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La otra pobreza

Por Marco Iván Vargas Cuéllar

Noviembre 06, 2025 03:00 a.m.

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Hace un par de días, la jefa de gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada, presentó los resultados del modelo de Medición Integrada de la Pobreza en la Ciudad de México. El guion ya le es conocido: nuestros programas disminuyeron la pobreza extrema, cada vez menos personas viven en situación de pobreza y un largo etcétera. Sobre los programas públicos de esos a los que llaman “sociales” y su impacto en la calidad de vida de las personas hablaremos en otra entrega. 

Hoy me interesa poner a su consideración una dimensión que se asomó en el debate público y que, sin embargo, sigue condicionando silenciosamente la vida urbana: la “pobreza de tiempo”.

La idea es sencilla y al mismo tiempo reveladora: no hablamos de dinero, sino de horas. La pobreza de tiempo se entiende como la falta de tiempo libre discrecional después de cubrir lo inevitable —dormir y cuidarse—, lo comprometido —el trabajo doméstico y de cuidados— y lo remunerado —el empleo. Si al final del día no quedan horas para descansar, atender la salud, convivir, aprender o participar en la comunidad, entonces hay privación, y esa privación también es pobreza. 

El Consejo de Evaluación de la Ciudad de México ha sugerido como referencia que una persona entre 18 y 69 años debiera disponer de unas cuarenta y cuatro horas semanales de tiempo libre. Para millones, esa cifra sigue siendo una aspiración (puro wishful thinking, decía mi directora de tesis doctoral)..

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Un rasgo claro de esta condición es su rostro de género. La distribución social del cuidado sigue recayendo de manera desproporcionada en las mujeres. Son ellas quienes dedican muchas más horas al trabajo doméstico y de cuidados, suelen tener trayectorias laborales más cortas o intermitentes y, al sumar ambas cargas, completan jornadas totales más largas. El estado civil, la maternidad y la presencia de personas dependientes en el hogar profundizan esta diferencia.

Mire cómo viven (vivimos) millones de personas en nuestro país: la combinación de horarios rígidos, trayectos interminables, servicios públicos distantes convierte la semana en una carrera de obstáculos donde siempre falta aire.

Las consecuencias se sienten en el cuerpo, en la familia y en las relaciones sociales. La pobreza de tiempo deteriora la salud mental y física, alimenta el estrés crónico, reduce las horas de sueño, empobrece la vida cultural, aplaza estudios, desalienta el ejercicio, hace más difícil cualquier proyecto de movilidad social e incluso limita o imposibilita la participación ciudadana en democracia (¿a qué hora nos vamos a ocupar de eso?). Cuando, además, se cruza con la pobreza de ingresos, la trampa se vuelve doble: ni dinero suficiente ni horas disponibles para acudir a un servicio de salud (que parece demandar tiempo completo), completar un trámite (obligaciones que impone un gobierno en horas hábiles) o tomar un curso que mejore el empleo. El derecho al descanso, reconocido como derecho humano, se convierte en privilegio.

En las ciudades los políticos tienden a reducir el problema a movilidad: si bajamos tiempos de traslado, liberaremos horas. Es una parte importante de la ecuación. Un transporte público confiable, seguro y frecuente; la cercanía de servicios; calles caminables; información en tiempo real, todo suma. Pero la pobreza de tiempo no se agota en la ingeniería del tráfico (otro wishful thinking para las ciudades de nuestro país). Es, sobre todo, un problema de organización social del cuidado, de cultura laboral y de infraestructura pública. Requiere discutir si a un gobierno le alcanza, para empezar, en la autoconcepción de sus propias capacidades, para asumir la rectoría de las políticas que permiten incidir todos los factores que limitan el tiempo que las personas tienen para dedicarse a sí mismas: una política de sistema de cuidados, de cargas laborales, de distribución, acceso y calidad de los servicios públicos, de movilidad, de acceso a bienes culturales y de esparcimiento. Siga con la lista.

Para que el tema se convierta en política pública efectiva, hace falta ordenar tres cosas. Primero, medir de manera consistente. Mientras convivan metodologías distintas sin una línea clara, será difícil monitorear avances y ajustar diseños. Segundo, incorporar el tiempo como variable de éxito en los programas: no solo cuánto ingresa un hogar, sino cuánto tiempo recupera para cuidarse, educarse o participar. Tercero, reconocer la diversidad de contextos: no es lo mismo vivir en una colonia bien servida de la ciudad que en la periferia o en el ámbito rural; no pesan igual las cargas en hogares indígenas, en jefaturas monoparentales o en familias cuidadoras de personas con dependencia severa. La interseccionalidad no es un adorno conceptual: es la condición para que las intervenciones funcionen.

El desafío es pasar de nombrar la pobreza de tiempo a reorganizar la vida urbana y laboral para devolver a las personas su recurso más valioso. No se trata de movernos más rápido por la ciudad, sino de vivir mejor en ella. 

La caminera

El asesinato de Carlos Manzo ha exhibido, una vez más, la pequeñez política de quienes desvían la discusión sobre lo que es realmente importante para centrarse en ataques y defensas. Es repugnante.