Chim, chim, chimenea
Bien sabe usted, lectora, lector querido, que soy miembro distinguida del Club Scrooge, no tanto por los que las fiestas navideñas implican, sino por toda la innecesaria mercadotecnia que traen consigo y el sentido de obligación oprimente de “tener que” regalar cosas, “tener que” reunirte con gente que todo el año evitaste, “tener que” estar alegre, “tener que” ser optimista para el año que entra. Y agregue usted lo que quiera después de la frase “tener que”. No crea usted que tengo aversión a las obligaciones, que son esas a las que se antepone estas dos palabras, sino que más bien me parece preocupante cómo la concentración de todos estos deberes acaba quitándole el gozo a la época que, nos han contado, debe ser la más dichosa del año.
Platicaba en uno de esos encuentros casuales, con una mujer que con absoluta claridad sabe que los años que le quedan, son pocos. No es que ande buscando morirse, pero sabe que, a cierta edad, uno tiene más pasado que futuro. Eso parece no molestarle, ni asustarle; ha encontrado más bien, la manera de hacer paz con lo inevitable. Al inicio, me preguntó por una serie de pasos para lograr un trámite que necesitaba, pero luego fuimos agarrando confianza y, bajo pretexto de chulear unos adornos navideños que teníamos enfrente, platicamos sobre estas épocas. Yo le decía que estaban lejos de ser mis favoritas, pero que entiendo que el encanto que tiene para muchas personas. Ella sonrió con una cara que reconocí inmediatamente como esa de “pobre mujer, le fata tanto por aprender”, así que, con risa, pregunté “¿Qué?” y entonces dijo que, al paso de los años, había aprendido a no darle mayor importancia a un montón de cosas, incluyendo la navidad. Pero, me dijo, hay que cuidarse de no acabar siendo recalcitrante opositora de aquello que a nuestro juicio, pareciera completamente insulso. Que había aprendido a decir sí a un montón de cosas, incluyendo tarugadas como ponerse uno de esos suéteres feos navideños (el suyo, me contó, tenía una borla roja en medio, que era la nariz de un reno) o a comer esa cosa aberrante que se llama pizza hawaiana (no se por qué lo dijo, pero me dio mucha risa) y a dejar pasar las cosas.
Luego, ya entrados en gasto, me dijo que a mi edad, le hubiera gustado que alguien le dijera que no se tomara las cosas tan en serio, porque nada es en realidad tan importante. Me dijo también que comiera sanamente, que evitar grasas, lácteos y harinas porque al rato pagan factura. Que hiciera ejercicio, lo que fuera, pero constante. Que aceptara sin pelearme que habría cosas que dejaría de hacer por la edad y que eso estaba bien, porque significaba que había tenido la suerte de llegar, y que vería que muchos no lo harían. Me dijo también que mantuviera la mente ágil, estimulada y que siempre procurara aprender nuevas cosas, que eso me haría bien a su edad. Me dijo que no me aislara, que buscara tener siempre amigos, amigas, familia y una red siempre de apoyo, algunos con quien gritar, quejarse y reírse. Me dijo que si yo había sido de las afortunadas en encontrar el amor, que me aferrara a él y que lo alimentara y valorara, porque no todo mundo tuvo la misma suerte. Y que viviera bien, sin tanto problema creado por mi cabeza.
Yo estaba en este punto muy conmovida de que una mañana en un pasillo ordinario, orientando sobre un trámite, se hubiera vuelto un momento significativo. Me pasaron las copias de la señora. firmé las certificaciones que necesitaba y le agradecí los consejos. Ella sonrió socarronamente y me dijo: “Nombre, no me lo agradezcas a mí, agradéceselo a Dick Van Dyke. Acabo de leer un articulo en El País, y eso es lo que él dice. Pero tiene sentido, ¿no?” Se dio la vuelta y se fue. Todavía traigo la sonrisa en la boca y sigo cantando “Chim, chim, chimenea”.
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