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Ellas bailan solas

Por Yolanda Camacho Zapata

Octubre 13, 2026 03:00 a.m.

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      Comenzaré esta entrega con una frase que inmediatamente remitirá a usted, lectora, lector querido, a pensar que acá su servilleta pertenece a épocas virreinales. Y bueno, no tanto, pero más o menos: "Allá en mis tiempos...".  Si, allá en mis tiempos las cosas eran distintas. Hace 35 años yo tenía quince y, como se debe hacer en aquella época, fui a un montón de fiestas de XV años. La verdad no las recuerdo con mucho gusto que digamos, porque, en primera, nunca he sido muy fiestera, y en segundo, aquello representaba una pequeña tortura. Como buena adolescente en esos años no estaba a gusto con mi cuerpo y había que vestirse y arreglarse para la ocasión, cosa que nunca se me ha dado bien. Comenzaba el tradicional vals, iniciando con la quinceañera con su papá, luego los tíos, primos y finalmente los niños asignados o no a tal tarea. 

      Después, el evento podía convertirse en algo estresante. Una se sentaba ahí, en manada con las amigas y al momento de empezar el baile, llegaba el crucial momento de esperar que algún niño nos sacara a bailar. Era una cosa muy ritualista: enfrente, en el grupo de los niños, una bolita empezaba a aventar hacia nosotras a un niño que ya le tenía en ojo echado a alguna niña. Luego, el chavito en cuestión se armaba de valor, tomaba aire y decididamente caminaba hacia alguna de nosotras. Entonces, le pedía bailar a la chica elegida (si, pedir, así tipo "¿Bailamos?"), quien decía casi siempre que sí y ahí mismo se rompía esa barrera invisible que separaba hombres de mujeres y la pista se llenaba de parejas inseguras bailando como buenamente cada quien podía.  Hasta ahí, todo bien, pero, ¿qué pasaba con las niñas que nadie sacaba a bailar? El momento podía rondar entre la humillación y la búsqueda de un hoyo profundo para meterse y no salir. Se necesitaba tener un ego muy pero muy sano para no sentir la omisión como rechazo y, créanme, a los quince, eso no es fácil de lograr.  Luego, no quedaba de  otra mas que bailar en grupito con otras niñas como último recurso. Yo nunca he sido guapa ni popular y para acabarla en esos años me parecía a un pollo a medio estirar. Tampoco crea que nadie nunca me sacó a bailar, pero, francamente, recuerdo más las veces que tuve que bailar con mis amigas. Énfasis en el "tuve que". 

      Este sábado fuimos a una fiesta de XV años. Hace un montón que no iba a uno de esos eventos y salí con un inesperado buen sabor de boca. Verán, todo comenzó al momento del tradicional vals. La festejada bailó, como manda la tradición, con su papá y sus tíos. Y luego con sus tías. Y sus primas. Así, bailar-bailar, en pareja, llevando el paso y todo. Y luego, me di cuenta de que había una larga fila de chavitas, amigas de la festejada, esperando turno para bailar con la cumpleañera. Todas bailaron llenas de risas, abrazos, prolongándole el momento a su amiga. Luego, se volcaron a la pista ellas solas, sin esperar a nadie, dando de brincos con sus vestidos de coctel y sus comodísimos tenis que muchas luego abandonaron para bailar descalzas. Era evidente que se la pasaron bomba. No crean que era una fiesta de puras niñas, no, había un buen grupo de chavitos, unos bailaban, otros no, pero ya no eran indispensables como hace 35 años para que una niña pudiera divertirse. Ellas bailaban solas. Y yo, desde el pasado y desde el presente, las aplaudo.