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Una marcha de muchas luchas

Citlally Montaño: Mis ojos cuentan y mis palabras relatan

Por Citlally Montaño

Julio 26, 2026 03:00 a.m.

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Una marcha de muchas luchas
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      ¿Qué enfoque tener? Fue lo primero que pensé de camino a la decimoquinta Marcha LGBTIQ+ de San Luis Potosí. Como fotoperiodista, mi mirada casi siempre parte de alguien más: del reportero que escribe la historia. Yo la acompaño con imágenes. Pero hoy es distinto. Hoy, como las más de quinientas personas que llenan las calles, soy libre de dejar que mis ojos decidan qué contar. Y entonces me pregunto: más allá de lo que veo, ¿qué es lo que estoy sintiendo? Y resulta disruptivo que, como profesional de la lente, sea quien escriba. Es como si el día se tratara también de demostrar, que lo diferente no está mal; porque capturar también es contar.

      Apenas comienza el recorrido y volteo a un costado. Un letrero anuncia el primer contingente de personas con discapacidad LGBTIQ+ fuera de la Ciudad de México. Pienso en todo lo que esa frase contiene; En hombres y mujeres que, además de enfrentarse a los prejuicios que todavía existen hacia las personas de este sector, cargan también con el estigma que muchos siguen imponiendo sobre la diversidad sexual.

      Algunos avanzan en sillas de ruedas decoradas con banderas del arcoíris; otros se apoyan en bastones adornados con listones morados y rosas. Antes de levantar la cámara, ya entendí que esta marcha habla de muchas luchas al mismo tiempo.

      El sonido también cuenta su propia historia. Tambores, silbatos, bocinas de los carros alegóricos, la mezcla de música que se traslapa cada tantos metros. Entre todo ese ruido, de vez en cuando se escucha un grito solitario: un nombre, un "te amo tal como eres", un aplauso que nace de la nada y se contagia. No todo lo que importa en esta marcha cabe en una fotografía, pero intento, aun así, que el encuadre se acerque al sentir.

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      Miro alrededor y todo es una explosión de posibles encuadres. Una familia se abraza. Un grupo de amigas ríe mientras baila. Hay maquillaje, lentejuelas, banderas, botas, sombreros, tacones y alas. Cada persona es una expresión de sí misma. Yo tomo fotografías con una cámara; la mayoría guarda este momento únicamente con sus propios ojos.

      Llegan personas de distintos municipios del estado para unirse a esta ola de colores donde nadie parece juzgar a nadie. Aquí lo artístico se convierte en protesta, la protesta en celebración y la celebración en un recordatorio de que la libertad no debería limitarse a un solo día del año. Los atuendos, la música y el baile son también una forma de decir: aquí estamos. Pero no todo es celebración. Entre las consignas resuenan también mensajes de justicia, exigencias de la comunidad, solicitudes de mayor visibilidad y llamados a impulsar reformas que garanticen plenamente sus derechos. Cada pancarta, cada grito y cada bandera recuerdan que el orgullo también es una forma de resistencia, un acto de rebeldía y de acción política frente a la discriminación y las deudas que aún persisten con la población LGBTIQ+.

      En un punto del recorrido, una mujer mayor se detiene junto a mí. No marcha; observa desde la banqueta con una bandera pequeña entre las manos, apretada contra el pecho. No le pregunto nada, pero su gesto me dice más que cualquier declaración: hay quienes llegan a esta marcha cargando años de silencio, y hoy deciden expresarlo.

      Mientras avanzo descubro algo más. Quienes saludan desde los carros alegóricos, quienes lloran, gritan, ríen o lanzan besos al público quizá están viviendo el único día del año en el que sienten que pueden ser completamente ellos mismos. Para algunas personas puede ser su primera marcha; para otras, una cita que esperan durante meses. Entre vaqueros, personas mayores, lesbianas, hombres homosexuales, personas trans, familias completas y quienes todavía observan desde la banqueta con dudas o miedo, la marcha abre un espacio para imaginar una vida distinta. Quizá alguien encuentre aquí el valor para ser quien es; probablemente una madre o un padre expresen por primera vez su apoyo a un hijo o una hija. Y en algún punto de la multitud, alguien simplemente deja de sentirse solo.

      Sigo fotografiando y aparece otra idea, y con ella una responsabilidad que pesa: quizá las imágenes que estoy haciendo serán el único recuerdo que muchas personas conserven de este día. Ya no quiero capturar únicamente una buena composición o una escena llamativa. Quiero que la fotografía conserve la emoción que estoy sintiendo mientras camino entre ellos, para que quien vuelva a verla recuerde no solo cómo lucía la marcha, sino cómo se sintió estar ahí. Bajo el lente por un instante y me doy cuenta de que llevo más de una hora sin pensar en la técnica: en la apertura, en la velocidad, en el encuadre correcto. Solo he estado viendo.

      Porque asistir también es una forma de luchar. Caminar también es una forma de exigir. Sonreír sin miedo también puede convertirse en un acto político.

      La decimoquinta Marcha LGBTIQ+ de San Luis Potosí no solo conmemora la diversidad, la igualdad y la búsqueda de justicia. También celebra quince años de ocupar las calles desde aquella primera edición en 2011. Quince años construyendo un espacio para quienes durante mucho tiempo no lo tuvieron. Quince años recordando que el orgullo no nació de una fiesta, sino de la resistencia.

      Al final bajo la cámara unos segundos y pienso que, por una vez, no fui únicamente la persona detrás del lente. También fui parte de la historia. Porque capturar también es contar. Y porque, a veces, una fotografía no solo retrata un instante: se queda para siempre en la historia de lo que fue una marcha sin miedo; una manifestación donde celebrar la identidad también significó exigir justicia, visibilidad y el reconocimiento pleno de derechos.