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México ante el nuevo desorden mundial: entre las reglas y el poder

Por Dr. Louis Valentin Mballa

Septiembre 11, 2026 03:00 a.m.

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En entregas anteriores he sostenido que algunos de los principales desafíos de México provienen de la desinstitucionalización de los procesos de gobernanza y de una política cada vez más atrapada en la urgencia. Hoy quisiera ampliar esa reflexión: la gobernabilidad nacional ya no puede explicarse únicamente mirando hacia dentro. En un mundo crecientemente incierto, muchas de las decisiones que condicionan nuestra capacidad de gobernar se toman fuera de nuestras fronteras. Durante buena parte de las últimas décadas, México aprendió a desenvolverse en un mundo relativamente predecible. Había tratados que reducían la incertidumbre, instituciones multilaterales que ordenaban los conflictos y reglas que, aunque imperfectas, establecían ciertos límites al comportamiento de los Estados. Ese mundo no ha desaparecido por completo, pero está dejando de ser el nuestro.

La pregunta ya no es solamente cómo debe México relacionarse con el mundo, sino cómo puede defender sus intereses en un sistema internacional en el que las reglas pesan cada vez menos y el poder vuelve a pesar cada vez más.

Las guerras, el proteccionismo, las disputas comerciales, la competencia tecnológica, el control de recursos estratégicos y el debilitamiento del multilateralismo anuncian una transformación profunda del orden internacional. La globalización que hizo de la interdependencia una promesa de estabilidad revela ahora su paradoja: aquello que conecta a los países también puede convertirse en instrumento de presión.

México tiene frente a sí el ejemplo más inmediato. Hace unos días, Donald Trump volvió a cuestionar las relaciones comerciales de Estados Unidos con países frente a los cuales mantiene déficits. Más allá de la retórica —habitual en su estilo de negociación—, el mensaje merece atención, porque demuestra hasta qué punto relaciones construidas durante décadas sobre reglas pueden quedar subordinadas a decisiones políticas.

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El problema no es menor. México y Estados Unidos poseen economías profundamente integradas. Automóviles, componentes electrónicos, maquinaria, alimentos y manufacturas cruzan diariamente la frontera como partes de cadenas productivas compartidas. Nuestra vulnerabilidad, por tanto, no radica solamente en cuánto comerciamos con Estados Unidos, sino en cuánto dependemos de que esa relación conserve reglas previsibles. México apostó correctamente por integrarse a América del Norte, pero convirtió paulatinamente esa integración en concentración. En un mundo estable, semejante proximidad constituye una ventaja extraordinaria; en un escenario marcado por la incertidumbre geopolítica, también representa un riesgo estratégico.

El T-MEC deja entonces de ser únicamente un tratado comercial. Se convierte en una prueba de nuestra capacidad para desenvolvernos en un sistema donde los acuerdos internacionales ya no necesariamente eliminan la incertidumbre política. La pregunta estratégica no debería limitarse a si lograremos una negociación favorable, sino a qué estamos haciendo para diversificar mercados, fortalecer el mercado interno, impulsar la innovación, formar capital humano y generar mayor valor agregado.

Pero la geopolítica nunca permanece solamente en las cancillerías. Termina llegando al territorio. Una amenaza arancelaria puede convertirse en una inversión pospuesta; ésta, en empleos que no se generan; la desaceleración económica, en menor recaudación; y ésta, finalmente, en menor capacidad de los gobiernos locales para responder a las demandas ciudadanas. Es ahí donde un problema internacional se transforma en un problema de gobernabilidad.

La reflexión resulta particularmente pertinente cuando México está por entrar formalmente al proceso electoral de 2027, en el que se renovarán la Cámara de Diputados y miles de cargos locales, incluidas 17 gubernaturas. Sería aventurado afirmar que la incertidumbre internacional determinará el voto; pero sería igualmente ingenuo pensar que el empleo, la inversión, el crecimiento y la percepción de estabilidad permanecerán ajenos a las decisiones ciudadanas. Ahí reside una de las grandes paradojas del nuevo desorden mundial: decisiones tomadas fuera de nuestras fronteras pueden terminar alterando la gobernabilidad dentro de ellas y, eventualmente, incidir en la competencia política.

México necesita defender el T-MEC, pero también prepararse para un mundo en el que ningún tratado sustituye una estrategia nacional. La soberanía contemporánea ya no consiste solamente en proclamar independencia frente al exterior, sino en construir capacidades internas que reduzcan nuestra vulnerabilidad frente a decisiones ajenas.

Porque cuando las reglas pierden fuerza y el poder recupera centralidad, la mejor política exterior comienza, paradójicamente, dentro de casa.

Louis.mballa@uaslp.mx