LAS JÍCARAS

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Llevaba poco más de doce horas sin querer comer, el pobre chiquillo ya ni lloraba, palidecía en serio. Su madre no comprendía el porqué de sus jícaras secas cual si fuera una maldición. El padre lloraba a tientas dándole la espalda al desafortunado evento, desesperado y en angustia. Le habían ofrecido treinta pesos a Petrita por prestar su seno otrora marchito, pero en ese instante en pleno apogeo, según les dijo una vecina, quien fue parte del trato.
Petra sin pensarlo dijo que sí. El pago significaba dos puños de chile, uno de maíz y hasta para unas cuantas menudencias de pollo, no existía pero alguno. La vecina también salió ganona, algún pago equivalente le tocó por el buen consejo y con prisa fue a hacer uso de su nueva fortuna.
De aquella casa salieron expulsados por las ventanas olores jugosos que complacían a las narices que por ahí se asomaban para ver qué se estaba cocinando. No existió el hambre por algunos días.
Petrita tenía seis hijos, cada uno con año de diferencia, la pobre no tenía descanso nunca. Salir de su casa se traducía en un día feriado, por ello aceptó.
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El pequeño no cesaba de llorar, aquel llanto se asemejaba al que emitió el día de su nacimiento, agudo y prolongado, día en el que el seno materno aún lo consolaba con la complicidad láctea en cantidades decentes y reconfortantes. Ahora era diferente. Aunque el pequeño bólido se prendía del pezón cenizo de Petrita, este no lo satisfacía, en seguida se hartaba y rompía en llanto, al tiempo en que este cada vez se volvía más débil, como aquel que clama algo y no lo escuchan.
Dos horas más de nada, solo la espera los acompañaba en ese momento. Los gritos del padre sonaban más a queja que a súplica, pero Petrita no comprendía del todo la situación. No existía un culpable, una maldición había caído en la familia y debían aceptarla. El color blancuzco que se apoderó totalmente del niño asustó a todos.
El padre tomó con sus manos el seno de Petra y lo introdujo a la mala en la boca del hijo moribundo.
Exprimió y exprimió amoratando el pedazo de carne. No funcionó. Tomó el 27 otro y repitió el proceso. Nada. Ni siquiera una miserable gota salió expulsada. Petra apretó los dientes y soltó al chiquillo. Pos estos, si a mí me pagaron los centavos por quitarle el mal de ojo al niño, no pa´ darle teta. ¿No está lactando, Petra? Pos cómo voy a estar lactando si mi marido hace ya tiempo que se jue pal´ otro lado y no me da hijos. Un momento más tarde todo fue calma. El llanto cesó. Fue una misa triste.
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