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Familia y escuela Capítulo 293: Consumo cultural

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Noviembre 26, 2025 03:00 a.m.

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A pesar del origen no encumbrado del término “cultura”, en la actualidad es un elemento que es tomado en cuenta de manera relevante como una categoría que agrupa una diversidad enorme de usos y significados.

Cultura viene del latín “cultus” que a su vez se deriva hacia “colere” que significa cuidado, cultivo, labor agrícola; en efecto, el origen de esta palabra proviene del trabajo campesino y su cosecha; posteriormente y siguiendo la inquietud de saber si se podría cultivar algo diferente a productos agrícolas, por ejemplo, el cuidado, fomento o cultivo de las facultades humanas, se instauraron los primeros lugares dedicados para tal fin, es decir, las primeras escuelas.

La palabra: escuela, proviene del griego scholé, que originalmente significaba ocio o tiempo libre; en efecto, el estar sentado en algún lugar escuchando a alguien a quien se consideraba con conocimientos superiores a manera de un maestro, era, para la época, verdaderamente ocioso, sobre todo considerando que las demás personas se encontraban ocupadas realizando labores verdaderamente importantes como la agricultura, ganadería y toda la lista de actividades cotidianas que eran necesariamente impostergables.

De hecho, a pesar de que la actividad educativa, tal como lo comento, era considerada ociosa, ahora al pasar del tiempo todavía existen bastantes actitudes que prevalecen de la misma manera, puesto que existen alumnos y maestros que, en efecto, la realizan a la perfección.

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Al paso del tiempo, después de cultivar facultades humanas a través de sembrar conocimientos, habilidades, actitudes y aspectos técnicos y teóricos, se fue extendiendo su uso hacia todas las producciones resultado del quehacer humano, es decir, hacia todas las actividades, costumbres, creaciones artísticas, lenguaje, música, utensilios, vestuario y, en fin, toda la producción realizada por los hombres.

Es entonces que encontramos: cultura material e intangible; cultura de la salud, de la música, del vestuario, las tradiciones y costumbres, culinaria, religiosa, recreativa y en general de todo lo producido por el ser humano; se incluye también tendencias y movimientos con aspectos de cultura hegemónica, de masas y por supuesto los movimientos de ruptura con la contracultura.

Es cuando ocurre también el comienzo de ubicar niveles culturales acorde con clases sociales y de élite, provocando la aparición del vocablo: “inculto”, aplicado a aquellos que no tuvieron preparación académica, término que de hecho existe porque se nombra pero que en la realidad no hay personas incultas, sino con cultura diferente.

Lo anterior confiere a las instituciones escolares la encomienda de generar, promover e inculcar todos los elementos culturales en las personas, sin embargo, no es del todo cierto puesto que su creación, difusión y apropiación se da en todos los espacios de interacción social, teniendo como lugar primordial el ámbito familiar, seguido de todos los medios de comunicación, contenidos esparcidos en los espacios virtuales y redes sociales.

En medio de toda esta vorágine de significados, contenidos y usos que desata el trayecto histórico de la palabra cultura, tenemos al fenómeno del consumo cultural, el cual se encuentra identificado como esos procesos de apropiación y uso de productos culturales, donde el valor simbólico es prioritario. Incluye tanto las prácticas tradicionales como las nuevas, como asistir a museos, conciertos o leer libros, así como las más modernas, que se apoyan en la tecnología para consumir contenido digital y compartir experiencias en redes sociales. 

Desde luego que este tipo de consumo se ve impactado por factores como la educación y la accesibilidad económica, el lugar de residencia, el tipo de familia, la disponibilidad de servicios digitales, la oferta que se tenga de espectáculos y lugares de difusión de contenidos audiovisuales; todos ellos influyen en las posibilidades de acceso y participación en estas actividades.

Para el caso del consumo cultural que se efectúa en los hogares, además del fomento y reproducción de costumbres y valores, ha habido una evolución importante entre lecturas de libros y revistas, medios audiovisuales que fluctúan entre la radio y la televisión, y ahora toda la gama de medios digitales disponibles con la difusión de contenidos en plataformas de streaming y toda la variedad de elaboración y transmisión de contenidos en redes sociales.

En los planteles escolares se ha sufrido una evolución similar, con la salvedad de que, aunque existen los libros de texto en versiones digitales, aún con todo ello, no han desaparecido los materiales impresos para el uso diario y en las bibliotecas de aula.

En donde se ha efectuado una gran reforma en la manera de enseñar y con ello, la difusión para el consumo cultural, ha sido en la irrupción de los diseños instruccionales, los cuales han venido a revolucionar la forma de difundir conocimientos mediante medios virtuales y los métodos de enseñanza a distancia, bien sea mediante la conducción de un docente o sencillamente sin él, de manera autogestiva, únicamente siguiendo instrucciones.

En cuanto a la calidad del consumo cultural que se lleva a cabo en los diferentes escenarios, modalidades y grupos sociales tenemos que, toda proporción guardada, resulta como el consumo de alimentos, el cual puede ser muy bueno, sano, nutritivo y provechoso, como puede serlo de manera nefasta, perjudicial y con la ingesta de alimentos chatarra.

Es así que tenemos consumo cultural con un alto aporte de conocimientos, habilidades y actitudes provechosas y benéficas para el desarrollo social y personal de quienes lo llevan a cabo, pero también encontramos un consumo que daña y perturba emocionalmente, influyendo en un desarrollo insalubre de las condiciones humanas en sociedad.

Muestra de lo anterior lo encontramos en la lectura de un buen libro, película, obra de teatro o en contenidos musicales o audiovisuales que nutren de manera benéfica a quienes lo consumen; caso contrario, los contenidos que fruto de la explotación del morbo, conducen a consumir productos que alteran e influyen emocionalmente e impulsan la adquisición y práctica de conductas poco saludables, incluso, hasta de atentar sobre la propia vida.

El consumo cultural sano, lo mismo que una buena alimentación, se refleja en la estabilidad y estilo de vida que provoca un equilibrio en las personas, familias, grupos escolares y sociales; por tanto, debiera ser una encomienda y objetivo a lograr desde familias, escuelas y todos los medios de comunicación, incluyendo plataformas digitales y redes sociales. 

Comentarios: gibarra@uaslp.mx