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In-D: La piratería musical nunca se fue

Por Daniel Tristán

Noviembre 04, 2026 03:47 p.m.

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In-D: La piratería musical nunca se fue
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      Han quedado atrás aquéllos días en que la piratería musical tenía domicilio conocido. Se encontraba en los tianguis, en los puestos ambulantes y en aquellos establecimientos donde podían comprarse discos compactos con portadas fotocopiadas por una fracción de su precio original. Era una industria informal que convivía con las grandes compañías discográficas y que, para millones de personas, representaba una alternativa económica para acceder a la música. Hoy aquellos puestos han perdido buena parte de su protagonismo, pero sería ingenuo suponer que la piratería desapareció junto con ellos. En realidad, simplemente se transformó.

      La reproducción no autorizada de música tiene una historia mucho más larga que internet. Desde la popularización del casete, la posibilidad de copiar grabaciones domésticamente comenzó a desafiar el control de las compañías discográficas sobre sus productos. Posteriormente llegaron los discos compactos grabables y los quemadores domésticos, que permitieron reproducir álbumes completos con una facilidad hasta entonces impensable. En México, los mercados informales se convirtieron en enormes centros de distribución musical, donde podían encontrarse tanto los éxitos comerciales como grabaciones difíciles de conseguir en las tiendas convencionales.

      Sin embargo, la verdadera revolución ocurrió a finales de los noventa con la aparición de Napster. El intercambio de archivos MP3 a través de internet transformó radicalmente las reglas del juego. La música dejó de necesitar un soporte físico para circular y millones de usuarios comenzaron a compartir canciones directamente desde sus computadoras. Lo que antes requería fabricar, transportar y vender un disco ahora podía realizarse mediante una conexión a internet.

      La llegada del iPod en 2001 terminó de consolidar aquella transformación cultural. Por primera vez, una enorme colección musical podía transportarse en el bolsillo. El dispositivo no fue concebido exclusivamente para reproducir archivos ilegales, pero apareció en un momento en que las bibliotecas digitales de procedencia diversa se multiplicaban. La música había dejado de ser un objeto para convertirse en información.

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      Durante años, la industria discográfica combatió aquella revolución mediante demandas, restricciones tecnológicas y campañas contra la piratería. Sin embargo, la solución más eficaz terminó llegando desde otro lugar: la comodidad. Plataformas como Spotify y Apple Music ofrecieron acceso inmediato a millones de canciones mediante suscripciones relativamente accesibles. Para muchos consumidores, buscar archivos ilegales dejó de tener sentido cuando podían escuchar prácticamente cualquier álbum con unos cuantos movimientos del dedo.

      Parecía que la piratería musical había recibido su golpe definitivo. Pero las cifras cuentan una historia diferente. Un informe de la Federación Internacional de la Industria Fonográfica publicado en 2023 encontró que el 29% de los consumidores encuestados utilizaba métodos ilegales o no autorizados para acceder a música. Por su parte, la firma MUSO registró cerca de 14 mil millones de visitas a sitios de piratería musical durante 2024. Aunque el fenómeno ha disminuido, continúa siendo considerable.

      La diferencia es que ahora sus mecanismos resultan menos visibles. Una de las modalidades más extendidas es el stream ripping, que consiste en extraer archivos de audio de contenidos disponibles en plataformas de reproducción en línea sin la autorización correspondiente. También existen aplicaciones modificadas que ofrecen ilegalmente funciones de servicios de pago, páginas de descarga no autorizadas y redes de intercambio de archivos que mantienen viva una práctica que muchos consideraban superada.

      Pero quizá lo más interesante sea que el propio modelo de streaming ha generado nuevas contradicciones. Actualmente, millones de personas pagan mensualmente por escuchar música que, en sentido estricto, no poseen. Sus bibliotecas dependen de contratos comerciales, licencias territoriales y decisiones empresariales. Una grabación puede desaparecer del catálogo, una versión determinada puede ser sustituida y una plataforma puede modificar sus precios o condiciones de uso. La comodidad del acceso ilimitado tiene una contraparte: nuestra relación con la música depende cada vez más de intermediarios digitales.

      Esto no significa que la piratería sea una respuesta legítima ante cualquier inconveniente comercial. La distribución no autorizada puede perjudicar económicamente a músicos, compositores y otros participantes de la industria. Sin embargo, reducir el fenómeno a una simple cuestión de consumidores que no quieren pagar impide comprender sus dimensiones culturales, económicas y tecnológicas.

      Durante décadas, la piratería también funcionó como una vía informal de descubrimiento musical. Muchos aficionados conocieron artistas extranjeros, géneros minoritarios y grabaciones descatalogadas gracias a copias que circulaban fuera de los canales oficiales. Aquella realidad no elimina las implicaciones legales de esas prácticas, pero demuestra que la historia de la piratería también forma parte de la historia de cómo las sociedades han accedido a la cultura.

      Hoy nos encontramos ante una paradoja extraordinaria. Nunca habíamos tenido tanta música disponible de manera legal y, sin embargo, todavía existen personas dispuestas a buscarla por vías no autorizadas. Quizá porque el problema nunca fue exclusivamente el precio de los discos, sino también el deseo de acceder a las grabaciones sin depender de las condiciones impuestas por quienes controlan su distribución.

      La industria musical consiguió transformar nuestros hábitos de consumo, pero no eliminó por completo los incentivos que alimentaron la piratería durante generaciones. Los puestos de discos compactos fueron sustituidos por servidores, aplicaciones y archivos digitales. Desaparecieron las portadas fotocopiadas, los estuches de plástico y los vendedores ambulantes, pero la discusión sobre quién controla el acceso a la música permanece tan vigente como siempre.

      Al final, la piratería musical nunca se fue. Simplemente dejó de venderse sobre una manta extendida en el suelo y aprendió a esconderse detrás de una pantalla. Y mientras la industria siga confundiendo el acceso a la música con su posesión, probablemente continuará encontrando nuevas formas de sobrevivir.