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Un panorama sombrío

Por Alfonso Lastras Martínez

Noviembre 08, 2026 03:00 a.m.

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      Como parte de un programa de investigación de la "Scripps Institution of Oceanography", en San Diego, California, Charles David Keeling inició en 1958 una serie de mediciones que conducirían a uno de los descubrimientos más importantes para comprender el cambio climático. Al analizar la concentración de dióxido de carbono en muestras de aire recolectadas en el Observatorio de Mauna Loa, en la isla de Hawái, Keeling observó que ésta no permanecía constante, sino que variaba a lo largo del año: alcanzaba un máximo alrededor de mayo y descendía hasta un mínimo en septiembre u octubre. Keeling comprendió que estas fluctuaciones estaban relacionadas con la actividad fotosintética de las plantas. Recordemos que, mediante este proceso, las plantas absorben dióxido de carbono de la atmósfera y, utilizando la energía de la luz solar, lo transforman en materia orgánica. Así, las variaciones estacionales de la concentración de dióxido de carbono registradas en Mauna Loa reflejaban los cambios en la actividad fotosintética de la vegetación y ofrecían una imagen de la respiración estacional del planeta.

      Observar cómo la actividad de las plantas modifica la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera es, por supuesto, un fenómeno de suyo impactante. Sin embargo, la verdadera trascendencia de las mediciones de Keeling para comprender el clima del planeta no radicaba únicamente en esta observación, sino en otro resultado que fue descubriendo al analizar sus datos: la concentración promedio de dióxido de carbono aumentaba año tras año. Es decir, además de las oscilaciones estacionales, Keeling encontró una tendencia sostenida al incremento del dióxido de carbono atmosférico, un fenómeno cuyas consecuencias podían ser de gran alcance para el clima del planeta.

      En 1896, el químico sueco Svante Arrhenius señaló la posibilidad de que el incremento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, como consecuencia de la actividad industrial, pudiera modificar el clima del planeta. Sesenta años más tarde, Keeling aportó la evidencia experimental de que dicha concentración estaba aumentando año tras año.

      Keeling continuó acumulando mediciones hasta su muerte, en 2005. Su trabajo ha tenido continuidad gracias a otros investigadores, entre ellos su hijo, Ralph Keeling, quien ha desempeñado un papel fundamental en el seguimiento de estas mediciones. Se cuenta así con un registro prácticamente ininterrumpido de la concentración de dióxido de carbono en Mauna Loa, iniciado en 1958 y que continúa hasta nuestros días. Esta extraordinaria serie de observaciones permite apreciar tanto las oscilaciones estacionales de la concentración de dióxido de carbono como su sostenido incremento a lo largo de las décadas. Y, en consonancia con lo que muestra la curva de Keeling, la temperatura media del planeta también ha experimentado un incremento sostenido, dando lugar al proceso de calentamiento global que caracteriza al cambio climático actual.

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      Más aún, los científicos advierten que el calentamiento global se ha acelerado durante los últimos años. Esta es la conclusión de un artículo publicado el pasado 16 de marzo en la revista "Geophysical Research Letters". Sus autores, Grant Foster y Stefan Rahmstorf, investigadores del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, en Potsdam, Alemania, analizan la evolución de la temperatura global con el propósito de distinguir la influencia de los factores naturales de la tendencia de calentamiento a largo plazo.

      En su artículo, los autores señalan que el ritmo de incremento de la temperatura global se había mantenido relativamente constante durante varias décadas, desde los años setenta. Sin embargo, en tiempos recientes surgió un debate entre los científicos acerca de si el calentamiento global estaba experimentando una aceleración. Determinarlo no es sencillo, debido a las fluctuaciones naturales que se superponen a la tendencia de largo plazo. Para abordar esta cuestión, Foster y Rahmstorf descontaron de los registros de temperatura la influencia estimada de fenómenos como El Niño, las erupciones volcánicas y las variaciones en la actividad solar. Este procedimiento permitió reducir las fluctuaciones naturales de los registros y puso de manifiesto una aceleración estadísticamente significativa del calentamiento global a partir de aproximadamente 2015.

      Los autores advierten que, aunque esta aceleración no resulta inesperada a la luz de los modelos climáticos, constituye un motivo de preocupación y pone de manifiesto lo insuficientes que han sido, hasta ahora, los esfuerzos para frenar y, finalmente, detener el calentamiento global en el marco del Acuerdo de París.

      La conclusión de Foster y Rahmstorf es, sin duda, sombría. Y lo es aún más si consideramos que han transcurrido más de cien años desde que Arrhenius planteara la posibilidad de que el incremento del dióxido de carbono atmosférico, asociado a la actividad industrial, pudiera alterar el clima del planeta, y casi siete décadas desde que Keeling comenzara a aportar las evidencias experimentales de que ese incremento estaba ocurriendo. Hoy, las mediciones acumuladas durante todos estos años muestran que aquella posibilidad, planteada inicialmente como una hipótesis científica, se ha convertido en una realidad cuyas consecuencias estamos comenzando a experimentar.