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DESPUÉS DEL PASTELAZO

Por cale agundis

Febrero 14, 2026 03:00 a.m.

A
DESPUÉS DEL PASTELAZO

Aveces creemos que perder a alguien es un castigo, una señal de abandono o una injusticia imposible de comprender. Sin embargo, no siempre se trata de que Dios nos arrebate a quienes amamos, sino de que nos concede el valor de mirar sin vendas. Durante mucho tiempo caminamos aferrados a una imagen idealizada, a palabras que queríamos creer y a promesas que sosteníamos con más esperanza que certeza. Vivíamos cómodos en esa ilusión, convencidos de que todo era tan perfecto como deseábamos.

Pero llega el momento en que la verdad se impone. No lo hace con suavidad; interrumpe como un golpe inesperado, como un pastelazo directo al rostro que nos despierta del sueño. Duele. Arde en el orgullo, en el corazón y en los recuerdos. Nos sentimos confundidos, traicionados, incluso enojados con Dios por permitir semejante sacudida. Sin embargo, detrás de ese impacto se esconde un acto profundo de amor. Porque ver la realidad, aunque duela, nos libera. Nos permite reconocer lo que ignorábamos, aceptar lo que negábamos y comprender lo que antes justificábamos. Las vendas caen y, con ellas, también caen las fantasías que nos mantenían atados a una versión incompleta de la verdad. Entonces entendemos que no era pérdida, sino revelación; no era abandono, sino protección.

Dios no siempre aparta personas de nuestro camino; a veces simplemente ilumina lo que estaba oculto. Y en esa luz, por intensa que parezca, encontramos crecimiento. Aprendemos a amar con mayor sabiduría, a confiar con discernimiento y a valorarnos lo suficiente como para no conformarnos con menos de lo que merecemos. La verdad puede doler, pero también sana. A veces la pérdida no es castigo, sino protección. A veces el adiós no es fracaso, sino dirección. Y aunque la verdad duela al principio, con el tiempo entendemos que era la llave que necesitábamos para liberarnos. Dios no quita por capricho; aparta, revela y transforma con propósito. Y en ese proceso descubrimos que merecemos relaciones claras, amores sinceros y caminos donde nuestra paz no tenga que negociarse.

Porque la luz no llega para herirnos… llega para enseñarnos a florecer. 

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