoderarse de las conciencias, reclutar partidarios, ganar futuros militantes y feligreses”.

Utilizar nuestra limitación social como lectores en argumento político, no resolverá nuestra limitación; quizá nos permita sentir menos culpa o no sentir culpa, o echarle la culpa a otros pero, reconozcamos al menos, que el imperio de la desinformación descansa, precisamente, en nuestro perfil. Que utilizamos este perfil en las letras chiquitas de los contratos, de las garantías, de la información pública para favorecernos a costa de los no lectores.

Escribió Antoine de Saint-Exupéry en El Principito: Todas las personas mayores fueron [fuimos] al principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerdan.

Y, como otros más, Octavio Paz agregó: A los niños les gusta que les cuenten, en verso o en prosa, sucesos heroicos o mágicos, humorísticos o fantásticos. 

joseramonuhm@hotmail.com