In-D: La libertad de expresión... hasta aquí

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Fuerte, contundente y lapidaria es esa frase que los gobiernos, las empresas y hasta las democracias modernas repiten con orgullo: "Aquí hay libertad de expresión." Suena magnífica. Reconforta. Hace pensar que cualquiera puede decir lo que quiera sin miedo. Pero basta rascar un poco la pintura para descubrir la letra chiquita: eres libre de expresarte... siempre y cuando no cruces cierta línea. Dicho de manera coloquial: Usted tiene prohibido salirse del huacal.
Entonces, si existe una línea que alguien más dibuja, ¿qué tan libres somos realmente?
La censura casi nunca llega anunciándose como censura. Se presenta con mejores modales. Dice venir a proteger a los niños, preservar la moral, combatir la desinformación, cuidar la seguridad nacional o defender los valores de la sociedad. Cambian las palabras, cambian las épocas, cambian los protagonistas. El mecanismo, sin embargo, sigue siendo exactamente el mismo: alguien decide qué ideas son aceptables y cuáles deben permanecer fuera del alcance del público.
La industria musical conoce esa historia mejor que nadie. Cada generación ha tenido su propio villano musical. El jazz fue acusado de corromper las costumbres. El rock and roll fue señalado como la banda sonora de la rebeldía juvenil. El punk fue tratado como una amenaza social. El rap fue responsabilizado por la violencia. El metal fue relacionado con el satanismo. Pareciera que, para algunos sectores, el verdadero problema nunca ha sido un género en particular, sino cualquier expresión artística que resulte incómoda.
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Uno de los casos más fascinantes ocurrió en Estados Unidos durante la década de los ochenta. En 1985 nació el PMRC (Parents Music Resource Center) impulsado por un grupo de figuras políticamente influyentes encabezadas por Tipper Gore. Su objetivo era advertir a los padres sobre canciones con contenido sexual, violento o relacionado con drogas. Elaboraron una lista que pasó a la historia como los Filthy Fifteen, quince canciones consideradas especialmente ofensivas.
Ahí convivían artistas tan distintos como Prince, Madonna, Twisted Sister, Judas Priest, AC/DC, W.A.S.P. o Mötley Crüe. No eran quince canciones elegidas por su calidad musical ni por su éxito comercial. Eran quince ejemplos destinados a demostrar que la música popular se había convertido en un problema moral. Lo interesante no fue únicamente la lista, sino la reacción.
Hubo audiencias en el Senado estadounidense. Músicos como Frank Zappa, Dee Snider y John Denver comparecieron para defender la libertad artística. Paradójicamente, uno de los discursos más contundentes en favor de la libertad de expresión no lo pronunció un político ni un jurista, sino el vocalista de una banda de metal, explicando por qué permitir que el gobierno o grupos de presión clasificaran el arte era abrir una puerta peligrosa.
El resultado terminó siendo profundamente irónico. Las campañas para advertir sobre aquellos discos lograron exactamente lo contrario de lo que buscaban.
Porque existe un fenómeno psicológico imposible de ignorar: cuando alguien nos dice que no debemos escuchar algo, inmediatamente queremos escucharlo.
El famoso sello Parental Advisory, pensado como advertencia, terminó convirtiéndose en un distintivo de autenticidad. Para millones de adolescentes era prácticamente una recomendación de compra. Si llevaba esa etiqueta, debía contener algo suficientemente poderoso como para incomodar a los adultos.
La censura había creado la mejor campaña publicitaria imaginable. Y esa paradoja sigue viva. Cada vez que un libro es retirado de una biblioteca, aumenta la curiosidad por leerlo. Si una película es prohibida, crece el interés por verla. Cada vez que una canción es vetada, las reproducciones suelen dispararse. Y es que prohibir una idea rara vez consigue eliminarla. Por el contrario, lo único que consigue es volverla más atractiva.
Eso no significa que toda expresión artística sea inteligente, valiosa o moralmente ejemplar. Hay canciones vulgares. Hay películas mediocres. Hay libros francamente malos. Pero permitir que alguien decida cuáles merecen existir es infinitamente más peligroso que soportar una obra de mal gusto.
La libertad de expresión nunca se pone a prueba cuando todos estamos de acuerdo. Se pone a prueba cuando aparece alguien diciendo algo que nos incomoda profundamente. Es muy fácil defender la libertad de quien piensa igual que nosotros. Lo difícil es defender el derecho de hablar de quien sostiene exactamente lo contrario.
Vivimos convencidos de que somos más libres que nunca. Tenemos plataformas digitales, redes sociales y un acceso a la información que habría parecido ciencia ficción hace apenas unas décadas. Sin embargo, las fronteras siguen ahí. Algunas son legales. Otras son económicas. Muchas son culturales. Y casi todas vienen acompañadas de una explicación aparentemente razonable.
La cuestión no es dónde empieza la censura. La verdadera pregunta es quién sostiene el lápiz con el que se dibuja la línea. Porque una vez que aceptamos que alguien puede decidir qué palabras pueden pronunciarse, qué canciones pueden escucharse o qué ideas pueden circular, la libertad deja de ser un derecho. Se convierte en un permiso. Y los permisos, por definición, siempre pueden ser revocados.











