Siete años y un “disculpe usted”
La semana pasada, Ulises y Gerardo, mejor conocidos como los payasitos, cruzaron la puerta del penal de Neza Bordo y volvieron a ser libres. Habían pasado siete años en prisión.
Siete años por una acusación que la Fiscalía nunca pudo sostener con las pruebas necesarias para demostrar su culpabilidad.
Gerardo tenía una pequeña empresa de payasos. Ulises se subía al transporte público a hacer reír a la gente a cambio de algunas monedas. Dos hombres de familia y de trabajo que un día salieron de su casa sin imaginar que pasarían los siguientes siete años tratando de demostrar algo que nunca debió haber sido su responsabilidad demostrar: que no eran culpables.
Cuando uno conoce el expediente entiende la dimensión de lo ocurrido. La Fiscalía mostró fotografías de Ulises y Gerardo a las víctimas antes de que declararan en juicio. Después, esas mismas personas tuvieron que reconocer a quienes supuestamente habían cometido el delito.
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¿Cómo confiar plenamente en un reconocimiento después de haberle enseñado a una víctima la fotografía de la persona que la propia autoridad ya decidió que es culpable?
Para mí esto va mucho más allá de la “duda razonable”.
Habla de una Fiscalía capaz de enamorarse de su propia hipótesis y después intentar hacer que toda la evidencia quepa dentro de ella. En lugar de permitir que las pruebas la conduzcan hacia la verdad, se construye una verdad y después se buscan pruebas para sostenerla.
Una Fiscalía no está para demostrar que tenía razón. Está para investigar. Y cuando deja de preguntarse “¿qué pasó?” y empieza a preguntarse “¿cómo demuestro que fueron ellos?”, todos estamos en peligro.
En este caso hubo testimonios contradictorios, reconocimientos contaminados y un policía que no había presenciado los hechos. Incluso el padre de la víctima reconoció que no conocía las características de quienes habían cometido el delito y que detuvo a Ulises y Gerardo únicamente porque iban vestidos de payasos.
Mientras todo esto ocurría dentro del expediente, afuera Ulises y Gerardo ya estaban condenados. Sus fotografías circularon en los medios y rápidamente fueron bautizados como “los payasitos secuestradores”. La sociedad hizo lo que tantas veces hacemos: juzgó primero y preguntó después. Para cuando pudieron defenderse frente a un juez, ya habían sido juzgados frente a millones de personas.
Desde Proyecto Inocencia, una iniciativa de Penitencia en alianza con La Cana, asumimos su defensa hace más de dos años. Cuando supe que finalmente habían concedido el amparo liso y llano no pude contener el llanto. Fue una lucha agotadora, desesperante y, por momentos, casi imposible.
Y entonces entendí que incluso celebrar su libertad tiene algo profundamente doloroso. Porque ¿qué celebras cuando el Estado te devuelve algo que nunca debió quitarte? ¿Cómo se reparan siete años? No se reparan. No existe un “disculpe usted” capaz de regresar el crecimiento de tus hijos.
La presunción de inocencia no es una frase bonita escrita en nuestra Constitución. Es el muro que debería existir entre cualquier ciudadano y el enorme poder que tiene el Estado para quitarte la libertad. Cuando ese muro se rompe, cualquiera puede caer.
Por eso el caso de los payasitos no puede terminar con una fotografía abrazando a sus familias afuera del penal. Tenemos que preguntarnos cuántos más siguen adentro.
@saskianino
(Presidenta de Reinserta)
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